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lunes, 14 de enero de 2019

LA REVOLUCIÓN CUBANA CUMPLE 60 AÑOS, Por Frei Betto

Primero de enero de 2019, los 60 años de la Revolución cubana. ¿Quién lo diría? Para la soberbia de los servicios de inteligencia de los Estados Unidos, la osadía de los barbudos de la Sierra Maestra al sustraer a Cuba de la esfera de dominio del Tío Sam era “un mal ejemplo” que debía ser borrado cuanto antes de las páginas de la historia. La CIA movilizó y entrenó a miles de mercenarios, y Kennedy los mandó a invadir a Cuba (1961). Fueron vergonzosamente derrotados por un pueblo en armas. Y, además, la hostilidad de la Casa Blanca llevó a Cuba a alinearse con la Unión Soviética. El tiro les salió por la culata. Agredir a Cuba significó entonces calentar la Guerra Fría, como demostró la Crisis de Octubre (1962).

El Tío Sam no puso sus barbas en remojo. Transformó a los cubanos exiliados en Miami en terroristas que derribaron aviones, hicieron explotar bombas, promovieron sabotajes. E invirtió una fortuna para alcanzar el más espectacular objetivo terrorista: eliminar a Fidel. Fueron más de 600 atentados. Todos fracasados. Fidel falleció en su cama, rodeado por su familia, el 25 de noviembre de 2016, poco antes de que la Revolución cumpliera 58 años. Había sobrevivido a 10 ocupantes de la Casa Blanca que autorizaron acciones terroristas contra Cuba: Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon, Ford, Carter, Reagan, Bush padre, Clinton y Bush hijo.

Fracasada la invasión de Girón, se impuso el bloqueo a Cuba (1961), medida criticada por tres papas que visitaron La Habana: Juan Pablo II (1998), Benedicto XVI (2012) y Francisco (2015). Pero la Casa Blanca no escucha voces sensatas. Prefiere aislarse, acompañada por Israel, cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas vota cada año sobre el tema del bloqueo. En 2018, por vigésimo séptima vez, 189 países se manifestaron contra el bloqueo a Cuba.

Tras la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética (1989), los profetas de la desgracia anunciaron el fin del socialismo cubano. No podía fallar la teoría del dominó... Se equivocaron. Cuba resistió, soportó el Período Especial (1990-1995) y se adaptó a los nuevos tiempos de la globalización.

Muchos se preguntan por qué los Estados Unidos no invadieron a Cuba con tropas convencionales (después de la derrota de los mercenarios), como hicieron en Somalia (1993), Granada (1983), Afganistán (2001), Iraq (2003), Libia (2011), Siria (2017), Níger (2017) y Yemen (2018). La respuesta es sencilla: una potencia bélica es capaz de ocupar un país y derribar su gobierno. Pero no de derrotar a un pueblo. Los estadounidenses aprendieron esa lección dolorosamente en Vietnam, de donde fueron expulsados por un pueblo campesino (1955-1975). Atacar a Cuba habría significado enfrentar una guerra popular. Después de la humillación sufrida en el Sudeste Asiático, la Casa Blanca prefirió no correr el riesgo.

¿Por qué Cuba les molesta a tantos que asocian indebidamente el capitalismo con la democracia? Porque Cuba convence a las personas intelectualmente honestas que no se dejan llevar por la propaganda anticomunista basada en prejuicios y no en hechos como que a pesar de la campaña mundial contra la Revolución, en la isla nadie muere de hambre, anda descalzo, es analfabeto después de los 6 años de edad, necesita tener dinero para ingresar en la escuela o cuidar de su salud, trátese de una gripe o de una compleja cirugía del corazón o del cerebro. En la lista del Índice de Desarrollo Humano (IDH) de la ONU, que incluye 189 países, Cuba ocupa un mejor lugar (el 68) que la mayoría de los países de la América Latina, incluido Brasil (lugar 79).

Mientras que el capitalismo enfatiza la competitividad como un valor, la Revolución le inculca al pueblo cubano la solidaridad. Gracias a ello, en las décadas de 1960 y 1970 Cuba envió tropas para ayudar a naciones africanas a liberarse del colonialismo europeo y conquistar su independencia. Raúl Castro fue el único jefe de Estado extranjero a quien se le concedió el derecho a pronunciar un discurso en los funerales de Mandela, porque el gobierno de Sudáfrica reconoce la importancia de la solidaridad cubana para el fin del apartheid.

Gracias a la solidaridad, maestros y médicos cubanos han trabajado en las áreas más pobres y remotas de más de 100 países. Y gracias a los principios éticos de la Revolución, en Cuba no se ven familias debajo de los puentes, niños de la calle, mendigos tirados a la orilla de la vía, mafias de drogas y zonas dedicadas a su tr+afico y consumo. Los delatores de Odebrecht denunciaron a todos los agentes públicos corrompidos en los países de la América Latina en los que estuvo presente la empresa. Pero no en Cuba, donde construyó el puerto de Mariel. ¿Algún informante se mostró dispuesto a defender a Cuba? Obvio que no. Ningún cubano se dejó corromper.

¿El pueblo cubano ya conquistó el paraíso? Lejos de eso. Cuba es una nación pobre, pero decente. A pesar del bloqueo y de todos los problemas que conlleva, su pueblo es feliz. ¿Por qué, entonces, muchos se van de Cuba? La verdad es que muchos se van de cualquier país que enfrenta dificultades. Se van de España, de Grecia, de Turquía, de Brasil, de Venezuela y de Argentina. Pero, ¿quiénes se van? De Cuba, los contaminados por la propaganda del consumismo capitalista creen que Eldorado queda al norte del Río Grande. Los mismos que se regocijan por la emigración de unos pocos cubanos jamás se preguntan por qué nunca ha habido en Cuba una manifestación popular contraria al gobierno, como acaba de ocurrir en Francia (los chalecos amarillos) y también recientemente en Túnez (2011), Egipto (2011), Turquía (2016), y antes en los Estados Unidos (Seattle, 1999).

¿Hay en Cuba soldados o policías en cada esquina? Juan Pablo II declaró que le había llamado la atención no ver vehículos militares en las calles de La Habana durante su visita, como viera en tantos otros países. La mayor arma de la resistencia cubana es la conciencia de la población.

¡La Revolución cubana cumple 60 años! Es muy poco para un país que es isla tres veces: por la geografía, por el bloqueo y por ser el único en la historia de Occidente que ha optado por el socialismo. Y cuando los cubanos celebran, no miran solo al pasado de tantas gloriosas conquistas en medio de muchos desafíos y dificultades. Inspirados en Martí, el Che, Fidel y Raúl, los cubanos saben que la Revolución es todavía un proyecto de futuro. No solo para Cuba, sino para toda la humanidad, cuando las diferencias (de idioma, cultura, sexo, religión, color de la piel, etc.) ya no sean motivo de divergencias, y la desigualdad social figure en los archivos de los investigadores como una abominable referencia histórica, como sucede hoy con la esclavitud.

¡Larga vida a la Revolución cubana!


Frei Betto es autor, entre otros libros, de Paraíso perdido. Viajes por los países socialistas (Editorial Nuevo Milenio, La Habana, 2016).



www.freibetto.org/> twitter:@freibetto.






Traducción de Esther Perez







viernes, 21 de diciembre de 2018

LA TONTERÍA DEL ANTIGLOBALISMO, Por Leonardo Boff



OBERTURA DEL EDITOR: 


"Lo que tienen en común las ultraderechas actuales es haberse librado de los complejos e inhibiciones democráticas procedentes del clima político posterior a la segunda guerra mundial del siglo XX. El decidido y sobreactuado retorno a una identidad nacional que se presenta con un relato épico sin fisuras tiene a lo “extranjero” como la amenaza, el exterior, que puede atentar contra la unidad plena y consistente que las ultraderechas presentan como identidad nacional",  así empieza la nota publicada el 20 de diciembre en Página12 realizada por Jorge Alemán  (https://www.pagina12.com.ar/163276-ultraderechas), que es justo relacionar con esta nota de Leonardo Boff, pues ambas ponen en el acento en la vuelta de cierto "nacionalismo" racista -Alemán- y ciego y tonto -Boff-. Es interesante también lo que agrega Alemán: "La ultraderecha se opone al establishment político, pero nunca al entramado corporativo que sostiene al Capitalismo neoliberal. Su antagonismo real es con lo extranjero". La pregunta que nos hacemos es ¿Qué nacionalismo es este que no pone en cuestión el poder financiero internacional? Nacionalismo de "pacotilla" decimos nosotros, que devotos del nacionalismo popular y liberador en un país colonial sabemos anteponerlo al nacionalismo de los países opresores usinas del capitalismo neoliberal. Pero sabemos no solo por los años vividos, sino porque el peronismo nos lo contó, y un narrador destacado fue Juan José Hernández Arregui, en "Nacionalismo y Liberación", Peña Lillo, Ediciones Continente,2004, sobre todo en el brillante artículo introductorio: ¿Qué es el nacionalismo? (Alrededor de los temas centrales del libro), pág. 11/51. Allí dice: "Toda teoría nacionalista que prescinda de la potencia numérica y la conciencia histórica de las masas es una abstracción inservible mutilada de la lucha nacional del pueblo" (...) "Un nacionalismo ligado a las clases privilegiadas -aunque adopte, a veces, cierta actitud crítica frente a ellas- y un nacionalismo que se expresa en la voluntad emancipadora de las grandes masas populares" -pág.13-. Pero como dice Hegel -recordado también por Hernández Arregui (pág. 15)- "Lo único que enseña la historia es que la gente jamás aprendió nada". Ahora sí, basta de alharacas y vamos al artículo de Leonardo Boff:



La tontería del antiglobalismo

Se está produciendo en todo el mundo una ola anti-globalista. Tal vez pocas cosas sean más regresivas y disparatadas en el mundo actual que ésta. Había un cierto anti-globalismo, fruto del proteccionismo de varios países, pero que no amenazaba el proceso general e irreversible de la globalización. Esa ola fue asumida como plataforma política por Donald Trump que, según el premio Nobel en economía Paul Krugman, sería uno de los presidentes más tontos de la historia norteamericana. Lo mismo sirve para nuestro recién electo presidente brasileño, el ex capitán Bolsonaro y sus Ministros de Educación y de Relaciones Exteriores, negacionistas de este fenómeno, que sólo personas desinformadas y con prejuicios no perciben.

¿Por qué se trata de un disparate de los más insensatos? Porque va directamente contra la lógica del proceso histórico incontenible. Hemos alcanzado un nuevo estadio en la historia de la Tierra y de la Humanidad. Si no, veamos: hace miles de años, los seres humanos, surgidos en África (todos somos africanos), empezaron a dispersarse por el vasto mundo, comenzando por Eurasia y terminando en Oceanía. Al final del paleolítico superior, hace cuarenta mil años, ya ocupaban todo el planeta con cerca de un millón de personas.

Desde el siglo XVI comenzó la vuelta de la diáspora. En 1519-1522 Fernando de Magallanes realizó la primera vuelta al planeta, comprobando que es redondo. Cada lugar puede ser alcanzado desde cualquier lugar. El proyecto colonialista europeo occidentalizó el mundo. Grandes redes, especialmente comerciales, conectaron a todos con todos. Este proceso se prolongó desde siglo XVII al XIX cuando el imperialismo europeo, a hierro y fuego, sometió el mundo entero a sus intereses. Nosotros, los del Extremo-Occidente nacimos ya globalizados. Este movimiento se reforzó en el siglo XX, después de la segunda guerra mundial. Y en los tiempos actuales, cuando las redes sociales nos hicieron a todos vecinos, a la velocidad de la luz, y la economía comandó el proceso, especialmente a través de la “gran transformación” (K. Polanyi), que significó el paso de una economía de mercado a una sociedad de mercado. Todo, todo, hasta lo más sagrado de la verdad y de la religión, se convirtió en mercancía. Karl Marx en La Miseria de la Filosofía (1847) llamó a esto “la corrupción general” y la “venalidad universal”.

La globalización que los franceses prefieren llamar, con mayor razón, planetización, es un hecho histórico innegable. Todos nos estamos encontrando en un mismo lugar: en el planeta Tierra. Estamos en la fase tiranosáurica de la globalización, que viene siendo hecha bajo el signo de la economía mundialmente integrada, voraz como el mayor de los dinos, el tiranosaurio, al ser profundamente inhumana, por la pobreza que causa y por la acumulación absurda que permite.

Ya hemos entrado en la fase humano-social de la globalización por algunos factores que se han vuelto universales, como la ONU, la OMC, la FAO y otros, los derechos humanos, el espíritu democrático, la percepción de un destino común Tierra-Humanidad y el ser el homo sapiens sapiens y demens, una única especie.

Notamos ya los albores de la fase ecozoico-espiritual de la globalización. La ecología integral y la vida en su diversidad, y no la economía, tendrán la centralidad, la reverencia ante todo lo creado y un nuevo acuerdo con la Tierra, vista como Madre y como un super Organismo vivo que debemos cuidar y amar, valores profundamente espirituales. Crece la noción de que somos aquella porción de la Tierra viva que con un alto grado de complejidad comenzó a sentir, a pensar, a amar y a venerar. Tierra y Humanidad formamos una única entidad, como bien testificaron los astronautas desde sus naves espaciales.

Ha llegado el momento, como profetizaba el paleontólogo y científico Pierre Teilhard de Chardin ya en 1933, en que “la edad de las naciones ha pasado. Si no queremos morir es la hora de sacudir viejos prejuicios y construir la Tierra”. Ella es nuestra única Casa Común, la única que tenemos, como enfatizó el Papa Francisco en su encíclica Sobre el cuidado de la Casa Común. (2015). No tenemos otra.

Estamos oyendo prejuicios extraños a los futuros gobernantes y ministros en el sentido de que la globalización es una trama de los comunistas, para dominar el mundo. Son los que, según Chardin, no se ocupan de construir la Casa Común, sino que se vuelven rehenes de su pequeño y mezquino mundo, del tamaño de sus cabezas, escasas de luz.

Si no consiguen ver la nueva estrella que ha irrumpido, el problema no es de la estrella sino de sus ojos ciegos.

martes, 13 de noviembre de 2018

DERROTA DE LA DEMOCRACIA EN BRASIL, Por Frei Betto


Jair Bolsonaro pensando que va a hacer con la democracia brasileña


En 1933, Adolfo Hitler llegó al poder en Alemania mediante el voto democrático. En 2018 –85 años después de la victoria electoral del líder nazi— el excapitán del Ejército Jair Bolsonaro fue electo presidente de Brasil con 57,5 millones de votos de los 147 millones de electores. Su adversario, el profesor Fernando Haddad, exministro de Educación de los gobiernos del Partido de los Trabajadores y exalcalde de Sao Paulo, mereció 47 millones de votos. Hubo 31,3 millones de abstenciones, 8,6 millones de votos nulos y 2,4 millones de votos en blanco. Por tanto, 89,3 millones de brasileños no votaron por Bolsonaro.

Muchos se preguntan cómo fue posible que después de la Constitución Cuidadana de 1988 y los gobiernos democráticos de Fernando Henrique Cardoso, Lula y Dilma Rousseff, los brasileños eligieran presidente a un diputado federal oscuro y manifiestamente favorable a la tortura y a la eliminación sumaria de prisioneros, un defensor intransigente de la dictadura militar que subyugó al país a lo largo de 21 años (1964-1985).

Nada es casual. Se suman múltiples factores que explican el meteórico ascenso de Bolsonaro. No tengo la pretensión de abarcarlos todos. Me limitaré a expresar mi punto de vista.

La democracia brasileña siempre ha sido frágil. Desde la llegada de los portugueses a nuestras tierras, en 1500, han predominado los gobiernos autocráticos. Fuimos gobernados como colonia por la monarquía lusitana hasta noviembre de 1889, cuando se proclamó la República. Y hasta el año anterior se mantuvo en Brasil el régimen esclavista más prolongado de las tres Américas. Duró 350 años.

Los dos primeros períodos de nuestra República fueron dirigidos por militares. El mariscal Deodoro da Fonseca gobernó de 1889 a 1891, y el general Floriano Peixoto de 1891 a 1894. En la década de 1920, el presidente Artur Bernardes gobernó durante cuatro años (1922-1926) mediante el recurso semidictatorial del Estado de Sitio. Vargas, electo presidente en 1930, se convirtió en dictador siete años después, hasta ser depuesto en 1945.

Desde entonces, Brasil ha conocido breves períodos de democracia. El mariscal Dutra sucedió a Vargas, quien, por el voto directo, regresó a la presidencia de la República en 1950, en la que permaneció hasta que las fuerzas de la derecha lo indujeron al suicidio en 1954. Su vice, Café Filho, y los parlamentarios Carlos Luz y Nereu Ramos, terminaron el mandato, y los sucedió Juscelino Kubitschek, electo en 1955. En 1960, JK invistió a Jânio Quadros, derrocado siete meses después por “fuerzas ocultas”. El poder fue ocupado provisionalmente por una Junta Militar que lo pasó a Ranieri Mazzilli y posteriormente aceptó la toma de posesión de João Goulart (Jango), vice de Jânio, que gobernó solo 7 meses. En abril de 1964 fue depuesto por el golpe militar que implantó una dictadura que se prolongó hasta 1985.

En los últimos 33 años de democracia, un presidente falleció antes de tomar posesión (Tancredo Neves); su vice, José Sarney, asumió la presidencia y llevó al país a la bancarrota; un semidiós, Fernando Collor, fue electo como “cazador de marajás”:[1] dos años y medio después se le sometió a un impeachment por corrupción, y su vice, Itamar Franco, ocupó la presidencia. A este lo sucedieron los dos mandatos presidenciales de Fernando Henrique Cardoso (1995-2003), los dos de Lula (2003-2011) y uno completo de Dilma quien, tras su reelección, fue sometida a un impeachment nítidamente golpista después de un año y 8 meses de gobierno. La sustituyó su vice, Michel Temer, quien le pasará la faja presidencial a Bolsonaro el 1ro de enero de 2019.
Frei Betto



Aciertos y errores del PT

¿Cómo se explica que tras 13 años de gobierno del PT 57 millones de brasileños entre 147 millones de electores, de una población de 208 millones de habitantes, elija presidente a un militar de bajo perfil, diputado federal a lo largo de 28 años (siete mandatos), cuya notoriedad no es resultado de su actividad parlamentaria, sino de su cinismo al alabar a torturadores y lamentar que la dictadura no haya eliminado al menos a 30 mil personas? ¿Cómo entender la victoria de un hombre que en su discurso de campaña en Sao Paulo, transmitido vía Internet, proclamó alto y claro que si resultaba electo sus opositores deberían salir del país o irían a prisión?

No es hora de “hacer leña del árbol caído”. Pero a pesar de los avances sociales promovidos por los gobiernos petistas, como librar de la miseria a 36 millones de brasileños, hay que destacar errores que el PT no ha reconocido públicamente hasta ahora y que, sin embargo, explican su desgaste político. Destaco tres:

1) El involucramiento de algunos de sus líderes en casos comprobados de corrupción sin que la Comisión de Ética del partido haya sancionado a ninguno de ellos (Palocci se retiró del partido antes de que lo expulsaran).

2) El poco caso prestado a la alfabetización política de la población y a los medios de comunicación favorables al gobierno, como radios y televisoras comunitarias y medios alternativos.

3) La no implementación de ninguna reforma estructural a lo largo de sus 13 años de gobierno, excepto la que modificó el régimen de contribución a la seguridad social del funcionariado federal. Hoy, el PT es víctima de la reforma política que no promovió.



Las manifestaciones públicas de junio de 2013 fueron un alerta. La población se sentía acéfala. En las calles había protestas, no propuestas. La multitud no se consideraba representada por ningún partido.

Al año siguiente, Dilma resultó reelecta con un pequeño margen de votos por encima de su adversario, Aécio Neves. El PT no entendió el mensaje de las urnas. Era la hora de asegurar la gobernabilidad mediante el fortalecimiento de los movimientos sociales. Se optó por la vía contraria. Se adoptó la política económica del programa de gobierno de la oposición. El ajuste fiscal dirigido por un economista ultraliberal, Joaquim Levy, profundizó la recesión. El gobierno petista se convirtió en un violinista que agarraba el instrumento con la izquierda y tocaba con la derecha… Desacreditado entre sus bases de apoyo, se abrió el flanco que posibilitó el golpe parlamentario que derrocó a Dilma sin que se produjeran protestas significativas en las calles.

Temer profundizó la crisis: 14 millones de desempleados, crecimiento mínimo del PIB, reforma laboral contraria a los derechos elementales de los trabajadores, 63 mil asesinatos anuales (10% del total mundial), intervención militar en Río de Janeiro para tratar de evitar que el narcotráfico controlara la ciudad. Y la corrupción multiplicándose en la política y entre los políticos, sin exceptuar ni siquiera al presidente de la República, del cual se exhibieron fotos y videos incriminatorios por la TV en horario estelar.

Todo eso contribuyó a profundizar el vacío político. De los partidos con una mayor bancada en el Congreso, solo el PT tenía un líder representativo: Lula. Incluso preso, llegó a merecer el 39% de las intenciones de voto al inicio de la contienda electoral. No obstante, el Poder Judicial confirmó lo que era obvio: fue preso sin pruebas para que quedara excluido de la disputa por la presidencia.

¿Quién podía, entonces, aspirar a la presidencia? Fernando Henrique Cardoso advirtió el vacío. Ninguno de los líderes políticos en boga tenía suficiente peso para llenarlo. Por eso propuso a Luciano Huck, un presentador de televisión. Pero Huck declinó la propuesta. Entonces surgió Bolsonaro.

¿Cómo se explica el ascenso meteórico del candidato de un partido minúsculo, insignificante, que, herido durante la campaña, abandona las calles y no participa en los debates televisivos?

Repito, nada ocurre por casualidad. El capitán recibió el apoyo de tres segmentos importantes de la sociedad brasileña:

1) Primero, del único sector que se dedicó obstinadamente en los últimos 20 años o organizar a los pobres e incidir en su manera de pensar: las Iglesias evangélicas de perfil conservador. El PT debía haber aprendido que nunca tuvo mayor capilaridad nacional que cuando contó con el apoyo de las Comunidades Eclesiales de Base (CEB). Pero las CEB experimentaron un reflujo bajo los pontificados conservadores de Juan Pablo II y Benedicto XVI. Y no se realizó ningún trabajo de base para expandir la capilaridad y la formación de los núcleos del partido, los sindicatos y los movimientos sociales, excepto en movimientos como el MST y el MTST. Mientras tanto, las Iglesias evangélicas pasaron a ocupar el 30% de la programación de la televisión abierta, y a enseñar que “el hermano vota por el hermano”, desplazando los temas sociales y políticos a favor del moralismo individualista. Esas Iglesias han crecido más del 60% en los últimos años. No es casual que Bolsonaro, que era católico, se dejara bautizar en Israel por el pastor Everaldo.

2) Lo apoyó también el segmento de la policía militar, que siente nostalgia de los tiempos de la dictadura militar, cuando gozaba de grandes privilegios, sus crímenes quedaban ocultos gracias a la censura a los medios, y disfrutaba de inmunidad e impunidad totales. Ahora, según la promesa del electo, tendrá licencia para matar.

3) Y lo apoyaron también sectores de la elite brasileña que se quejan de los límites legales que dificultan sus abusos, como el agronegocio y las mineras que codician las reservas indígenas, así como de la protección del medio ambiente, en especial de la Amazonia. Este sector quiere un gobierno dispuesto a ignorar todo lo que tenga que ver con el trabajo esclavo, la protección ambiental, los derechos de indígenas y quilombolas. Y a obtener luz verde para criminalizar a los movimientos sociales que luchan por la tierra y el techo, en defensa de los derechos humanos y contra actitudes discriminatorias como la homofobia.

Existe otro factor que favoreció la elección de Bolsonaro: el poderoso lobby de las redes digitales dirigidas desde los Estados Unidos. Se remitieron directamente millones de mensajes a los 120 millones de brasileños con acceso a Internet, casi todos electores, ya que en Brasil el voto es obligatorio para las personas entre 16 y 70 años de edad.

Bolsonaro supo aprovechar ese nuevo recurso que amenaza seriamente la democracia y que fue empleado con éxito en la elección de Donald Trump en los Estados Unidos y en el referendo que decidió la salida del Reino Unido de la Unión Europea (Brexit). Los tribunales electorales de Brasil no saben, hasta el momento, cómo enfrentar esos ataques cibernéticos.



Desafíos de futuro

¿Y qué hacer ahora? Los movimientos progresistas y lo que resta de izquierda en Brasil con seguridad promoverán marchas, manifestaciones, documentos para los que recabarán firmas, etc., en un esfuerzo por evitar un gobierno fascista. Nada de eso me parece suficiente. Hay que retornar a las bases populares. Como enfatizó Mano Brown en el mitin final de la campaña de Haddad en Río, la izquierda ya no habla el lenguaje de las periferias de las ciudades. Los pobres votaron por el proyecto de los ricos. La izquierda se llena la boca con la palabra “pueblo”, pero no se dispone a “perder” fines de semana para ir a las favelas, a las villas, a la zona rural, a los barrios donde viven los pobres. No se arma con el método de Paulo Freire para organizar, politizar y movilizar al pueblo. No intenta conocer y aplicar la metodología de la educación popular. No reconoce la fe popular como un factor, no solo de alienación, sino también de liberación, en dependencia de cómo se cultive.

He aquí las prioridades de la actual coyuntura brasileña: el PT debe hacer una autocrítica y refundarse; la izquierda debe regresar al trabajo de base; el movimiento progresista debe rediseñar un proyecto de Brasil que dé por resultado un proyecto político viable. En caso contrario, Brasil ingresará por un largo período en la edad de las tinieblas.



Frei Betto es autor, entre otros libros, de Calendario do poder (Rocco).




[1] Marajás se denomina en Brasil a los servidores públicos con salarios escandalosamente altos, y por extensión a quienes gozan de niveles de vida ostentosos-






www.freibetto.org/> twitter:@freibetto.



Traducción de Esther Perez





Copyright 2018 – Frei Betto - 



QUIÉN ES FREI BETTO



El escritor brasileño Frei Betto es un fraile dominico. conocido internacionalmente como teólogo de la liberación. Autor de 60 libros de diversos géneros literarios -novela, ensayo, policíaco, memorias, infantiles y juveniles, y de tema religioso en dos acasiones- en 1985 y en el 2005 fue premiado con el Jabuti, el premio literario más importante del país. En 1986 fue elegido Intelectual del Año por la Unión Brasileña de Escritores. 

Asesor de movimientos sociales, de las Comunidades Eclesiales de Base y el Movimiento de Trabajadores Rurales sin Tierra, participa activamente en la vida política del Brasil en los últimos 50 años.




viernes, 3 de noviembre de 2017

DEPRESIÓN Y RESISTENCIA, Por E. Raúl Zaffaroni

Desde los Comuneros colombianos, Túpac Amaru y los quilombos brasileños, nuestra historia es la de una lucha entre liberación y colonia, como brecha histórica.

Tuvimos momentos de avance: los movimientos populares de diferentes épocas y países, que abrieron y ampliaron el espacio a la ciudadanía real. También hubo retrocesos, porque es historia de lucha y no relato de marcha triunfal, que es como relatan sus historias las sociedades decadentes.

Nuestra lucha como historia está repleta de retrocesos durísimos: el genocidio de nuestros originarios, la guerra al Paraguay, el asesinato de Dorrego y de nuestros caudillos, la rebelión de 1880, la Revolución de 1890, la masacre de Falcón, los asesinatos de la Patagonia, la Semana Trágica, las represiones de 1930 y 1955, el bombardeo a la Plaza de Mayo, los fusilamientos de 1956, los crímenes atroces de la dictadura de 1976-1983, y quedan más en el tintero. Pasar revista a la región sería agotador. Pero nada de eso impidió el avance de nuestra ciudadanía real.

Ahora sufrimos otro momento de retroceso. El Estado de Derecho se derrumba: hay presos políticos (Milagro Sala y sus compañeros); se encubren homicidios (Maldonado); se quieren revisar condenas por crímenes de lesa humanidad; se desconocen decisiones de justicia internacional; se persigue a jueces díscolos; casi se secuestró a un senador para demorar su incorporación al Consejo; se reclaman jueces propios; se acusa de mafiosos a los laboralistas; se estigmatiza al sindicalismo; se propone derogar el derecho laboral; se intentó nombrar ministros de la Corte Suprema por decreto; un sector de jueces se presta a un revanchismo análogo al de 1955; se inventan y clonan procesos; se imponen prisiones preventivas infundadas; se montan shows judiciales; desapareció la imparcialidad en amplios sectores judiciales; se quiso computar doble la prisión preventiva de genocidas que no la habían cumplido nunca; se extorsiona a los gobernadores para manipular al Congreso; se amenaza el sistema previsional; se desfinancian el desarrollo científico y tecnológico y las universidades; se persigue judicialmente a sus rectores; crece la deuda externa a velocidad nunca vista; se vuelve al colonialismo del FMI y, como frutilla del postre se forzó la renuncia de la Procuradora General de la Nación y se amenaza la autonomía del Ministerio Público, con lo que se manipulará selectivamente el ejercicio (y no ejercicio) de las acciones penales.
Es obvio que nos alejamos velozmente del modelo ideal del Estado de Derecho (todos iguales ante la ley) y nos acercamos al del Estado de policía (todos sometidos al que manda).

Esta regresión responde al marco mundial de pulsiones del totalitarismo corporativo, dominante en los Estados-sede, en que el lugar de los políticos lo ocupan los autócratas de las transnacionales. En los periféricos debilita la soberanía y fortalece la represión, porque la soberanía es de los pueblos y la represión es contra los pueblos, lo que empalma con su proyecto de 30% de inclusión y 70% de exclusión, racionalizado con la ideología única de idolatría del mercado, que exige libertad para personas jurídicas y represión para las humanas, usurpando el nombre de liberalismo (nunca mejor acompañado por el neo), con el que domina las academias y se vulgariza a través de los monopolios mediáticos. Todo esto, sin contar con las noticias falsas, los mensajes emocionales, la manipulación digital de conducta y los big data, con sus millones de dobles del consumidor, del peligroso y también del votante.

La pulsión totalitaria corporativa mundial trata de generar sensación de impotencia, mostrándose eterna y omnipotente. Se trata de otra fake new (así se llaman las mentiras del Tea Party), porque no hay poder que no pase y que no tenga fisuras ni contradicciones. La impotencia genera depresión y, como es obvio, el deprimido no puede oponer resistencia (aunque puede volverse loco, matar y suicidarse).

Para provocar depresión es necesario ocultar la historia, otrora con el relato mitrista, ahora menos intelectualmente (acorde a la decadencia de nuestras minorías), tapándola con globos amarillos y shows televisivos.

Desde la aporía agustiniana el tiempo es un problema, dado que el presente es una línea móvil entre dos cosas que no son: el pasado porque ya fue y el futuro porque aún no es. Pero lo cierto es que sin conocer lo que ya no es, tampoco podemos proyectar lo que aún no es. La fijación en la línea del presente sin percibir su movilidad es lo que causa la sensación de impotencia y la consiguiente depresión, porque al ignorar las otras dimensiones se obtiene una falsa visión estática de un mal momento histórico.

Todo poder autoritario o totalitario acude a la táctica de incapacitar para la resistencia ocultando la historia para provocar depresión, porque fuera del contexto de lucha no se comprende que ese también es nuestro futuro, dado que el colonialismo continuará –aunque cambie de careta– y no parece cercano el momento en que no haya hegemonías mundiales que nos quieran colonizar.

Además, sin ese contexto, tampoco es posible ponderar el balance positivo de la lucha de nuestra historia periférica, que es nada menos que nuestro ser, que aquí estamos, argentinos y latinoamericanos, y no sólo estamos, sino que también llegamos a ser y somos, que es lo más importante: avanzamos, resistimos y no han podido impedir que seamos y sigamos siendo.

Nuestros próceres no estaban angustiados –como se ha pretendido–, al menos no por separarse de un absolutismo monárquico. Tampoco San Martín se deprimió por Cancha Rayada ni Bolívar aflojó pese a sus reiterados fracasos. No debemos estarlo nosotros, aunque hoy la lucha contra la colonia no consista en cruzar los Andes a caballo.

Nuestra historia continúa conforme a su esencia de historia de lucha anticolonialista y desde el pasado nuestros próceres nos exigen seguir sus ideales liberadores, reafirmando hoy que, argentinos y latinoamericanos, aquí estamos y aquí somos, nunca nos fuimos, no nos iremos ni dejaremos de ser: estamos, somos y seguiremos estando y siendo y, por supuesto, en la buena empujando y en la mala resistiendo, sin deprimirnos.



* Profesor Emérito de la Universidad de Buenos Aires.