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jueves, 7 de marzo de 2019

INVENTAMOS O ERRAMOS, Por María Pía López-

#8M #HUELGAFEMINISTA | ¿Cómo se construye un sujeto político autónomo, capaz de expandir los horizontes de lo posible, de poner en juego la imaginación, de tramar formas organizativas? La pregunta interpela cuando la huelga internacional feminista ya entra en tiempo de descuento, de cara a la última asamblea de preparación de ese paro que más allá de sus formas sindicales será bloqueo de calles, será también otras preguntas abiertas: sobre la agenda feminista, sobre las demandas históricas, sobre la radicalidad que no puede arrebatar la disputa electoral.

El año viene difícil. Nuestros cuerpos en tensión. Cada quien lo murmura. O lo grita. La crueldad crece. Aumenta el rosario de las asesinadas. Pibas violadas y obligadas a parir. La expropiación de nuestras riquezas adquiere un ritmo frenético. Insomne, no cesa ni para descansar. Es tarifas dolarizadas, trabajos precarizados, jubilaciones pisoteadas, ministerios cerrados. El año viene difícil. Si en diciembre de 2017 las calles contra la reforma previsional parecían augurar un temblor combativo, el año siguiente mucho de eso se planchó, entre el cansancio, la amenaza represiva y la dificultad de producir efectos con las estrategias habituales de protestar. La voluntad de pelea se dirige menos hacia arriba, confrontación con el poder, y se expande como disputa entre pares, en los barrios, entre las militancias, en las organizaciones, entre laburantes, en la ciudad, entre vecinxs, en las asambleas, en las reuniones. El paro feminista puede ser afirmación, como otros años, de confluencia en una pelea común y no disgregación y disputa. 


Las elecciones presidenciales sitúan un horizonte de posible interrupción del mal gobierno y construyen una tensa espera del momento. La política transcurre en múltiples planos, y esos planos se solapan, superponen, chirrían. La conflictividad callejera y las urnas no son lo mismo. No tienen la misma temporalidad ni lógica. Las calles no producen gobierno pero sí agenda y fuerza social para sostenerla. Confundir uno y otro debilita a ambos. La conflictividad callejera no es una preparación para el momento electoral, ni creación de climas, ni construcción de figuras reconocibles que luego cosecharán en votos su prestigio público. Es algo de todo eso, pero si fuera sólo eso su calendario sería vicario y la fuerza amasada una escena al servicio de algo más relevante. La movilización conflictiva tiene un plus que permite exponer los antagonismos y las querellas y sobre la base de esos antagonismos un gobierno puede distanciarse del respeto prudente de los dominios sociales.


El año viene difícil. Lo será más si diluimos o menoscabamos la fuerza que componemos, si el sujeto político que venimos amasando se empequeñece, se fractura, se desgarra. Si las asambleas no son el terreno, amable pero lodoso, en el que construimos algo nuevo –una conjunción inesperada– sino el escenario de repetición de coreografías y discursos, confrontación entre identidades que conocen de memoria sus diferencias y van ahí para arrojarlas al rostro ajeno. Una asamblea tiene mucho de esa lidia reiterada, pero también aloja –con distintos modos de hospitalidad– el grito angustiado de quien va a denunciar el acoso laboral y sexual, la persecusión y el daño. Una narración sobre lo vivido subyace y aparece por momentos y le da sentido al ágora semanal. 


Difícil es construir lo nuevo. Pero es mejor asumir esa dificultad, que nos obliga a reconocer la rugosidad de problemas, obstáculos, cegueras, que renunciar a hacerlo para mantener la pureza que cada quien se atribuye, como si tal pureza existiera más allá de la imaginación. Se puede renunciar haciendo los ademanes de la persistencia: basta con mantener lo previo incólume, volver la afirmación monólogo y la soledad confirmación de la verdad. Todo eso sería renunciar a la pregunta última de cómo construimos un sujeto político autónomo, capaz de expandir los horizontes de lo posible, de poner en juego la imaginación, de tramar formas organizativas. Un sujeto que contribuya a derrotar al neoliberalismo en las urnas pero también en la construcción de otra gobernabilidad. Capaz de plantear problemas y disidencias a cualquier gobierno, porque también un gobierno que interrumpa la crueldad neoliberal necesita las alertas y las demandas surgidas de la movilización social. En el peor y en el mejor de los escenarios electorales, los feminismos callejeros y asamblearios tienen mucho por hacer. 


En estos años supimos forjar una transversalidad inédita, que permitía no desconocer las heterogeneidades ni los conflictos sino convertirlos en insumos, combustible, amplitud. No diría pluralista, porque no se trata de la tolerancia complaciente con las diferencias surgida de algún manual de etiqueta liberal. Va más allá de eso, algo que parte de la intuición de que la heterogeneidad permite y abarca más, multiplica las perspectivas, las corporalidades, las vivencias, los afectos. Que un sujeto político es más potente en tanto sea más capaz de ser afectado, y que eso implica la coexistencia de lo múltiple y no el soliloquio de lo uno. Transversalidad es el nombre político del reconocimiento de una realidad plural, que desmerece su propia potencia cuando es encerrada en moldes o etiquetas, sumergida en el ácido sulfúrico de lo regimentado. Los feminismos saben que hay muchos casilleros que nos esperan y que esos casilleros no son amables, aunque a veces prometen confort –¿el de la servidumbre voluntaria, quizás?–, la calma chicha del entre nos o la confianza de lo muy parecido. 


Nuestra fuerza es la heterogeneidad. La capacidad de tejer diferencias. No la ensoñación de lo idéntico. Nuestra fuerza es la capacidad de persistir en pulir la autonomía del momento asambleario y callejero, estemos donde estemos en el momento de las urnas. Nuestra fuerza es la que surge de la capacidad de parar y de narrar por qué paramos, para hacer del acontecer de la lucha una instancia de contagio, pedagogía, multiplicación. La calle enseña. Nos enseña, nos conmueve. Queremos el contagio. Lo buscamos. Lo conventilleamos. Nuestra fuerza expansiva surge de los cuerpos reunidos. Limarla o acotarla nos debilita. A cada una al interior de sus organizaciones, a cada quien en la mesa de las alianzas, en cada sindicato y en cada partido. La capacidad de poner agenda, problemas, prácticas, creaciones, por el contrario, nos permite afirmarnos en cada espacio. Un gran paro, el 8M, no es capitalizable por uno u otro sector, por una u otra lista electoral. Es de todes y para todes, tejidito que si tironeamos rompemos y que si seguimos hilando abriga nuestras rebeldías.


No venimos a encarnar una contradicción secundaria, que deberá ser considerada cuando las cuestiones relevantes sean resueltas. No son las cuestiones menores que una agenda de clase debe postergar, no son las pequeñeces cotidianas que hay que esconder bajo la alfombra para conformar alianzas amplias. No. Por el contrario, son el lugar donde se macera la crítica más acabada y material respecto de un orden social que chorrea inequidad. Porque cuando decimos que nuestras vidas valen y nuestros cuerpos no son objetos a poseer, situamos ese grito en la trama de una rebelión contra todas las opresiones y violencias. ¿Cómo alguien que no puede comprender el grito de hartazgo que compartimos ante la violentación de nuestros cuerpos, podría entender y hacerse cargo de los cuerpos de los excluidos del neoliberalismo? La negación de nuestra autonomía a la hora de decidir si maternar o no, si abortar o no, ¿no implica una idea de vida aplanada a la biología y limitada a la supervivencia, que piensa lo popular no como fuerza creadora sino como objeto de asistencia? El año viene difícil y no pocos nos reclaman como víctimas. Incluso para cuidarnos. Nos sacudimos: los feminismos que amasamos, entre gritos, peleas y abrazos, roscas e imaginaciones, nos alejan de ese ser víctimas para pensarnos en nuestra capacidad de hacer. 


Un año difícil: de distintos modos se nos pide volver al redil. Desde la guerra declarada de los fundamentalismos hasta la traducción de la agenda feminista como parte de la gobernabilidad neoliberal; desde el intento de aislar y convertir a los núcleos más activos en patrullas perdidas, alejadas de las militancias en organizaciones mixtas, hasta la incorporación de nombres a los frentes políticos sin tomar las agendas. No volver al redil implica sostener que en la experiencia y producción de los feminismos populares se ponen en juego ideas sobre la vida, el deseo y la sociedad futura que son fundamentales para intervenir en la coyuntura. A las derechas no se les gana con una versión más desvaída de su programa o con modos más amables, sino con respuestas nuevas a los problemas a las que ellas dan respuestas erróneas o asesinas. Se trata de construir otros modos de vida. En los días previos al paro, el acampe dibujará un modo feminista de ocupar la ciudad y de hacerla vivible, construir hospitalidad callejera y amparo común. En eso estamos: inventamos o erramos.

viernes, 23 de noviembre de 2018

TIEMPO Y DINERO, Por María Pía López


Una ex presidenta muestra la casa que fue allanada. Agujerearon, rompieron paredes. Se llevaron objetos. No encontraron nada. Ni el hueco que buscaban. Salpicaron de pozos la Patagonia. Ni el viento detuvo las palas mecánicas. Las máquinas añoraban el pozo propicio, la caja fuerte enterrada, el container pródigo. El juez y la ministra y el fiscal que imaginaron esas escenas sabían que no habría nada. Sólo tenían que poner en escena que estaban convencidos de que sí lo había. Su presunta convicción llama a la de los espectadores furibundos, a los que gritan se robaron todo. Cómo no creerlo si un juez y un fiscal y una ministra rompen casas y perforan amplios territorios para encontrar esa plata. Que no la encuentren solo confirma que en algún (otro) lado el dinero está. Fuerza mágica de la imagen, que se impregna en la retina. Es tan poderoso el convencimiento de la búsqueda que vuelve verdadero su objeto. 

El gobierno aprendió algo y es que las narrativas más simples pueden ser las más eficaces. Que si es arduo comprender la lógica de las operaciones financieras, las lebacs y las offshore, no lo es imaginar bolsas de dólares que se entierran en bóvedas y se revolean en conventos. La temporalidad argentina hoy es la de la corrida. Se fugan capitales, se devalúa la moneda nacional, se escurren los salarios por la alcantarilla inflacionaria, crece el riesgo país. El dinero se licúa. Líquido, derramado, se nos escurre de las manos. O se aleja y nos desposee. La experiencia vital se convierte en esa pelea contra la corrida, o en el jadeo de quien también corre para salvar algo o para salvarse. Respiración jadeante, decía David Viñas, para pensar la novela La Bolsa, sobre otra crisis. Correr, jadear, licuar. Verbos también de nuestra época. Pero no la de los operadores de bolsa, los yuppies que supimos novedad en los noventa. La respiración agitada de las y los laburantes que tienen que parar la olla. Jadeo del vendedor ambulante y de la artista callejera, del fabriquero que corre para llegar a tiempo y no perder el presentismo y de la cajera del super que tiene que evitar que se amontone gente en la cola, pero también de la muchachada de call center y de las maestras desveladas ante el hambre de los pibes. 

El tiempo es el de la corrida y a la vez de la inminencia. Una nube de angustia ocupa el cielo de nuestras ciudades. Eso decía Erdosain, en Los siete locos. Mientras imaginaba una conspiración para hacer algo con esa tristeza tan honda. La de las vidas devaluadas. Uf, de nuevo la economía, cuando quiero hablar de literatura. Corrida y devaluación. Las vidas se licúan. Frente a eso, la materialidad del dinero, que jamás fue material. Por definición, el dinero es una operación, una equivalencia, un signo, un reconocimiento de valor. Más allá del papel. Sin embargo, la temporalidad de la corrida en Argentina lo exige material. Es ir a los bancos a buscar billetes ahí donde hay un número en una cuenta, un saldo. Es invertir en ladrillos, tan contundentes, en vez de plazos fijos. Si esa es la imaginación que brota en el mundo popular ante las crisis (el colchón, la cajita, el terreno), cómo no va a funcionar la idea de que Cristina escondió la plata (nombrada, además, como “un pbi entero”) en un lugar físico. En una casa o en un campo. A la realidad de la corrida se le contrapone el imaginado dinero. Ella lo sabe, por eso muestra la casa. Muestra que no hay bóveda. Muestra que no hay nada tras los escalones. Descubre que la eficacia del relato sobre la presunta corrupción proviene de esos trastos imaginarios, de esos restos literarios y fílmicos, de los tesoros escondidos, de las fábulas infantiles. A más temporalidad de la corrida, más anhelo de existencia física del dinero y más ensueño de que ese dinero que nos falta está en otro lado, escondido, guardado, abovedado.

No alcanza con criticar la falsedad de las denuncias, porque la verosimilitud se asienta en otro lado, en el punto sensible de las creencias: ¿por qué no creer lo que necesito creer para que el mundo parezca más comprensible? ¿Por qué no aceptar el relato que dice que la plata que no está en mis manos, está en otras y debe ser recuperada? ¿Por qué no atenuar mi desdicha con el sufrimiento de otros, convertidos en objeto de linchamiento resentido? La venganza compensa la vivencia de un despojo cotidiano. Todo eso saben el juez farsante, la ministra de las balas y el fiscal de los pozos, y por eso rubrican el proceso. El relato se expande en medios y voceros, que van arrimando maderitas a la hoguera, como ya hicieron con Milagro. Milagro está presa y antes contra ella se montó una denuncia periodística. En el mismo programa que corrió por primera vez el dibujo o la maqueta de una bóveda en la cual Cristina guardaría sus dineros. La operación es clara y la ostensible falsedad de su puesta en escena no es más que lo que garantiza su credibilidad. Y lo que nos vuelve incapaces, incluso, de criticarla. Porque esquiva la razón crítica, nos ata de manos, nos enloquece. Nos obliga a inventar algo que aún no está inventado. Otro tiempo. Otra temporalidad. Estamos urgidos, pero no debe ser a las corridas. El tiempo, como canta Fernando Cabrera, está después.