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viernes, 27 de noviembre de 2020

CAPITÁN DEL MUNDO por Josefina Minatta para Vagos y Derecho

 


La noche viaja por un túnel gris

Perros aúllan como lobos

No sé si vi fantasmas o dragones

Pero muchas pelotas rodaban como meteoritos

Llovieron lágrimas

llovieron estadios

Llovieron goles en lunfardo o italiano


Brotaron aplausos desde los balcones

Hubo altares sentidos en los rincones pobres

Y aunque anunciaron un adiós posible

aunque hubo palabras y recordatorios

Hubo decreto de duelo nacional como poema

La pesadilla no termina desde entonces

Se murió el fútbol y se murió la infancia

Capitán del mundo, barrilete cósmico

Tu recuerdo en mí

Los nudos de Pilatos de mí madre embarazada

Era un living poblado de hermanos de vecinos de cualquiera que pasaba

Los gritos, los festejos y Jorge Burruchaga

La caravana en la caja de una Ford

En una Federal siempre escasa de sucesos

Mí querida pequeña ciudad

Adonde sin embargo había llegado en el 86

Un huracán

Esa oleada de júbilo ese estallido

Esa felicidad invasiva, plena, colectiva

Esa explosión de la mano de dios,


Esa fiesta, mira vos

cómo se atesora la alegría niña


pero esta noche no hay fútbol en la esquina

Se fue la dignidad la gambeta la ironía

Cómo podría dormir si aúllan todos como lobos

Si ruedan las pelotas como meteoritos tristes

Si los botines están huérfanos

Si llego el fin de la infancia con tu muerte, Diego

Que es mentira.


J. Minatta, C. Del Uruguay

(") La autora es abogada y miembra del Ministerio Público de la Nación.

miércoles, 29 de abril de 2020

LA FUGA, Por Josefina Minatta(") para Vagos y Derecho


La guardia nacional
anda buscando
a un hombre

un hombre espera
esta noche llegar
a la frontera

el nombre
de ese hombre
no se sabe 



“Epitafio para Joaquín Pasos” 

Ernesto Cardenal 



Hará unos diez años, un tipo que habíamos detenido se fugó. No era un preso cualquiera sino un sicario, un asesino, un hombre temerario, peligroso, vinculado a la banda narco mas pesada de la zona de Gualeguaychú. Durante siete años, la prefectura había investigado el trafico de drogas a través del Rio Uruguay: El clan Barragán cruzaba hasta Fray Bentos desde un campito con salida a la costa, lo que era un viejo frigorífico abandonado. En motos de agua, la cocaína estaba en menos de siete minutos del lado uruguayo. Las veces que quisimos atraparlos, los Barragán se deshacían de su carga con ayuda del agua, correntosa y marrón, que les escondía el botín. Por eso siempre estaban en la mira y por eso llamó la atención la llegada del nuevo. Aguirre fue quien lo advirtió. Hay uno nuevo, doctora, y no es cualquiera. El Max se vino para acá y está con ellos. 



El Max andaba acá. Miré los videos, las investigaciones, los antecedentes. Era una mole de dos metros, ceño fruncido, nariz cuadrada, mirada dura, estilo boxeador. Se lo notaba duro y curtido. Usaba una falsa identidad y en la cintura llevaba una Browning 9 mm que pude ver cuando al minuto treinta y cinco se saca la campera. Desde Montevideo llegó su legajo. Varias rapiñas como menor, resistencia a la autoridad, un homicidio a los veintidós años, un secuestro extorsivo, otro homicidio. Una psicóloga informaba, en el informe de personalidad, que “el interno había aprendido a valorar su propia vida por sobre la de los demás, no dudando en quitar la ajena por defender la suya”. Dictamina desprecio por la vida y aconseja medidas de máxima seguridad. Una condena eterna a cumplir tras los muros del penal de Libertad. 

¿Cómo había llegado hasta acá? Su último hecho: Acribillar a otro preso, amenazar a un guardia cárcel y escapar, vestido de penitenciario. En la calle tuvo documentos, unos mangos, la Browning. Llegó hasta la frontera y allí, donde el rio es soledad y misterio, inconmensurable silencio, fue sencillo cruzar. 

Al poco tiempo cayeron todos, los Barragán y el Max. 


La fuga entonces significó un escándalo. Las cámaras de la unidad penal registraban a un tipo alto y atlético salir al patio de la cocina, apoyar una escalerita destartalada contra el muro, subirla velozmente y saltar con elegancia hacia la calle, sin caer ni trastabillar, perfectamente parado, con una parsimonia de película. Se ve que se aleja, sin necesidad de correr siquiera, caminando, silbando bajito, confundido entre los fresnos por la avenida desierta esa siesta de domingo. 

El Max se escapó como pancho por su casa y eso costó la cabeza del director de la penitenciaría, el despliegue de brigadas federales, investigaciones internacionales, alertas rojas de interpol. Cierre de fronteras. Nada. 

Con el tiempo se dijo que un helicóptero lo cruzó a Paysandú, que había ido a ajustar cuentas pendientes, que traficaba opio en un submarino, que le habían encargado matar a un juez en Porto Alegre, que se había asociado a unos evangelistas para lavar dinero. Se decía, se decía. Pero el Max había burlado todos los controles y se había hecho humo. Yo dejé Concepción del Uruguay y me olvidé del caso por todos estos años. 



A mi me encantan las historias en papel. Es antiguo, lo se, pero disfruto marcar las hojas, doblar la pagina donde dejo de leer. Y el ambiente literario del Ateneo Grand Splendid, el secreto placer de un cafecito, la New York Jazz Lounge sonando de fondo, la deliciosa posibilidad de hojear sin comprar, de leer y devolver a su lugar, de poder elegir tras degustar. Ahí me siento parte del mundo artístico sin serlo. Quizás por el dorado teatral de las molduras, la construcción oval y abalconada, el telón rojo pasión, las luces infinitas. Suelo buscar allí dos o tres libros, pedir café, ubicarme en los sillones del primer piso. Desde arriba miro a los lectores y a los turistas, los múltiples balcones, la cúpula de Orlandi, esa oda a la paz, esa esperanza nacida al óleo tras el fin de la primera guerra. 

Me apoyo en la baranda de bronce y cierro los ojos, y me voy al Parisien, 1914. Ese mismo lugar era entonces un teatro de variedades y bailarinas, un tugurio apenas, el juego clandestino, las chicas con tacón y labios mal pintados, rímel corrido, perlas de la noche. Huelo cigarros, whisky, risotadas, un pícaro Glucksmann. Rosita Melo al piano tocando “Desde el Alma”. Quiroga y Alfonsina besando al mismo tiempo las caras de un reloj. El reloj, el beso, los azahares. Gardel también pisó este suelo, pero no están ya ni Glucksmann, ni Gardel ni todos ellos. Un rayo a tiempo y se acabó la feria. 



En eso estaba aquel octubre mirando distraída, buscando cuentos para Belén y Manuel, discos para Victoria, las cosas de siempre. Un paseo, una lectura, un par de regalitos. Entonces me pareció ver una cara conocida, un rostro que me sonaba, que bien podía ser empleado de alguna oficina, cajero de un supermercado, oficial notificador, cartero. Quise recordar de dónde lo ubicaba. El estaba parado sobre la baranda de enfrente, apoyado y leyendo. Despreocupado. 

Fueron flashes. Allanamiento. Chaleco antibalas. Cuerpo a tierra. Sirenas, disparos. La detención. Las muñecas precintadas. Las zapatillas enormes sin cordones. Los títulos de diarios. Sus ojos amenazantes. La sala de audiencias. ¿Su DNI? Nunca tuve DNI. ¿Dirección? Penal de Libertad, San José, Uruguay. ¿Hijos? Cuatro. ¿Esposa? Mónica Lima. 

Mónica Lima y los ojos se le hicieron agua. Escondió sus lágrimas, y no las quise ver. Después de todo, los sicarios no lloran. 

Sentí una inyección de nervios. ¿a quien llamar? A Mariela. Mariela sabe todo. Lo conoce. Sabe a quien recurrir. Es rápida. Puede librar una orden de detención urgente. ¿O llamo a Nicolás para que mande una brigada especial? Aguirre se retiró. La puta madre, Aguirre. 

Me aseguré de ubicarme donde no pudiera verme, tratando de ahogar la adrenalina, la extrema tensión, el infinito miedo. Quería apurar la situación, él estaba ahí a cuatro o cinco metros, un poco más gordo, un poco más viejo, no tan viejo igual, pero si más canoso. 

De pronto un éxodo de gente al escenario, todos moviéndose a escuchar al Pipi Piazzola. Qué banda inoportuna, carajo. Se amontonaron todos y el Max también se amontonó. 

No era posible un solo error. No era posible un solo paso en falso. Estaba segura que venía calzado, que si yo me equivocaba todo sería balacera y muertes, pero él estaba ahí, tan tranquilo, tan mejorado quizás, tan con sus crímenes a cuestas, sus robos, sus rapiñas, sus víctimas. Estaba al alcance de mi mano. 

En un impulso tomé la decisión, escondí mi Bersa, me acerqué despacio entre la gente, me paré a su lado. Lo sentí respirar y transpirar. Agua en mi espalda. Él, en cambio, sentía la música como quien oye llover. 

De reojo lo vi mirar hacia un costado, estirar el cuello, levantar la mano, decir en un murmullo Lucía, vení, Lucía. La nena vino hacia sus brazos y el la subió a caballito. 

Así salió con ella hasta la calle, hasta su libertad, hasta la noche negra y estrellada en que se había transformado el día. Otra vez, silbando bajito. 



Josefina Minatta 

Concepción del Uruguay, 19 de abril de 2020 

(") La autora es abogada y miembra del Ministerio Público de la Nación.























lunes, 10 de septiembre de 2018

ECLIPSE ROJO, Por Josefina Minatta para Vagos y Derecho (Taller Literario)



Ese día hubo un eclipse rojo de luna. Al abrir el diario vi la luna enorme como un planeta, y la gente en el bar se agolpaba frente a la tele para mirarla. Yo me asomé a la ventana para ver el cielo, pero todo estaba frio y gris. Caía una llovizna continua y tenue. Era uno de esos días aburridos. Yo no sabía qué hacer, qué leer, qué comer, donde ir. El hastío. Algunas veces la lluvia predispone así. Encierra. Y yo quería hacer algo que no se pareciera en nada a esa lluvia criminal que me alejaba de todas las cosas. 

Yo mismo me alejaba de todas las cosas. 

Fui siempre un ser pequeño, incluso insignificante. Mi presencia siempre pasó inadvertida. Nadie me invitaba a cumpleaños ni reuniones políticas, ni a jugar a las cartas ni a pescar desde la Stella Maris. Cuando iba al río, en verano, estiraba mi toalla en la arena y seguro a los pocos minutos se disculpaba algún turista: “Disculpeme, lo pisé, no lo vi”. 

Lo mismo con Pilar, desde hacía años. Yo la veía llegar del super cargada con las bolsas, salir después con los perritos al parque, volver y sacar la bicicleta, llegar cansada y prender las luces, barrer la vereda. Vivía justo enfrente de mi ventana. 

Al principio Pilar era una más de las tantas vecinas de la cuadra. Como todas, saludaba formal para no ser descortés, sacaba la basura a las ocho y se amontonaba algunas veces en la esquina, si algo alteraba el suave transcurrir de la calle Jordana. 

Lo que la hizo distinta fue que tocara el violín, igual que yo. 

Eso me sorprendió. Era una chica preciosa y joven, cuarenta años mas joven, y, sin embargo, quiso venir a tocar algunas obras conmigo. 

Lo primero que pasó fue que me vio bajar de un remis, una noche que volvía del cumpleaños de un pariente. Había sacado a pasear a mi violín: Ya nadie se interesa por la música clásica. Como lo llevé lo traje, pero Pilar me vio bajar con él. Yo no encontraba la llave la puerta de entrada y en eso me chistó por la ventana, salió a la vereda en pantuflas de peluche y se metió, así de descarada, en mi casa de solterón antiguo. 

Anduvo un rato largo revisando mis libros, las guitarras, mis otros instrumentos. Yo estaba disimuladamente incómodo, nervioso, invadido. Hubiera querido que no se fuera nunca. Era la medianoche y ella tenía una fiesta en la playa. 

Cuando cerró la puerta tras de si corrí al espejo. Pero qué iba a venir por mí. Me vi canoso y desganado. Ella era en cambio una tormenta de alegría. Tomé el violín y me arrimé un banquito para ver en el espejo lo que ella había visto. El reflejo me amargó. Después esperé verla salir para su fiesta, de zapatillas bajas y jeans rotos, con una caravana de gurisas que escuchaban cumbia. 

Pasaron varios días, eternos días hasta volver a verla. Por las dudas había comprado un vino y un perfume, ordenado la casa y afinado las cuerdas. Ella igual no aparecía. 

Fue una siesta en la plaza. Había un desfile patrio y ella me tapó los ojos y me dijo adiviná quien soy. Me hice el bobo, aunque nadie mas podía ser que ella. En un rato me cruzo y tocamos un ratito, me puso sobre aviso. 

Esa fue la primera vez que vino, y después hubo otras tardes. Ella llegaba, sacaba sus partituras, las desplegaba sin pudor sobre la mesa que fue de mi madre, y tocabámos en silencio, veinte o treinta piezas en absoluta armonía. 

Después guardaba, me hacia algún pequeño comentario sobre las notas o las afinaciones y se iba. Yo me quedaba siempre ahí, deseando que volviera. 

El vino que compré también esperaba ahí. Con frecuencia dudaba si ofrecerle o no, si buscarla o no, si invitarla a un restoran o a dormir conmigo. 

Pasé en vigilia varias madrugadas para verla salir o entrar o apagar luces. Así pasaron meses. Ella me saludaba desde enfrente con su manito en alto y a veces se cruzaba a tocar en silencio. 



Aquel día, como dije, había un eclipse de luna rojo y la lluvia encerraba, pero yo no quería nada que se pareciera a esa lluvia. Pilar debía llegar a las ocho y yo me había afeitado y había comprado quesos y paté porque pensaba, por fin, tocarle el timbre. 

Aunque no me hablara, aunque viniera solamente a practicar por fugaces minutos, aunque no le importase de mí mas que aquel leve rumor brotando de mis dedos, su cercana presencia encendía mi vida. 



La vi llegar. Me alegré, me paralicé, me preparé, me revisé los dientes y las uñas, retoqué la casa con almohadones y jazmines, vacié los desbordados ceniceros. Una llamada laboral me demoró. 

Cuando por fin salí, la cuadra era un revuelo de sirenas y de motos de la policía. Alguien dijo salgan de aquí que se puede derrumbar. 

La casa de Pilar ardía en llamas. Todo lo que supe mirar era ahora humo negro, polvo, tos, lágrima, hedor, asfixia. Alguien tiraba agua y otro rompió la puerta. Los perros no salieron. Tampoco Pilar salió. Una vecina dijo pobrecita. Volví sobre mis pasos a buscar el violin que también la había esperado, y como quien no tiene nada que perder, entré a las llamaradas para por fin irme con ella, aquella tarde gris en que se vio una luna roja. 



Josefina Minatta 

C. del Uruguay 

27 de julio 2018 







lunes, 25 de junio de 2018

EL HOMBRE IMPOSIBLE, Por Josefina Minatta para Vagos y Derecho (Taller Literario)



Federico Castillo conoció a Villarino en la bohemia noche de Buenos Aires. Por esa época, Castillo era habitué de La Giralda, un bar notable de la calle Corrientes, donde solía esperar la madrugada escribiendo poesía inspirado en Enrique Molina, o bien leyendo a Hegel. Algunas de esas noches eran dedicadas a una fervorosa discusión política. Convocaba a la juventud, que se le arrimaba, y el bar hacía las veces de sede de asamblea: Había que derrocar al régimen, erradicar el capitalismo, generar conciencia de clase, volver a discutir la reforma agraria. En esas reuniones, Castillo diseñaba, junto a otros, planes de acción que nunca se materializaban. Podría decirse que era un soñador con vasta audiencia. 

Solía acompañarse de una copita de Cubana Sello Verde; la última era siempre invitación de la casa: Invitaban por cortesía, y lo invitaban además a retirarse. Era hora de bajar la persiana. Castillo tomaba de buen grado el sorbo que restaba y se despedía hasta dentro de un rato, con los textos bajo el brazo, rumbo a la parada del 102 o el 37. 

En ese entonces vivía solo. Había tomado la decisión porque su amor por los libros había primado por sobre la paciencia que pudo tenerle su familia. Entonces había resuelto volver a la casona materna, deshabitada y antigua, de la calle Gutiérrez. Allí conservaba recuerdos familiares. Fotos, bombillas de plata, las armas viejas de su padre, las enciclopedias de la niñez. También estaban ahí, esperando la sucesión, varios cuadros originales de pintores exquisitos. Quinquela y Berni, Castagnino. Y su favorito, Ricardo Carpani. Lo único valioso de esa casa, decía Castillo, eran esas manos rudimentarias y obreras que evocaban a algún otro Castillo, compadrito y tanguero, y que pendían de las paredes amarillas. 


El 1 de julio de aquel año Castillo encendió motores. Elevó la voz, se puso colorado, y la furia le brotó de un modo tragicómico. Si no fuera porque apareció Villarino en escena, el intercambio terminaba en piñas. Había discutido con un antiperonista del PC que en cierto momento citó con ignorante orgullo la Junta para la Recuperación Patrimonial, un hecho infame a los ojos de Castillo, que se le fue al humo. 

De pecho y frente lo paró Villarino: Pará papá, no ves que es un pibe, no ves que anda incursionando… déjalo que saque sus propias conclusiones, ¿no ves que por lo menos piensa en política? 

Esa noche amanecieron allí, hablando de bueyes perdidos. A Villarino le interesó la dialéctica, así que se quedaron en el bar, cómodamente hasta el alba. A esa le siguieron varias noches de copas y pasiones. Escuchaban a Gardel o a Cafrune en la fonola y algunas veces probaban al billar, donde ahí sí, Villarino se lucía con aires de pavo real, esperando impresionar al escaso público femenino. Cuando había futbol, la cita era mas temprano. Castillo era fanático de River. En cambio, a su amigo, el futbol le daba lo mismo. 


Aquella noche, Castillo llegó mas tarde que de costumbre. Contó que venía de reunirse con los jefes. Que la cosa había cambiado. Que ya no se precisaban abogados como él, empecinados en hacerles cumplir las leyes a los bancos. Le dijeron que la actividad bancaria era fundamental para el desarrollo de un país, que sin ir más lejos, sin bancos nadie cobra el sueldo. ¿Entiende, Castillo? En este organismo vamos a ayudar la actividad bancaria, no la vamos a entorpecer, vamos a acompañar el verdadero desarrollo para un floreciente progreso. 

Su trayectoria contra la criminalidad económica se le había volcado en contra. De nada serviría explicar que el no estaba opuesto a los bancos sino al abuso de los bancos. 

Le ofrecieron irse a la biblioteca de un ministerio. Castillo les cantó las cuarenta. Les dijo que así no era posible erradicar la corrupción, que las cuevas financieras eran impunes, que fugaban capitales al exterior, que eso perjudicaba la economía nacional, les dijo miserables hijos de puta crápulas gorilas cipayos entreguistas antinacionales lamebotas del FMI. Amenazó con denunciarlos a la prensa y a los gremios. 

Ja, ¿Qué prensa? ¿Qué gremios, Castillo? Tosco murió hace rato… 

Era eso, o un sumario administrativo cuyas razones ya pensarían. 

Aceptó finalmente la biblioteca como fatal destino. Después anduvo vagando, errante y vacío, por el centro que sabía querer. Llevaba treinta años de su vida incorruptible luchando contra el delito financiero. Se consolaba, sin embargo, de soñar sus últimos años entre libros. A fin de cuentas, Castillo amaba los libros. Lloró amargamente, no por la biblioteca que lo esperaba sino por la impotencia de saber que por fin habían neutralizado al último heredero de Baigún. Ya no quedaban quijotes vivos para detener a la impunidad financiera. En cierta forma, estaba viviendo su propio duelo. 

A medianoche encontró al amigo en la mesa de siempre, acodado en el mármol blanco de la mesita del fondo, y lo invitó a su casa. Juntos bebieron vodka y pisco por igual, hasta quien sabe cuándo. 


Cuando abrió los ojos, caía la tarde y sintió el invierno sin estufa. Se vio a sí mismo hecho un ovillo en la alfombra de cuero de vaca traída de Entre Ríos, rodeados de botellas vacías, vasos desparramados, un vinilo partido en dos. Quien sabe por qué vuelta iría el disco de Billie Holliday. Se había meado encima y le faltaba una media. Se le partía la cabeza y apenas alcanzó a llegar a la pileta de la cocina a vomitar sobre los trastos sucios que tenían ya dos o tres días. 

Buscó, como pudo, unas sales efervescentes en el cajón del modular y agua fría para bajar la resaca. Sentado en la mesa de la cocina, observó el caos de la casa, muestra cabal de su miseria. Recordó que había llorado, que habían escuchado a Jorge Falcón, a Manzi en su poética. Miró el desorden de la casa. Las copas, las botellas, el disco roto. Ahí se dio cuenta que había algo mas. Las paredes estaban inmensamente amarillas y los clavos desnudos denunciaban lo peor. Faltaba Carpani y faltaban los demás. 

Maldito Villarino. 


La policía llegó inmediatamente a invadirlo todo. Huellas, fotos, flashes, precintos, peritajes, testigos de procedimiento. En la puerta de calle se amontonaron las chusmas, tratando de averiguar si Castillo había partido a mejor vida o estaba acusado de algún delito menor. 

Lo interrogaron como dos horas. 

¿Por qué había varias copas usadas si solo vino su amigo? 

¿Usted bebe con frecuencia? 

¿Por que no sabe el domicilio de su amigo? ¿y el nombre de pila? 

¿En qué carácter trae a su casa a personas cuyo nombre desconoce? 

¿Tiene testigos del hecho? 

¿Viajó recientemente a países árabes? 

¿Cómo piensa probar ser dueño de las obras si no tiene los títulos de propiedad? 

¿qué pruebas tiene sobre la existencia de esas obras? 

¿las obras estaban aseguradas? 

¿Usted es gay? 

¿Consume drogas? 


Castillo echó a patadas al oficial de policía. No le sorprendió tanto que pusieran el foco de sospecha en la víctima. En cierto modo, la profesión lo había acostumbrado a esas grotescas formas. Su paciencia se agotó cuando fue acusado de ser poco diligente en la custodia del arte: Los cuadros se guardan en el banco, Castillo, le dijo graciosamente el jefe del operativo. 

¿En que banco me sugiere que confíe? ¿En el que fuga la guita a Delaware o en el banco chino que fugó a Bahamas, jefe Gorgory? En el banco me recontra cago, le seré muy sincero, pedazo de gil. 

Cuando le estaban labrando el acta por desacato, simuló hablar con un ministro. La cosa quedó ahí, pero la policía, estaba claro, no se esforzaría en buscar sus cuadros. 



Poco tiempo después lo citaron de juzgado. Le pedían los papeles de las obras, año, firma, valuación, estado de conservación, datos del imputado, testigos del hecho, ultimas tasaciones, críticas de cada obra. Si tenían novedades, lo llamarían. 


Villarino, como era de suponer, desapareció del mundo y Castillo retomó parte de su rutina de escribir poesía, pero modificó los horarios. Ahora prefería las tardes soleadas y el mate cocido. Caminaba algunas cuadras por la avenida, repleta de librerías y teatros. Hurgaba por deporte en las mesas de saldos y miraba de lejos las vedettes de las marquesinas. Después pedía un sanguche de pan francés con salame y manteca. A veces se encontraba con Ivanna, una poetisa amiga radicada en Paris que solía volver de tanto en tanto. Fue ella quien esa tardecita le dio la pista. Había visto sus cuadros a la venta, en una paquetona galería sobre Parera. Había tomado fotos con su celular, simulando estar interesada. Los vendían a un fangote y no había duda. Eran los suyos. 

Con la data precisa y el móvil en mano, se fue hasta la tercera a pedir que rescataran los objetos del robo. 

Los agentes le dijeron que sin orden no podían allanar la galería, que había que preguntarle al juez, que se necesitaba un abogado, que si realmente estaba seguro que eran suyos… Finalmente Castillo los convenció, y allá marcharon, a la recoleta galería. Se trataba de una verdadera referencia del arte local, ubicada en un exclusivo rincón de la city. Su dueño era más conocido por su afición a las fiestas pomposas que solía ofrecer en Tapalqué que por su cultivado espíritu. Cuando entraron al local, el dueño no estaba. Sin embargo, colgados, restaurados y sublimes, allí estaban los cuadros de Castillo. 



Los policías llamaron al juez, que dijo que había que esperar al otro día. La encargada del local pedía por favor que la policía se retire del lugar, que resultaba una verdadera vergüenza acusar a una entidad de prestigio, que demandarían al responsable de esta farsa. 

Temprano en la mañana siguiente, Castillo se presentó al juzgado con el escrito: Encontré mis cuadros, señor juez. Resulta evidente que la mencionada galería se dedica a la compraventa de arte robado, por lo que solicito se impute como autor del hecho a su dueño y se restituyan las obras a mi persona, ya que soy su verdadero dueño. 

El juez lo atendió muy amablemente. En tono exageradamente cordial le explicó que el galerista se había presentado de inmediato a estar a derecho, que había mostrado unos papeles que lo acreditaban como dueño y que había pedido ser designado tenedor de buena fe. Le sugirió que la base del problema era tener los cuadros en la casa, sin registrar, y que además no había avisado a Interpol para anotar las obras como robadas. El galerista consultó a interpol antes de comprarlas y no figuraban con pedido de captura. Por tales motivos, dijo el juez, me veo en la obligación de consignar como depositario judicial hasta que todo el hecho se dilucide, al galerista. Tiene que comprender, Castillo. Es un hombre muy serio. Las adquirió de buena fe… En definitiva, mi amigo, usted no me trajo los títulos que lo consignan como dueño, no trajo testigos, no trajo siquiera el nombre de pila del tal Villarino. Los cuadros de valor se guardan en el banco, Castillo. Usted entenderá. 

En ese instante comprendió que era de una enorme inocencia de su parte intentar caminos legales. Se sintió iluso como abogado recién recibido. Así que cortó por lo sano. Se despidió en todo amable, casi burlesco de su señoría, y decidió que haría justicia por mano propia. 




El primer paso de su plan fue volver a la bohemia. Eso lo acercaba al mundo intelectual y artístico de la ciudad. En esas veladas de encuentro con otros escritores, escultores y poetas se dedicó a desprestigiar a esa cueva del arte robado. También relató con detalles el proceder del galerista estafador a cada cliente del bar notable. El método daba buenos resultados porque Castillo era un referente under de la cultura y además provenía de una familia de estirpe, que, aunque venida a menos, conservaba el estilo y las influencias. Los compradores de arte descreyeron velozmente del devaluado galerista y según dicen, jamás logró ubicar las obras de Castillo. Un caño de agua del piso de arriba explotó sobre la exposición, inundándola hasta los dos metros y causando pérdidas irreparables al singular dueño. Esa fue su mayor justicia. 


De Villarino volvió a tener noticias a través su hermana María Eugenia. Castillo lo supo cuando la hermana, embobada, le dijo que conoció un adorable señor. “Tendrías que conocerlo, vende perfumes exóticos europeos traídos especialmente, en versiones limitadas. Es importador y exportador. Me llenó de halagos, dice que mi belleza es única y que soy inteligente; es muy buen observador. Se dio cuenta que, de todas, soy la única que no guarda el dinero en la cartera. Es un hombre sumamente encantador, cultísimo, Federico. Fuimos a la terraza del Café París y entonó “No habrá Ninguna Igual…” 



Castillo tuvo una clarividencia o una corazonada. Era el tipo. Con las pistas de María Eugenia, lo descubrió infiltrado en la fiesta del Rose Door, adonde iban las chicas de la sociedad porteña a bailar. 

Villarino vestía ahora una pilcha de dandy y desparramaba sonrisas y perfumes por igual. Decidió observarlo antes de actuar, desde lejos y atrás de un cortinado bordó de terciopelo, como el de los teatros. No había diseñado un plan y ver otra vez al rufián lo puso nervioso e inquieto. Tenía que pensar bien antes de abordarlo. 

Lo vio acercarse a las mesas de las señoritas, acariciándolas con descaro, tomarlas de la cintura, acercarse a todas más de la cuenta. 

A rato de verlo descubrió que les robaba el dinero de las carteras, en combinación con una moza. El las entretenía. Ella abría los bolsos aprovechando el descuido. Después lo vio perderse en los jardines del Rose Door y decidió seguirlo. 


La siguiente parada de Villarino fue por el bajo, en un barcito cercano a Retiro. Allí lo vio entrar y encontrarse con la camarera del Rose Door: se repartieron dinero y después lo vio besarla en la boca. La muchacha parecía joven y bajita. Se la veía felizmente impresionada por Villarino. El hablaba y ella reía. Castillo añoró esos días en que también él era querido. 

A eso de las ocho la muchacha lo dejó solo. Desde la puerta del boliche le tiró un beso y le gritó “adiós, Maurice”. 

Esa fue la primera vez que Castillo escuchó el nombre del tipo. Pensó que no podía llamarse Maurice, porque con Villarino no combina. 

Supuso que podía ser un alias, un apodo, un nombre de guerra. A fin de cuentas, Villarino había sido una farsa. El nombre que le dio a la chica también debía serlo. 

Agazapado atrás del pizarrón que ofrecía guiso de lentejas, lo vio pagar, tomarse de un saque el último vino y ponerse el sobretodo verde ingles que (pensó) también sería robado. Lo vio salir y lo siguió, a pie, por esa callecita oscura y solitaria. Llevaba consigo un facón antiguo, por las dudas. Lo tocó por debajo de la camisa para sentirse protegido. 

¡Villarino, Alto! Le gritó. 

El hombre siguió, sin inmutarse ni darse vuelta. Tampoco apuraba el paso. 

¡Maurice, soy Castillo! 

Lo alcanzó, tras aligerar su propia marcha, casi corriendo. 

El hombre se dio vuelta y lo miró como quien mira a un maleante. Estaba diferente, sin dudas. Se había rapado, llevaba lentes y aquel sobretodo pituco que también olía a perfume caro y distinguido. 

¡Como me cagaste, traidor de cuarta…! 

El hombre sonrió, sin perder la estampa ni la paz inalterable que Castillo no supo interpretar. Lo enfrentó a los ojos y le dijo unas palabras en francés que tampoco comprendió. Era su voz. Su maldecida y acariciada voz. 

El hombre giró sobre sus pasos y continuó su marcha, solitaria y lenta, empedrado arriba por Basavilbaso. 

Un desorientado Castillo lo vio perderse, verde y mystérieux, en la niebla de la noche, dudando que fuera él, o un ruin ladrón, o aquél pulido señor francés, o un fantasma más de la incierta ciudad. 



Josefina Minatta, julio 2016 

































jueves, 7 de junio de 2018

LA ULTIMA CURDA, Por Josefina Minatta para Vagos y Derecho (Taller Literario)

Solía llegar corriendo, sobre la hora, atropellando a las señoras que paseaban sus perritos por Avenida Rivadavia. Los artistas ingresábamos por la puerta de servicio de calle Rincon, por donde se descarga el café, el azúcar y las hormas de jamón. Subía las escaleritas caracol de roble, me sentaba en un banquito tapizado en pana y desenfundaba. Por cabala, mi bandoneon quedaba allí durante toda la semana. Tal como estaban las cosas, me parecía que sonaba mejor si quedaba custodiado por la mirada atenta de Gardel, sombrero compadrito y sonrisa a medias desde el cuadro central de la pared principal. 

Mi escenario era el altillo abalconado del café, revestido de madera y ángeles de bronce. Se me veía apenas desde las mesas, y tras de mi, una pareja tanguera me acompañaba desde un enorme vitraux con telón de terciopelo. Ellos bailaban con la cadencia de mis notas tristes, siempre las mismas. Sin embargo, solo la pareja de vitraux era capaz de percibir mis variaciones, mis errores, mis tonos mas alegres si aquel anochecer Victoria me había acompañado; mis sones melancólicos, en cambio, si se me daba por extrañar el rio Uruguay, o mi quiebre musical si la cana se había llevado a otro de mis compañeros de orquesta.
 
Desenfundaba, y sin mas, brotaba el tango que me hervía la sangre y se apoderaba de mi cuerpo maltrecho y flacuchon. Era un espacio de breve libertad. Un lujo de época, mi hogar.

El tango brotaba de mis dedos agiles y los clientes giraban la cabeza buscándome. A mi me entretenía observar la variada concurrencia. En las mesitas blancas de cedro y mármol se sucedían personajes insólitos, domingo a domingo. El viudo que iba a leer La Nación, tomar café vienes y matar el tiempo; la parejita de la merienda de las fai o clok, sanguchitos y tortas para ocho; la escritora, esa muchacha del tapado verde ingles que no miraba nuca las fotos de Pichuco y ni de Irigoyen, como hacían todos, ni las mayólicas despampanantes, ni la araña con caireles mas brillosos de la ciudad. Esa muchacha era mi fascinación. Escribía sin parar toda la noche, y al amanecer, cuando empezábamos a apagar las luces, cerraba su cuadernito, pagaba la cuenta, y antes que yo bajara la escalera, se había ido hacia la zona del Congreso, siempre por la misma vereda. Solitaria y final, hasta el próximo domingo gris. 

Mi escenario me hacia cómplice de momentos prohibidos, como cuando vi, escabullidos, ardientes, entre los telones bordó, a dos mozos besándose en la boca como locos; vi entrar a un ex presidente a tomar una leche merengada, vi la noche intelectual debajo de mis pies, pasión y música, la discusión embravecida de aquellos senadores que pidieron wiski y terminaron abrazados y rotos, sangrando contra las flores verdes del calcáreo; vi una actriz llegar en limonsina para vomitar de urgencia, iluminando como una sirena dorada, a su paso taconeante, desequilibrado y hermoso el pasillo de lámparas de bronce de ángeles con caras de demonios. 
Mi trabajo era tocar el bandoneon, pero la verdad, yo los espiaba. Me gustaba imaginar que harían al salir, adivinar que deseaban consumir al llegar.

La chica flaca de los rulos. De ella me gustaba adelantarme y vaticinar qué policial traería. Así, mirándola desde el balcón supe que era fan de Wallander, aunque traía bastante a Poe. Le encantaba el gin tonic con aceitunas. A menudo la veía en el subte, volviendo del Teatro San Martin, tomada de la mano de un antropólogo que había llegado del Líbano. 

A veces venía un contrabandista; yo marcaba los domingos que lo veía, porque sabía que llegaría el momento en que caería y no lo volveríamos a tener acodado ahí, con ese desparpajo seductor, el pelo largo y gris y su cigarro, su voz bien entonada acompañándome en "Sueños de Juventud". 

Algún que otro domingo venia un ex voleibolista, un pibe de la selección de Neuquén que pedía te de tilo y se sentaba junto al inmenso ventanal a ver el afuera. Pasaba el rato mirando la avenida. Solamente interrumpía si algún chiquilín colado buscaba monedas o comida. El les daba siempre unos pesos y su tostado, sacaba unos naipes y les hacia trucos de magia y chistes. Me caía bien porque los chiquilines lo seguían. 


II


Aquella noche la función había sido una fiesta. Yo había llegado temprano. Venía efusivo porque Victoria esperaba un hijo nuestro, me lo había dicho la tarde previa y no lo terminábamos de asimilar, nos habíamos metido en la cama vestidos, con ese frio de principios de junio para abrazarnos y dormir sin decir nada. Nuestro primer hijo. 

El café quedaba lejos pero llegue a pie, subí la escalerita y saque mi bandoneon. Quise empezar con "Por una Cabeza"; lo mire al Zorzal colgado ahi, enfrente mío, no se por que pero le agradecí la delicada suerte, como si fuera un dios o una divinidad pagana.

Empezaron a llegar turistas chinos, alemanes, señoras preciosas recién salidas de los salones de belleza, con tapados brillantes y estolitas de piel. Se oia el parloteo de la gente, el trajín de los mozos, el ruido de la vajilla alborotada en la cocina. Todo me distraía pero no me equivoqué en ninguna nota.

Galvez me arrimó una notita que no miré. Esa noche no hacia falta cortar temprano. Esperábamos un hijo.
 
Toqué sin descansar, me aplaudieron, pidieron bises, el ventanal que daba a Rivadavia me devolvía mi imagen, enaltecida delante del vitraux. Me sentía por primera vez feliz. 


III


Se fueron los últimos mozos, bajaron las luces. Yo terminaba de cerrar el estuche cuando los vimos llegar con las luces azules intermitentes, la ford en que lo cargaron minutos después, a punta de siete u ocho Fal. Yo nunca antes había visto un arma, no alcanzaba a comprender; uno se apareció de golpe junto a mi, diciendo pibe toca, toca o te boleteamos.

Como pude saque otra vez y vi que lo agarraban, gritaban quien es Viñas, quien es el encargado. 

"Soy yo" dijo mi padre mansamente.

No lo dejaron siquiera sacarse la chaqueta blanca. Yo desde arriba vi que lo empujaban, le pegaban en la boca del estomago, la música cesó. Uno de verde me obligó a seguir, macabramente pidió "Mi Buenos Aires Querido". Mi viejo, lo único concretamente vivo de mi sangre, humillado y reducido contra el piso.

En un hilo de voz grité "Soy yo, yo soy Viñas, me buscan a mi, yo soy el encargado, yo soy el bandoneonista, carajo, yo soy el que tocó la serenata contra el règimen".

Gritaba desesperadamente sin voz mientras lloraba. Tocaba del modo mas grosero las melodías mas sublimes.

Al lado de mi pie, con su letra temblorosa, el puño de mi padre en la notita de Galvez decía "Soñè que soy abuelo".

El tipo me apuntaba a la cabeza mientras los demás metían a mi viejo en el baúl, sin abrigo, sin testigos presenciales, esa noche de la helada infernal en que lo vi salir por ultima vez, como tantas madrugadas del Café Los Angelitos, cuando asomaba el sol en la ciudad herida. 




Josefina, 2 de junio 2018