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viernes, 7 de junio de 2019

EN TORNO A LA CUESTIÓN DE SI EL CAPITALISMO SE CONVIERTE EN EL AIRE QUE RESPIRAMOS, Por Diego Fusaro

Diego Fusaro
El fanatismo de la economía que lo domina todo se ha convertido en una ideología invisible que tiene un estatus similar al del agua para peces.

Hay una anécdota sobre dos peces nadando juntos. Uno pregunta a al otro: "¿Cómo te gusta el agua hoy?" Y el otro contesta: "¿Agua? ¿Qué es eso?" Las anécdotas pueden, con razón, ser utilizadas para dar cuenta de ese dispositivo específico llamado "ideología", la necesaria falsa conciencia por medio de la cual aquello que es histórico y social nos parece natural, fisiológico, como el aire que respiramos o, en este caso, como el agua en la que nadamos.

De hecho, si en la actualidad la configuración del reino animal capitalista del espíritu parece poder ser descrita como "líquida" (Bauman) y no coercitiva, esto sucede en virtud de que el Nomos de la economía es cada vez más parecido al agua, resultando ser incoloros y sin forma.

Al margen de metáforas, se muestra como neutral desde el punto de vista de los valores y, por tanto, como un medio natural -ni criticable ni susceptible de ser trascendido- para habitar el espacio del mundo; y, al mismo tiempo, asume, según la prerrogativa fundamental de los líquidos, la forma de aquello con lo que entra en contacto, adaptándose a la realidad circundante en el mismo acto con el que la coloniza con la lógica reificante de la valorización y de su infinito amor.

Además, el fanatismo de la economía que domina todo el horizonte se convierte en una ideología invisible y natural que presenta un estatus similar al del agua para los peces: según Aristóteles, "como los animales que viven en el agua no se dan cuenta de que es un cuerpo húmedo que toca un cuerpo húmedo" (De anima, 423 a 31 - 423 b 1), de la misma manera hoy en día, nosotros, servidores inconscientes del mercado global, no nos damos cuenta del factor naturalizador de la ideología que lo impregna todo. Vivimos en la "jaula de acero" (Weber) sin saberlo, pensando en cambio que ella coincide con la libertad plenamente desplegada.

El mundo capilar de hoy, impregnado por la forma de los bienes, no pretende ser perfecto. Simplemente niega la existencia de alternativas, convenciendo a las mentes no de sus propias cualidades, sino de su propio carácter fatal, intratable y de destino.

Además, el reino animal del espíritu de hoy profesa abiertamente su carácter imperfecto y, al mismo tiempo, niega en su raíz la posibilidad de perseguir la perfección, es decir, de buscar formas alternativas de vivir en el espacio social que no son las del horizonte único de la forma mercantil y de la cosificación que produce a escala planetaria. Nos pone a todos en la condición de los peces antes mencionados, que ya no perdieron la capacidad de detectar la existencia del mundo en el que se encuentra.

Traducción: Carlos X. Blanco.











martes, 21 de mayo de 2019

SÓLO AQUELLOS QUE TIENEN UNA FUERTE IDENTIDAD PUEDEN REALMENTE RESPETAR A LOS DEMÁS, PERO EL CAPITALISMO QUIERE QUE SEAMOS DÉBILES, Por Diego Fusaro

Diego Fusaro


Traducción para Rebelión de Carlos X. Blanco

Lo he dicho y lo repito: sólo con una identidad fuerte es posible respetar las identidades de los demás. Más aún, sólo con ella es posible dialogar con otros. La globalización capitalista está, por el contrario, generando la flexibilidad de las identidades. Produce individualidades débiles e inseguras, sumisas y dóciles, fácilmente homologables a los cambios telúricos de los mercados. La adaptabilidad individual a las presiones sobre la estabilidad de los procesos de producción y circulación se convierte, entonces, en el horizonte de significado del pensamiento y la acción. Los popes del discurso multicultural de la monocultura del capitalismo absoluto convencen de ello a la plebe en la fase de empobrecimiento material y postmodernización inmaterial, les hablan del carácter progresivo del abandono de toda identidad. Lo hacen para favorecer la subsunción integral bajo el nuevo orden globalista sin fronteras.

La neutralización de identidades sólidas y posiblemente resistentes es, por tanto, el nivel ideal indiferenciado para la génesis del nuevo supermercado de identidades, dentro de cuyos perímetros cada individuo, privado de su propio perfil identitario, puede asumir sin oposición aquello que el sistema publicitario, dependiendo de las ofertas del momento, le aconseja. Le induce a adaptarse camaleónicamente a los "desafíos" de la globalización en calidad de "ciudadano del mundo", como se llama ahora al nuevo apátrida deslocalizado y con arraigo territorial prohibido. La centrifugación consumista de las identidades colectivas se realiza en la homogeneización de las multitudes abstractas, sin identidad y sin patria, sin raíces y sin conciencia, identidades reducidas a cachivaches [gadgets] y cosas "pintorescas".

En el tiempo éste de las identidades deconstruídas y de las vidas por fragmentos, la misma biografía individual se redefine como un conjunto de múltiples trayectorias, que se despliegan entre trayectorias biográficas interdependientes entre sí, tachonadas de transiciones que marcan discontinuidades más o menos profundas, de rupturas y remodelaciones que, para poder tener lugar, necesitan quedar descargadas de cualquier identidad previa sólida y estable.

El resultado son verdaderas biografías patchwork [mosaico, amalgama], tal como las han definido los sociólogos, que obligan al sujeto a desprenderse de toda identidad estable y de todo proyecto a largo plazo, haciendo de su propia narrativa biográfica el equivalente al lienzo de Penélope: ininterrumpidamente tejido, deshecho y retejido en la narrativa subjetiva y en la práctica objetiva, el "lienzo de la identidad" del hombre de la post-identidad está, como su misma existencia objetiva, sujeto a una estabilización aplazada sine die. La ontología social del sujeto se desintegra - "deconstruida", diría Derrida - y, con ella, su posibilidad de ser una unidad discreta y coherente.