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sábado, 21 de agosto de 2021

ARTE, RELIGIÓN Y CRÍTICA por Claudio Javier Castelli*

 



En un Estado Social y Democrático de Derecho todo puede ser sometido a crítica, no hay ni existen “vacas sagradas” de las cuales uno no pueda cuestionar en sus principios, en sus fundamentos y en los modos y formas en que se manifiestan sus seguidores. Lo que no parece válido es que para cuestionar una obra de ficción, de arte,  se apele a circunstancias vinculadas a la vida personal, o la militancia feminista, o de uno u otro creador, y menos si la crítica cuestiona con énfasis en la mujer artista y sus convicciones personales. No es que no se pueda criticar el feminismo sino que en el comunicado de ACIERA, evangélicos ellos, tiene un grado mayor de importancia el énfasis puesto.

Es sabido la gran resistencia que tiene en el mundo evangélico y en el mundo cristiano en general las Teologías feministas. Hay algo indudable para cualquiera que haya leído la Biblia en toda su intensidad: Es excesivamente patriarcal y reserva para los varones todos los privilegios, aun siendo muy presente las mujeres a lo largo de todo el libro sagrado.



El catolicismo quiso sanear esa falta con la adoración a la Virgen María, que no surge de las escrituras.

Además los cristiano de qué tienen miedo. Han perdurado por milenios. Sobrevivieron a todo los “herejes” y todas las herejías, las guerras de religión, los monarcas; la persecución al principio, y la caída del Imperio Romano (Siglo IV), a los modernos, al marxismo, al positivismo científico, al ateísmo militante, a la espantosa mercantilización del mundo capitalista y el ultradesarrollo del capitalismo financiero, en fin a todo. ¿De qué tienen miedo? Les parece que daba para tanto. En, definitiva es la visión que tienen de nosotros. Lo que un cristiano tiene que hacer con ello es autocrítica. Las señas que el mundo nos da tenemos que tomarlas y pensarlas más. Pueden sí criticar la obra, no el artista por sus ideas. Nadie debiera en una democracia ser criticado por sus ideas, lo que sí están sujetas a crítica son las ideas cuando vienen al caso. No venía al caso en el caso del comunicado evangélico. Menos a la personalidad del artista.

Así como se es tan generoso para poner en cuestión la ficción bien podrían poner en el mismo lugar al mundo capitalista neoliberal no tan ficticio, la exclusión de masas populares enteras, precariedad, pobreza, humillaciones, y el abuso del poder económico. Pero claro esto se complica más, nosotros los protestantes y evangélicos contribuimos más que nadie al nacimiento del capitalismo y su ultradesarrollo financiero. Eso sí al menos debiéramos apartarnos un poco del mundo eclesial, y levantar la cabeza –como el topo después de excavar y excavar- y mirar el mundo que vivimos. Si lo hacen sentirán un frío gélido y devorador que les humedecerá el rostro, fuera de la caverna, a los mejor nos preguntemos ¿Qué clase de creyentes somos y qué clase de creyentes estamos generando?. No serán éstos demasiados acomodados a las bondades del mundo burgués.

¿En dónde está escrito que un cristiano deba aceptar sin ambages el abuso de los poderosos? ¿En dónde está escrito que un cristiano debe ocuparse de sí mismo, su familia, la iglesia y nada más? ¿De dónde surge que un cristiano si interviene en política sea para dos o tres temas: el aborto, las cuestiones de género, los gay, y conseguir mayores beneficios para las Iglesias Evangélicas?

¿En dónde está escrito que con la Biblia solamente –con toda la sabiduría que encierra- se puede incursionar en política sin prepararse a fondo en todos los temas relevantes?.

El mundo protestante y evangélico hizo más que nadie a lo largo de la historia por la libertad de conciencia. ¿Y entonces? La conciencia del artista qué tiene que ver. Al contrario hay que enorgullecerse de ella, por su autoconciencia, sus convicciones y su posicionamiento en el mundo vertiendo sus ideas y creaciones solitarias o compartidas.

¿No les pasará como los príncipes medievales que establecían estrechos vínculos con la nobleza y el comportamiento disipado más los abusos de ésta minaba la fe de los súbditos?

¿No serán hoy los estrechos vínculos de muchísimos pastores con el Poder Económico sea por admiración o por prebendas? Es cierto que las escrituras nos llaman a orar por quienes están en eminencia sea cualquiera el signo que lleven. Pero acompañar con fervor a quienes crean pobreza, someten el país a deudas ilegítimas e impagables, excluyen, ponen presos sin juicio justo. ¿En dónde está escrito?

¿No será por prebendas o admiración? Raro, los Profetas del Antiguo Testamento dijeron otra cosa? ¿Y Cristo no lo dijo? Recordemos juntos: “Ninguno puede servir a dos señores; porque aborrecerá al uno y amará al otro, o estimara al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y las riquezas”. (Mateo 6: 24). “Entonces Jesús dijo a sus discípulos: De cierto os digo, que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Otra vez os digo, qué es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios” (Mateo 19:23-24).

Como no recordar los escritos de Lutero “Sobre el comercio y la usura”, o Calvino en “Instituciones de la Religión Cristiana” o cuando fue el mentor de Ginebra, en los principios del protestantismo.

¿Quién les hizo creer que las riquezas en la tierra se deben a la doctrina de la predestinación de este último?.

Pero la serie de Netflix es muy buena aunque encorsetada, un mundo, el de los creyentes que pinta, muy estereotipado. Es cierto que es muy difícil para un no creyente entender los fenómenos religiosos. Es largo en la historia. La propia experiencia del escriba lo atestigua por su propia vida y edad, y alguna vez escuchó en una iglesia luterana, a una exiliada de Rusia muy mayor, contarle una anécdota en la Plaza Roja el día de Pascuas con motivo de un acto partidario, en los años cuarenta del Siglo pasado, los partidarios enseñaban que nada podía esperarse del cielo, que no existía Dios, y que era imposible científicamente la resurrección; pero un integrante de los asistentes pidió la palabra y habló de la resurrección de Cristo e invitó  a todos al saludo pascual, casi todos los asistentes se abrazaron entre sí. También le contó que cuando los nazis atacaron la Unión Soviética como Stalin se dirigió por radio apelando a la creencia católica ortodoxa del pueblo ruso para llamarlos a la batalla y defender su patria.

La moraleja que surge es que contra la fe del pueblo no hay nada que se pueda hacer, incluso es perder el tiempo hablarles de las bondades del ateísmo.

Volvamos al principio: todo puede estar sujeto a crítica, nos lo dijo Kant: “Nuestra época es la época de la crítica, a la que todo tiene que someterse. La religión por su santidad y la legislación por su majestad, quieren generalmente sustraerse a ella. Pero entonces suscitan contra sí sospechas justificadas y no pueden aspirar a un respeto sincero, que la razón sólo concede a quien ha podido sostener libre y público examen”. (Crítica de la Razón Pura, Editorial Porrúa, versión española de Manuel García Morente y Manuel Fernández Nuñez, nota 2 al prólogo de la primera edición de 1781, pág. 6, México 1991).

No exageremos de los dos lados (creyentes y no creyentes): no era necesario el comunicado de ACIERA, menos el énfasis, tampoco es necesario titular “aprietes” y “patotas” no guardan razón con la realidad que todos vemos, al menos, aquí en Argentina.

Según dicen pastores evangélicos el mundo de estos está dividido en un 60% de conservadores y un 40% de progresistas, el problema es que solo del colectivo del 60% participan en política; del colectivo del 40% se mantienen sin participación o no tienen visibilidad. Lo bueno sería que los progresistas cristiano integrantes de ese 40% también participen en política o sean visibilizados. Estos últimos tienen una agenda más vasta y más rica para aportar a la democracia, muchos ya lo hacen en sus iglesias.

Para finalizar acudo a una palabra con mucha tradición en el cristianismo nos parece que el comunicado de ACIERA y el énfasis puesto en la artista mujer, y por todo lo dicho aquí, es sencillamente: Hipócrita.

*Creyente evangelico

22 de Agosto de 2021

A 49 años de la masacre de Trelew.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


sábado, 27 de junio de 2020

POST-COVID 19: ¿qué virtudes asumir? (IV), por Leonardo Boff

Este modo de vida sostenible se traduce en prácticas virtuosas que hacen real el modo sostenible de vivir. Son muchas las virtudes para otro mundo posible. Seré breve, ya que publiqué tres volúmenes con este mismo título "Virtudes para otro mundo posible" (Sal Terrae 2005-2006). Enumero 10 sin detallar su contenido, lo que nos llevaría lejos.

La primera es el cuidado esencial. Lo llamo esencial porque, según una tradición filosófica que proviene de los romanos, cruzó los siglos y adquirió su mejor forma con varios autores, especialmente en el núcleo central de Ser y Tiempo de Heidegger. En él se considera el cuidado como la esencia del ser humano. Es la condición previa para el conjunto de factores que permiten el surgimiento de la Vida. Sin cuidado, la Vida nunca irrumpiría ni podría sobrevivir. Algunos cosmólogos como Brian Swimme y Stephan Hawking vieron el cuidado como la dinámica misma del universo. Si las cuatro energías fundamentales no tuvieran el cuidado sutil de actuar sinérgicamente, no tendríamos el mundo que tenemos. Todo ser vivo depende del cuidado. Si no hubiésemos tenido el cuidado infinito de nuestras madres, no sabríamos cómo salir de la cuna y buscar nuestro alimento, ya que somos seres biológicamente carentes, sin ningún órgano especializado, necesitamos el cuidado de otros. Todo lo que amamos también lo cuidamos, y todo lo que cuidamos, lo amamos. Con respecto a la naturaleza significa una relación amistosa, no agresiva y respetuosa de sus límites.

La segunda virtud es el sentimiento de pertenencia a la Naturaleza, a la Tierra y al Universo. Somos parte de un gran Todo que nos desborda por todos los lados. Somos la parte consciente e inteligente de la naturaleza. Somos esa parte de la Tierra que siente, piensa, ama y venera. Este sentimiento de pertenencia nos llena de respeto, de asombro maravillado y de acogida.

La tercera virtud es la solidaridad y la cooperación. Somos seres sociales que no sólo viven, sino que conviven con otros. Sabemos por la bioantropología que fue la solidaridad y la cooperación de nuestros antepasados antropoides la que, al buscar alimentos y traerlos para el consumo colectivo, les permitió dejar atrás la animalidad e inaugurar el mundo humano. Hoy, en el caso del coronavirus, lo que nos está salvando es la solidaridad y la cooperación de todos con todos. Esta solidaridad debe comenzar por los últimos e invisibles, sin los cuales deja de ser inclusiva de todos.

La cuarta virtud es la responsabilidad colectiva. Ya hemos expuesto su significado más arriba. Es el momento de la conciencia en el que cada uno y toda la sociedad se dan cuenta de los efectos buenos o malos de sus decisiones y actos. Sería absolutamente irresponsable la deforestación descontrolada de la Amazonia porque desequilibraría el régimen de lluvias de vastas regiones y eliminaría la biodiversidad indispensable para el futuro de la vida. No necesitamos referirnos a una guerra nuclear cuya letalidad eliminaría toda la vida, especialmente la humana.

La quinta virtud es la hospitalidad como deber y como derecho. El primero en presentar la hospitalidad como un deber y un derecho fue Immanuel Kant en su famoso texto "En vista de la paz perpetua" (1795). Entendía que la Tierra es de todos, porque Dios no entregó propiedad de ninguna parte de ella a nadie. Pertenece a todos sus habitantes, que pueden caminar por todas partes. Cuando se encuentra a alguien, es el deber de todos ofrecer hospitalidad, como signo de pertenencia común a la Tierra, y todos tenemos derecho a ser acogidos, sin distinción alguna. Para Kant, la hospitalidad junto con el respeto de los derechos humanos constituirían los pilares de una república mundial (Weltrepublik). Este tema es de mucha actualidad, dado el número de refugiados y las muchas discriminaciones de diferentes clases. Tal vez sea una de las virtudes más urgentes en el proceso de planetización, aunque una de las menos vividas.

La sexta virtud es la convivencia de todos con todos. La convivencia es un hecho primario porque todos venimos de la convivencia que tuvieron nuestros padres. Somos seres de relación, que es lo mismo que decir que no vivimos, simplemente, sino que convivimos a lo largo del tiempo. Participamos de la vida de los demás, de sus alegrías y angustias. Sin embargo es difícil para muchos convivir con aquellos que son diferentes, ya sea de etnia, de religión, de partido político. Lo importante es estar abiertos al intercambio. Lo diferente siempre nos trae algo nuevo que nos enriquece o nos desafía. Lo que nunca podemos hacer es convertir la diferencia en desigualdad. Podemos ser humanos de muchas maneras diferentes, a la manera brasileña, italiana, japonesa, yanomami. Cada manera es humana y tiene su dignidad. Hoy, a través de los medios de comunicación cibernéticos, abrimos ventanas a todos los pueblos y culturas. Saber convivir con estas diferencias abre nuevos horizontes y entramos en una especie de comunión con todos. Esta convivencia implica también a la naturaleza, convivir con los paisajes, con los bosques, con los pájaros y los animales. No sólo para mirar el cielo estrellado, sino para entrar en comunión con las estrellas, porque de ellas venimos, y formamos un gran Todo. En definitiva, formamos una comunidad de destino común con toda la creación.

La séptima virtud es el respeto incondicional. Cada ser, por pequeño que sea, tiene valor en sí mismo, independientemente del uso humano. Albert Schweitzer, gran médico suizo que fue a Gabón, África, para atender a los hansenianos, desarrolló el tema en profundidad. Para él el respeto es la base más importante de la ética, porque incluye la acogida, la solidaridad y el amor. Debemos empezar por el respeto a nosotros mismos, manteniendo actitudes dignas y formas que despierten el respeto de los demás. Es importante respetar a todos los seres de la creación, porque ellos valen por sí mismos; existen o viven y merecen existir o vivir. Es especialmente valioso el respeto ante toda persona humana, pues es portadora de dignidad, de sacralidad y de derechos inalienables, sin importar de dónde provenga. Debemos un respeto supremo a lo sagrado y a Dios, el misterio íntimo de todas las cosas. Sólo ante Él podemos arrodillarnos y venerar, pues sólo ante Ella cabe esta actitud.

La octava virtud es la justicia social y la igualdad fundamental de todos. Justicia es más que dar a cada uno lo que es suyo: entre los humanos, la justicia es el amor y el mínimo respeto que debemos dedicar a los demás. La justicia social es garantizar lo mínimo a todas las personas, no crear privilegios, y respetar sus derechos en pie de igualdad, porque todos somos humanos y merecemos ser tratados humanamente. La desigualdad social significa injusticia social y, teológicamente, es una ofensa al Creador y a sus hijos e hijas. Tal vez la mayor perversidad que existe hoy en día sea la que deja a millones de personas en la miseria, condenadas a morir antes de tiempo. En este tiempo de coronavirus, se ha demostrado la violencia de la desigualdad social y la injusticia. Mientras algunos pueden vivir en cuarentena en casas o apartamentos adecuados, la gran mayoría de los pobres están expuestos a la contaminación y a menudo a la muerte.

La novena virtud es la búsqueda incansable de la paz. La paz es uno de los bienes más ansiados, porque, por el tipo de sociedad que construimos, vivimos en permanente competencia, con llamadas al consumo y a la exaltación de la productividad. La paz no existe en sí misma; es la consecuencia de valores que deben ser vividos previamente, los que dan como resultado esa paz. Una de las formas más acertadas de comprender la paz nos viene de la Carta de la Tierra, donde se dice: «La paz es la plenitud que resulta de las relaciones correctas con uno mismo, con otras personas, con otras culturas, con otras vidas, con la Tierra y con el Gran Todo del cual somos parte» (nº 16f). Como se puede ver, la paz es la consecuencia de relaciones adecuadas y el fruto de la justicia social. Sin estas relaciones y esta justicia sólo conoceremos una tregua, nunca una paz permanente.

La décima virtud es el cultivo del sentido espiritual de la vida. El ser humano tiene una exterioridad corporal mediante la cual nos relacionamos con el mundo y con las personas y tenemos también una interioridad psíquica donde se anidan, en la estructura del deseo, nuestras pasiones, los grandes sueños, y nuestros ángeles y demonios. Debemos controlar estos últimos y cultivar amorosamente los primeros. Sólo así podremos disfrutar del equilibrio necesario para la vida.

Pero también poseemos una profundidad, esa dimensión en la que residen los grandes interrogantes de la vida: ¿quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos, qué podemos esperar después de esta vida terrenal? ¿Cuál es la Energía Suprema que sostiene el firmamento y mantiene nuestra Casa Común alrededor del Sol y la mantiene siempre viva para permitirnos vivir? Es la dimensión espiritual del ser humano, hecha de valores intangibles como el amor incondicional, la confianza en la vida, el coraje para enfrentar las inevitables dificultades. Nos damos cuenta de que el mundo está lleno de sentidos, que las cosas son más que cosas, son mensajes, y tienen otro lado invisible. Intuimos que hay una Presencia misteriosa que impregna todas las cosas. Las tradiciones religiosas y espirituales han llamado a esta Presencia con mil nombres, sin poder sin embargo descifrarla totalmente. Es el misterio del mundo que se remite al Misterio Abisal que hace que sea todo lo que es. Cultivar este espacio nos humaniza, nos hace más humildes y nos arraiga en una realidad trascendente, adecuada a nuestro deseo infinito.


Conclusión: ser simplemente humanos

La conclusión que sacamos de estas largas reflexiones sobre el coronavirus 19 es: debemos ser simplemente humanos, vulnerables, humildes, conectados entre sí, parte de la naturaleza y la porción consciente y espiritual de la Tierra con la misión de cuidar la herencia sagrada que hemos recibido, la Madre Tierra, para nosotros y para las generaciones futuras.

Son inspiradoras las últimas frases de la Carta de la Tierra: «Que nuestro tiempo sea recordado por el despertar de una nueva reverencia ante la vida, por el firme compromiso de alcanzar la sostenibilidad e intensificar la lucha por la justicia y la paz, y por la alegre celebración de la vida».




sábado, 20 de junio de 2020

POST-COVID19:¿un modo sostenible de vida bajo el reino del cuidado? (III), por Leonardo Boff

Completemos el comentario del sugerente texto de la Carta de la Tierra que afirma que tenemos que buscar un nuevo comienzo para forjar un modo sostenible de vivir en el planeta Tierra.

Para eso “se requiere un nuevo sentido de interdependencia global”. La relación de todos con todos, y por lo tanto la interdependencia global, representa una constante cosmológica. Todo en el universo es relación. Nada ni nadie está fuera de la relación. Es también un axioma de la física cuántica según el cual todos los seres están inter-retro-relacionados. Nosotros mismos, los seres humanos, somos un «rizoma», un bulbo de raíces, de relaciones dirigidas en todas las direcciones. Esto implica entender que todos los problemas ecológicos, económicos, políticos y espirituales tienen que ver unos con otros. Sólo salvaremos la Vida si nos alineamos con esta lógica universal que es la lógica del Universo y de la Naturaleza. Continúa el texto de la Carta de la Tierra: se requiere una responsabilidad universal. Responsabilidad significa darse cuenta de las consecuencias de nuestras acciones, si son beneficiosas o perjudiciales para todos los seres. Hans Jonas escribió un libro clásico sobre el Principio de Responsabilidad, que incluye el principio de prevención y el de precaución. Mediante la prevención podemos calcular los efectos cuando intervenimos en la naturaleza. El principio de precaución nos dice que si no podemos medir las consecuencias, no debemos correr riesgos con ciertas acciones e intervenciones porque pueden producir efectos altamente perjudiciales para la Vida.

Esta falta de responsabilidad colectiva la constatamos en la presente pandemia, que exige un aislamiento social estricto, para evitar la contaminación, y la gran mayoría no lo asume. Debe ser para todos.

La Carta de la Tierra dice además: desarrollar y aplicar con invención la visión (de un modo de vida sostenible). Nada grande en este mundo se hace sin la invención del imaginario que proyecta nuevos mundos y nuevas formas de ser. Éste es el lugar de las utopías viables. Toda utopía amplía el horizonte y nos hace inventivos. La utopía nos lleva de horizonte en horizonte, haciéndonos siempre caminar, en la feliz expresión de Eduardo Galeano.

Para superar la forma habitual de habitar la Casa Común, una relación utlitaria, tenemos que soñar con el planeta como la Gran Madre, la “Tierra de la Buena Esperanza” (Ignace Sachs Dowbor). Esta utopía puede ser realizada por la humanidad cuando despierte para la urgencia de otro mundo necesario.


Un modo de vida sostenible

La Carta de la Tierra afirma también: una visión de un modo de vida sostenible. Estamos acostumbrados a la expresión “desarrollo sostenible”, que está en todos los documentos oficiales y en la boca de la ecología dominante. Todos los análisis serios han demostrado que nuestra forma de producir, distribuir y consumir es insostenible. Es necesario decir que no puede mantenerse el equilibrio entre lo que tomamos de la naturaleza y lo que le dejamos para que se reproduzca y co-evolucione siempre. Nuestra voracidad ha hecho insostenible el planeta, porque si los países ricos quisieran universalizar su bienestar a toda la humanidad, necesitaríamos al menos tres Tierras como ésta, lo cual es absolutamente imposible. El desarrollo actual que significa crecimiento económico medido por el Producto Interior Bruto (PIB) revela desigualdades asombrosas hasta el punto de que la ONG Oxfam, en su informe de 2019, revela que el 1% de la humanidad posee la mitad de la riqueza mundial y que el 20% controla el 95% de esta riqueza, mientras que el 80% restante tiene que conformarse con sólo el 5% de la riqueza. Estos datos revelan la completa insostenibilidad del mundo en el que vivimos.

La Carta de la Tierra no se rige por el lucro sino por la vida. De ahí que el gran reto sea crear un modo de vida sostenible en todos los ámbitos, personal, familiar, social, nacional e internacional.


La importancia del biorregionalismo

Por último, este modo de vida sostenible debe realizarse a nivel local, nacional, regional y mundial. Por supuesto, se trata de un proyecto mundial que ha de realizarse procesulamente. Hoy en día, el punto más avanzado de esta búsqueda tiene lugar a nivel local y regional. Se habla entonces de «biorregionalismo», como la forma verdaderamente viable de concretar la sostenibilidad. Tomando como referencia la región, no según las divisiones arbitrarias que aún persisten, sino las que la propia naturaleza ha hecho con los ríos, montañas, selvas, bosques y otras, que configuran lo que es un ecosistema regional. En este marco se puede lograr una auténtica sostenibilidad, incluyendo los bienes naturales, la cultura y las tradiciones locales, las personalidades que han marcado esa historia, favoreciendo a las pequeñas empresas y a la agricultura orgánica, con la mayor participación posible, en un espíritu democrático. De esta manera se proporcionará un “buen vivir y convivir” (el ideal ecológico andino) suficiente, decente y sostenible con la disminución de las desigualdades.

Esta visión formulada por la Carta de la Tierra es grandiosa y factible. Lo que más necesitamos es buena voluntad, la única virtud que para Kant no tiene defectos ni limitaciones, porque si los tuviera, ya no sería buena. Esta buena voluntad impulsaría a las comunidades y, en el límite, a toda la Humanidad, a lograr realmente “un nuevo comienzo”.






sábado, 30 de mayo de 2020

POST-COVID 19: ¿ qué cosmología y qué ética incorporar?, por Leonardo Boff


El ataque sistémico que la naturaleza está realizando contra la humanidad con un virus diminuto e invisible está causando una grave preocupación y llevando a muchos miles de personas a la muerte. Sin embargo, nuestra reacción a la pandemia es también fundamental. ¿Qué lección nos enseña? ¿Qué visión de mundo y qué tipo de valores nos lleva a desarrollar? Seguramente deberemos aprender todo lo que deberíamos haber aprendido y no aprendimos. Deberíamos haber aprendido que somos parte de la naturaleza y no sus “señores y dueños” (Descartes). Hay una conexión umbilical entre el ser humano y la naturaleza. Venimos del mismo polvo cósmico como todos los demás seres y somos el eslabón consciente de la cadena de la vida.

Erosión de la imagen del “pequeño dios en la tierra”

El mito moderno de que somos “el pequeño dios” en la Tierra y que podemos disponer de ella a nuestro antojo porque es inerte y sin propósito, ha sido destruido. Uno de los padres del método científico moderno, Francis Bacon, dijo que deberíamos tratar a la naturaleza como los esbirros de la inquisición trataban a sus víctimas, torturándolas hasta que entreguen todos sus secretos.

A través de la tecnociencia hemos llevado este método al extremo, llegando al corazón de la materia y la vida. Esto se ha llevado a cabo con un furor sin precedentes hasta el punto de haber destruido la sostenibilidad de la naturaleza y por lo tanto del planeta y de la vida. De esta manera hemos roto el pacto natural que tenemos con la Tierra viva: ella nos da todo lo que necesitamos para vivir y en contrapartida debemos cuidarla, preservar sus bienes y servicios y darle descanso para restaurar todo lo que tomamos de ella para nuestra vida y progreso. No hemos hecho nada de eso.

Por no haber observado el precepto bíblico de “proteger y cuidar el Jardín del Edén (de la Tierra: Gn 2,15)” y por amenazar las bases ecológicas que sostienen toda la vida, ella nos ha contraatacado con un arma poderosa, el coronavirus, que causa la Covid-19. Para enfrentarlo, hemos vuelto al método de la Edad Media, que superó sus pandemias a través del estricto aislamiento social. Para que el pueblo, asustado, saliera a la calle, en el ayuntamiento de Múnich (Marienplatz) se construyó un ingenioso reloj con bailarines y cucos para que todos acudieran a apreciarlo, lo que se viene haciendo hasta hoy.

La pandemia, que más que una crisis es la exigencia de un cambio en la visión del mundo y de la incorporación de nuevos valores, nos plantea esta pregunta: ¿realmente queremos evitar que la naturaleza nos envíe virus aún más letales, que puedan diezmar incluso la especie humana? Ésta sería una de las diez que desaparecen definitivamente cada día. ¿Queremos correr ese riesgo?


Inconsciencia generalizada del factor ecológico

Ya en 1962, la bióloga y escritora estadounidense Rachel Carson, autora de Primavera Silenciosa, advirtió: “Es poco probable que las generaciones futuras toleren nuestra falta de preocupación prudente por la integridad del mundo natural que sustenta toda la vida... La pregunta es si alguna civilización puede continuar una guerra sin tregua contra la vida sin destruirse a sí misma y sin perder el derecho a ser llamada civilización”.

Parece que fue una profecía de la situación que estamos viviendo a nivel planetario. Tenemos la impresión de que la mayoría de la humanidad e incluso los líderes políticos no demuestran una conciencia suficiente de los peligros que enfrentamos con el calentamiento global, con la excesiva proximidad de nuestras ciudades y especialmente del agronegocio masivo a la naturaleza virgen y a los bosques que están deforestando. De esta manera destruimos los hábitats de millones de virus y bacterias que terminan siendo transferidos a los seres humanos. Según científicos serios, el coronavirus no habría venido a través de un murciélago del mercado de China, sino simplemente de la natureza.

El coronavirus nos obligará a reinventarnos como humanidad y a remodelar de forma sostenible e inclusiva la única Casa Común que tenemos. Si prevaleciera lo que dominaba antes, exacerbado hasta el extremo, entonces podemos prepararnos para lo peor. Sin embargo, cabe recordar que el sistema-vida ha pasado por varias extinciones importantes (estamos dentro de la sexta) pero siempre ha sobrevivido.

La vida parecería –me permito una metáfora singular–, una “plaga” que nadie hasta hoy ha logrado exterminar. Porque es una “plaga” bendita, ligada al misterio de la cosmogénesis y a aquella Energía de Fondo, misteriosa y amorosa que preside todos los procesos cósmicos y también los nuestros.

Es imperativo que abandonemos el viejo paradigma de la voluntad de poder y dominación sobre todo (el puño cerrado), hacia un paradigma de cuidado de todo lo que existe y vive (la mano extendida), y de la corresponsabilidad colectiva.

En el último párrafo de su libro La era de los extremos (1995) escribió Eric Hobsbawn: Una cosa está clara. Si la humanidad quiere tener un futuro reconocible, no puede ser prolongando el pasado o el presente. Si tratamos de construir el tercer milenio sobre esta base, fracasaremos. El precio del fracaso, es decir, la alternativa al cambio de la sociedad es la oscuridad (p. 506).

Esto significa que no podemos simplemente volver a la situación anterior al coronavirus, ni siquiera podemos pensar en un regreso al pasado pre-iluminista, como quiere el actual gobierno brasileño y otros de extrema derecha.





sábado, 28 de marzo de 2020

PANDEMIA Y ESPIRITUALIDAD, Por Frei Betto



La vida está llena de imprevistos. En el ámbito personal, el fracaso, la pérdida de amistades, la enfermedad, la muerte. En el global, acontecimientos que ningún analista o futurólogo prevé, como la caída del Muro de Berlín y de las Torres Gemelas de Nueva York. Nadie sospechó tampoco que en pleno siglo XXI, con todos los recursos de la ciencia, la humanidad se vería amenazada por una pandemia.

¿Quién podía imaginar que vendría de China, en forma de una enfermedad contagiosa, la causa de la más profunda crisis del capitalismo desde 2008? Según el Morgan Stanley Composite Index, en pocas semanas en el mercado financiero las acciones de las bolsas de valores del mundo perdieron 15, 5 billones de dólares. ¡Más de ocho veces el PIB de Brasil en 2019!

¿Alguno de esos especuladores y megainvestigadores afectados en su bolsillo (la parte más sensible del cuerpo humano) se habrá empobrecido? Y, sin embargo, antes de la pandemia casi todos se negaban a dar su contribución para la adopción de medidas de combate al hambre y el calentamiento global.

Eso me recuerda el sitio de Jerusalén por los romanos en el año 70. Llegó un momento en que el rico ofrecía una vasija llena de oro a cambio de un pedazo de pan…

El coronavirus nos obliga a asumir una espiritualidad y una actitud nuevas ante la realidad. No hace distinciones de clase, como sí hace la gastroenteritis, que mata a millares de niños desnutridos, ni de orientación sexual, como el sida, que afectaba mayoritariamente a los homosexuales. Ahora todos somos vulnerables, aunque varíen las franjas etarias y las situaciones de riesgo.

Todos nos vemos forzados al recogimiento obligatorio. A volvernos hacia el interior de la casa y de nosotros mismos. A desasirnos. Ese abandono de las actividades de rutina y las agendas programadas nos puede sublevar o humanizar. Sublevados quedarán quienes están apegados a ciertos hábitos que, por ahora, están prohibidos, como ir al cine, al teatro, al club. En el caso de los ancianos, no podrán tener contacto con los nietos y deberán mantenerse el mayor tiempo posible en sus casas.

Los viajes aéreos se han reducido; las fronteras nacionales se han cerrado; las giras turísticas están canceladas. No nos queda otra alternativa que quedarnos quietos donde estamos. Huit-clos, entre cuatro paredes. Puede ser que descubramos, como Sartre, por qué los otros son el infierno. Y puede ser que rescatemos la convivencia familiar, el diálogo con la familia, el cuidado de la casa (todo debe ser higienizado).

Es hora de aprender a trabajar y estudiar sin salir del espacio doméstico. Ahora tenemos más tiempo para ver películas en la televisión, navegar en internet, leer buenos libros, investigar, meditar y orar.

El virus iguala a todos. Pero no nivela los caracteres. El matrimonio burgués que nunca se tomó el trabajo de entrar en la cocina o limpiar la casa ahora se ve forzado a arremangarse la camisa o correr el riesgo de que uno de sus empleados les lleve el virus al hogar. El recalcitrante no sigue las instrucciones de las autoridades sanitarias, y el egoísta compra en la farmacia todo el stock de gel de alcohol y máscaras.

Conozco una joven que se ofreció para hacerles las compras a los vecinos vulnerables de su edificio sin cobrar nada por ello. Otra distribuyó su número de teléfono para que los ancianos aislados tengan con quién conversar. Un matrimonio de abogados va en su auto todas las mañanas a buscar a su cocinera en la periferia y a llevarla de vuelta por la tarde, para evitar que use el transporte colectivo. Tres familias vecinas de un hospital decidieron preparar almuerzos para los enfermeros y médicos que doblan su horario de trabajo. En Italia, los vecinos se asoman a la ventana al caer la tarde y cantan en coro. Las iglesias, mezquitas, sinagogas, les abren sus puertas a quienes viven en la calle y necesitan cuidados higiénicos. En fin, son innumerables los ejemplos de generosidad y solidaridad en este período en que estamos todos potencialmente amenazados.

Esos gestos tienen su fuente en la espiritualidad, aunque no sea de carácter religioso. La espiritualidad es la capacidad de abrirse amorosamente al otro, a la naturaleza y a Dios. Y su mejor enseñanza en la generosidad, el secreto de la felicidad. Rico no es quien tiene todo, decía Buda, sino quien tiene necesidad de poco.

Frei Betto es autor, entre otros libros, de Fome de Deus – espiritualidade no mundo atual (Paralela/Companhia das Letras).



Traducción de Esther Perez

Copyright 2020 – Frei Betto - 

QUIÉN ES FREI BETTO

El escritor brasileño Frei Betto es un fraile dominico. conocido internacionalmente como teólogo de la liberación. Autor de 60 libros de diversos géneros literarios -novela, ensayo, policíaco, memorias, infantiles y juveniles, y de tema religioso en dos acasiones- en 1985 y en el 2005 fue premiado con el Jabuti, el premio literario más importante del país. En 1986 fue elegido Intelectual del Año por la Unión Brasileña de Escritores. 

Asesor de movimientos sociales, de las Comunidades Eclesiales de Base y el Movimiento de Trabajadores Rurales sin Tierra, participa activamente en la vida política del Brasil en los últimos 50 años.

jueves, 26 de diciembre de 2019

DECRETOS DE NAVIDAD, Por Frei Betto




Queda decretado que, en estas Navidades, en vez de dar presentes, estaremos presentes junto a los hambrientos, carentes y excluidos. Que nos disculpe Papá Noel, pero clausuradas las chimeneas, abriremos corazones y puertas a la llegada salvífica del Niño Jesús.

Por traerles a muchos más apuros que alegrías, queda decretado que las Navidades ya no nos travestirá en lo que no somos: en este verano,[1] arrancaremos del árbol de Navidad todos los algodones de falsas nieves; cambiaremos las nueces y las castañas por frutas tropicales, los renos y trineos por carros repletos de alimentos no perecederos: y si queda por ahí algún Papá Noel, que aparezca de bermudas y sandalias.

Queda decretado que, cartas de niños, solo las dirigidas al Niño Jesús, como la de Pedrito, que escribió convencido que Caín y Abel no se habrían peleado si hubiera tenido cada uno su cuarto; le propuso al Creador que nadie más nazca ni muera, y que todos vivamos para siempre; y, al ver el pesebre, prometió mandarle su abrigo al hijo desnudo de María y José.

Queda decretado que los niños, en vez de juguetes y pelotas, pedirán bendiciones y gracias, y que abrirán sus corazones para destinar a los pobres todo lo superfluo que abarrota armarios y cajones. Lo que le sobra a uno es lo que el otro necesita, y quien reparte bienes comparte a Dios.

Queda decretado que, al menos un día, desconectaremos toda la parafernalia electrónica, incluso el teléfono celular y, recogidos en soledad, viajaremos al interior de nuestro espíritu, allí donde habita Aquel que, siendo distinto a nosotros, es el fundamento de nuestra verdadera identidad. Entregados a la meditación, cerraremos los ojos para ver mejor.

Queda decretado que, despojadas de pudores, las familias tendrán al menos un momento de oración, leerán un texto bíblico, le agradecerán al Padre y Madre de Amor el don de la vida, las alegrías del año que termina, y hasta los dolores que exacerban la emoción sin que se pueda entender con la razón. La vida, finita, es un río que sabe tener el mar como destino, pero nunca cuántas curvas, rápidos y piedras habrá de encontrar en su curso.

Queda decretado que arrebataremos la espada de manos de Herodes y ningún niño volverá a ser golpeado o humillado, ni condenado al trabajo precoz y la violencia sexual. Todos tendrán derecho a la ternura y la alegría, a la salud y la escuela, al pan y la paz, al sueño y la belleza.

Como Dios no tiene religión, queda decretado que ningún fiel considerará que la suya es más perfecta que la de otro, ni arrastrará su lengua, cual serpiente venenosa, por los trillos de la injuria y la perfidia. El Niño del pesebre vino para todos indistintamente, y no hay manera de profesar que es “Padre Nuestro” si el pan no es también nuestro, sino privilegio de la minoría acomodada.

Queda decretado que toda dieta se revertirá en beneficio del plato vacío de quien tiene hambre, y que nadie dará al otro un regalo envuelto en adulación o intenciones ocultas. El tiempo que se gaste en hacer moñitos será muy inferior al dedicado a dar abrazos.

Queda decretado que las mesas de Navidad estarán cubiertas de afecto, y que, dispuestos a renacer con el Niño, trataremos de sepultar iras y envidias, amarguras y ambiciones desmedidas, para que nuestro corazón sea tan acogedor como el pesebre de Belén.

Queda decretado que, como los reyes magos, le daremos todos un voto de confianza a la esperanza, para que ella conduzca este país a días mejores. No perseguiremos nuestro propio interés, sino el de la mayoría, sobre todo el de los que, a semejanza de José y María, fueron excluidos de la ciudad y, como una familia sin tierra, obligados a ocupar un terreno donde nació Aquel que, según su madre, “despidió a los ricos con las manos vacías y colmó de bienes a los hambrientos”, y que, en el Sermón de la Montaña exaltó como “bienaventurados a los que tienen hambre y sed de justicia”.


Frei Betto es autor, entre otros libros, de Um homem chamado Jesus (Rocco).


[1] Recordar que Frei Betto vive en el hemisferio sur. 


Traducción de Esther Perez

Copyright 2019 – Frei Betto - 

QUIÉN ES FREI BETTO

El escritor brasileño Frei Betto es un fraile dominico. conocido internacionalmente como teólogo de la liberación. Autor de 60 libros de diversos géneros literarios -novela, ensayo, policíaco, memorias, infantiles y juveniles, y de tema religioso en dos acasiones- en 1985 y en el 2005 fue premiado con el Jabuti, el premio literario más importante del país. En 1986 fue elegido Intelectual del Año por la Unión Brasileña de Escritores. 

Asesor de movimientos sociales, de las Comunidades Eclesiales de Base y el Movimiento de Trabajadores Rurales sin Tierra, participa activamente en la vida política del Brasil en los últimos 50 años.

martes, 3 de diciembre de 2019

DARSE UNA ESCAPADA, Por Frei Betto

Todo cambia. Y ahora, la sociedad cambia a una velocidad sorprendente. Antes, instituciones tales como el Estado, la religión, la escuela y la familia tenían marcos definidos. Eso le daba al ciudadano una sensación de solidez. El complejo institucional parecía tan bien entrelazado que todo intento de “darse una escapada por fuera” semejaba una aventura imprevisible o una falta de respeto a los pilares de la democracia.

Desde los tiempos tribales, las instituciones son estructuras colectivas o comunitarias que garantizan los parámetros que rigen nuestra convivencia social. Y el poder consistía en tener en las manos las riendas institucionales y la capacidad para determinar los rumbos del ordenamiento jurídico y la política económica.

Ese orden hizo implosión en este mundo unilateral hegemonizado por el neoliberalismo. Ahora tenemos jefes de Estado que atropellan los dictados constitucionales y no se comunican con la nación mediante pronunciamientos revestidos de una solemnidad protocolar, sino por redes digitales como Instagram, Twitter o Facebook. Es el caso del presidente de Brasil. Mientras que la opinión pública manifiesta su indignación por el no esclarecimiento de los asesinatos de Marielle Franco y Anderson Gomes, la escalada de desempleo, el desmontaje de la atención de salud y los recortes a la educación, el presidente prorrumpe en un discurso rabioso contra los derechos indígenas y la preservación ambiental, y profiere una anacrónica diatriba anticomunista. Quijote al revés, el mandatario se muestra indiferente a los problemas reales de la nación y abre fuego contra los molinos de viento del “globalismo” y el “climatismo”.

La cuestión se repite con la desinstitucionalización de otros campos, como el de los medios de comunicación. Hoy, cada usuario de la red digital tiene sus propias fuentes de información y su público receptor de noticias, aunque sean sobre todo fake news. No importa el hecho, lo que importa es la versión del hecho. Y no se divulga para informar, sino para desvalorizar, con ofensas y amenazas, cualquier opinión contraria.

Eso tiene impacto, porque la psicología enseña que en el corazón guardamos más las ofensas que los elogios. La emoción se sobrepone a la razón. No queremos convencer, sino vencer. La verdad es lo que afirmo, el resto es ideología.

Ese debilitamiento de las instituciones es progresivo. Es como un juego de fútbol en el que cada jugador perdiera la noción del equipo y tratara de apropiarse de la pelota como si la victoria dependiera solamente de su desempeño. ¿Por qué pasarle la pelota al compañero si el mérito recae en quien mete el gol? Todos quieren meter su gol. Se desvanece la idea de cooperación. Se burlan las reglas del juego democrático. Se ve la realidad como un vasto videojuego en el que el desafío consiste en exterminar a los adversarios y ganar la guerra. Es una coyuntura apocalíptica. Todos los avatares están convencidos de que libran la batalla final y se perpetuarán en el poder.

¿Cómo reaccionar ante tal coyuntura? ¿Cómo actuar en el marco de los parámetros democráticos si hay quienes, desde el poder, no muestran el menor respeto por ellos? Ahí reside el peligro.

Si los descontentos con la ola autocrática que corroe la democracia por dentro decidieran actuar con las mismas armas, reinaría el caos. Una vez que hacen implosión las reglas de la democracia, solo quedan la anarquía y la Ley del Talión. Como ya se advierte, de forma virtual, en las redes digitales.

De ahí la importancia de denunciar ese juego sin reglas y de reforzar y perfeccionar las instituciones democráticas, para que sean efectivamente redes de protección de la ciudadanía y de ampliación de la democracia. De no ser así, la tempestad se hará diluvio.


Freio Betto es autor, entre otros libros, de Calendário do poder (Rocco).



Traducción de Esther Perez


Copyright 2019 – Frei Betto - 


QUIÉN ES FREI BETTO

El escritor brasileño Frei Betto es un fraile dominico. conocido internacionalmente como teólogo de la liberación. Autor de 60 libros de diversos géneros literarios -novela, ensayo, policíaco, memorias, infantiles y juveniles, y de tema religioso en dos acasiones- en 1985 y en el 2005 fue premiado con el Jabuti, el premio literario más importante del país. En 1986 fue elegido Intelectual del Año por la Unión Brasileña de Escritores. 

Asesor de movimientos sociales, de las Comunidades Eclesiales de Base y el Movimiento de Trabajadores Rurales sin Tierra, participa activamente en la vida política del Brasil en los últimos 50 años.

miércoles, 27 de noviembre de 2019

DEMOCRACIA Y VALORES EVANGÉLICOS, Por Frei Betto

En tiempos de Jesús ya estaba sobre la mesa la cuestión de la democracia, aunque en una región distante de Palestina: Grecia. Dominada por el Imperio Romano, Palestina era gobernada por hombres nombrados o aprobados por Roma: el rey Herodes, los gobernadores Poncio Pilatos, Herodes Antipas, Arquelao y Felipe, y el sumo sacerdote Caifás.

Lo que es nuevo en Jesús es que le da a la vieja cuestión un enfoque radicalmente diferente al de sus contemporáneos: el poder, ya objeto de la reflexión de los filósofos griegos desde Sócrates. Platón le dedicó al tema su libro La República, y Aristóteles la obra titulada Política.

En el Primer Testamento, el poder es más que una dádiva divina. Es la manera de participar del poder de Javé. Es a través de sus profetas que Javé elige y legitima a los poderosos. A diferencia de lo que sucedía en Egipto y en Roma, ninguno de ellos era divinizado por ocupar el poder. Aunque era un elegido de Dios, el poderoso seguía siendo falible y vulnerable al pecado, como ocurrió en los casos de David y Salomón. No se autodivinizaban como los faraones egipcios y los césares romanos.

Hasta en Grecia, Alejandro Magno, desesperado por mantener centrada en su persona la unidad de sus conquistas, trató de autodivinizarse y exigió que sus soldados lo adoraran.

Jesús le imprimió otra óptica a la cuestión del poder. Para él, no se trataba de una función de mando, sino de servicio. Es lo que afirma en Lucas 22,24-27: “Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad son llamados bienhechores; mas no así vosotros, sino sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige como el que sirve (…) Mas yo estoy entre vosotros como el que sirve.” Jesús dio el ejemplo al afirmar que “el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir” (Mc 10,41-45) y se arrodilló para lavar los pies de los discípulos.

Lo que condujo a Jesús a invertir la óptica del poder fue la siguiente pregunta: ¿a quién debe servir el poder en una sociedad desigual a injusta? A la liberación de los pobres, respondió, a la curación de los enfermos, al abrigo a los excluidos. Ese es el servicio por excelencia de los poderosos: liberar al oprimido y hacer que este también tenga poder.

El poder es una prerrogativa divina para el servicio al prójimo y a la colectividad. Tomado en sí mismo, pervierte. El individuo tiende a cambiar su identidad personal por la identidad de la función que desempeña. El cargo que ocupa pasa a tener más importancia que su individualidad. Por eso, muchos se aferran al poder, porque hace posible lo deseable. Imanta al poderoso, de modo que atrae veneración y envidia, sumisión y aplausos.

Para que el poderoso no se deje embriagar por el cargo que ocupa, Jesús propone que se someta a la crítica de sus subalternos. ¿Quién de nosotros es capaz de hacerlo? ¿Cuál es el párroco que indaga lo que los miembros de su parroquia piensan de él? ¿Cuál el dirigente de un movimiento popular que les solicita a sus dirigidos una evaluación de su desempeño en el cargo? ¿Qué político les pide a sus electores que lo critiquen? Jesús, por su parte, nunca temió preguntarles a sus discípulos lo que pensaban sobre él, y como si eso no fuera suficiente, también se lo preguntó al pueblo (Mt 16,13-20).

La cuestión del poder es el corazón de la democracia. Etimológicamente, democracia significa gobierno del pueblo para el pueblo. No obstante, en la mayoría de los países aún se mantiene es un estadio meramente representativo. Para hacerse participativa, la democracia deberá ser expresión del fortalecimiento de los movimientos populares. Un poder –el del Estado o el de la clase dominante-- solo admite límites y evita abusos en la medida en que enfrenta otro poder: el del pueblo organizado. Esa es la condición para que la democracia base la libertad individual y los derechos humanos sobre la justicia social y la equidad económica. Es falsa la democracia que concede libertad virtual a todos y excluye a la mayoría de bienes económicos esenciales como el acceso a la alimentación, la salud, la educación, la vivienda, el trabajo, la cultura y el descanso.

Frei Betto es autor, entre otros libros, de A mosca azul – reflexão sobre o poder (Rocco).
Traducción de Esther Perez

Copyright 2019 – Frei Betto -

QUIÉN ES FREI BETTO

El escritor brasileño Frei Betto es un fraile dominico. conocido internacionalmente como teólogo de la liberación. Autor de 60 libros de diversos géneros literarios -novela, ensayo, policíaco, memorias, infantiles y juveniles, y de tema religioso en dos acasiones- en 1985 y en el 2005 fue premiado con el Jabuti, el premio literario más importante del país. En 1986 fue elegido Intelectual del Año por la Unión Brasileña de Escritores. 

Asesor de movimientos sociales, de las Comunidades Eclesiales de Base y el Movimiento de Trabajadores Rurales sin Tierra, participa activamente en la vida política del Brasil en los últimos 50 años.














lunes, 7 de octubre de 2019

LA AMAZONIA, EL ROSTRO ECOLÓGICO DE DIOS, Por Frei Betto

   

El Sínodo de la Amazonia, convocado por el papa Francisco para octubre, tendrá lugar en Roma, una decisión equivocada del Vaticano, porque fue convocado inicialmente para celebrarse en el corazón de la selva. Allí se debatirá de más asuntos que de la presencia de la Iglesia Católica en esa región interconectada y cada vez más violenta y desigual.

El bioma amazónico abarca nueve países y ocupa más de 7 mil millones de kilómetros cuadrados habitados por 34 millones de personas, de las cuales 3 millones son indígenas que hablan 340 idiomas diferentes. Allí, cada metro cuadrado tiene más diversidad que cualquier otro lugar del planeta. El bioma posee tres tipos de ríos: los de superficie; el subterráneo, conocido como “alter do chao”; y los “ríos voladores”, así llamados porque acumulan vapor en la atmósfera y lo distribuyen en forma de lluvia por toda la América del Sur.

La Amazonia tiene una gran relevancia en el ciclo del carbono, ya que lo absorben sus miles de millones de árboles e impiden su liberación en la atmósfera en forma de gas. Reduce así el calentamiento de la Tierra.

Las cuatro dádivas de la región son: pueblos que saben vivir de la selva y en la selva sin amenazarla, el ciclo de las aguas y del carbono, la biodiversidad y la regulación del clima.

Según el papa Francisco, “los pueblos amazónicos originarios nunca han estado tan amenazados en sus territorios como en la actualidad”. Con su sabiduría ancestral, ellos nos enseñan a relacionarnos con la naturaleza, los demás seres humanos y Dios. No obstante, ahora son víctimas de asesinatos, expulsiones de sus tierras, la actividad de los acaparadores de tierra y las mineras, la deforestación y la prohibición de reunirse y organizarse.

La Iglesia está consciente de que si ahora defiende la causa indígena, que tiene tantos mártires, por otro lado aún no se ha liberado de la influencia del proyecto colonizador que imperó en el pasado. El Sínodo busca justamente implantar una Iglesia poscolonial y solidaria, con rostro amazónico e indígena. Para la Iglesia, la región es mucho más que un lugar geográfico; es también un lugar teológico, en el que se transparenta la faz del Dios creador.

No hay modo de mantener la floresta en pie sin la sabiduría de los pueblos que la habitan. El “capitalismo verde” no sirve, porque se rige por las leyes del mercado y busca patentar principios y esencias, privatizar el agua y promover la piratería de los saberes populares.

Los pueblos indígenas conservan una sintonía holística con el Cosmos. Sus sentidos aguzados mantienen un diálogo permanente con la naturaleza. Conocen cada ruido, predicen la llegada de la lluvia o la seca, identifican los recursos medicinales de las plantas. El indio no es un individuo en la naturaleza. Su cuerpo, el territorio que habita y la naturaleza forman una unidad.

Los indígenas respiran una cultura que se traduce, de hecho, en una espiritualidad de la reciprocidad. Con ritos y fiestas, celebran la exuberancia de la naturaleza y exorcizan los espíritus malignos. Sin recurrir a la escritura, transmiten de generación en generación la cultura del cuidado de la floresta y del respeto a todos los seres vivos.

Para ellos, la tierra no es un bien económico, sino un don gratuito de Dios en el que descansan sus antepasados, y un espacio sagrado con el que interactúan para preservar su identidad y sus valores.

Pero se ven sometidos a serias amenazas debido a una concepción equivocada del desarrollo y la riqueza, que les codicia las tierras para implantar proyectos extractivos y agropecuarios, indiferente a la degradación de la naturaleza y a la destrucción de sus culturas.

En la Amazonia se manifiestan cinco grandes síntomas de la crisis planetaria: a) el cambio climático; 2) el envenenamiento del agua; 3) la pérdida de la biodiversidad; 4) la degradación de la calidad de la vida humana y de la naturaleza; 5) los conflictos sociales marcados por la violencia y los asesinatos.

La convocatoria del Sínodo Panamazónico por el papa Francisco es una buena nueva para toda la humanidad.


Frei Betto es autor, entre otros libros, de A obra do artista – uma visão holística do Universo (José Olympio).



Traducción de Esther Perez

Copyright 2019 – Frei Betto - 


QUIÉN ES FREI BETTO

El escritor brasileño Frei Betto es un fraile dominico. conocido internacionalmente como teólogo de la liberación. Autor de 60 libros de diversos géneros literarios -novela, ensayo, policíaco, memorias, infantiles y juveniles, y de tema religioso en dos acasiones- en 1985 y en el 2005 fue premiado con el Jabuti, el premio literario más importante del país. En 1986 fue elegido Intelectual del Año por la Unión Brasileña de Escritores. 

Asesor de movimientos sociales, de las Comunidades Eclesiales de Base y el Movimiento de Trabajadores Rurales sin Tierra, participa activamente en la vida política del Brasil en los últimos 50 años.