miércoles, 22 de abril de 2020

EL BAR, Por Claudio Javier Castelli(") para Vagos y Derecho





La fecha pone un principio de realidad
a la noche que se desliza con gracilidad.

Entonces esos países y serena
como todas las madreselvas
se escabullían
como un horizonte
maligno y valeroso.

Alguien tocaba un piano
en medio de aquella soledad.

¿Quién tendrá los pasos para volver a
 tus pies que señalaban el amanecer?

Algo de todo eso que sentimos
tendrá aquella noche
cuando resplandecía tu pareja
 y una pizca del brillo de los zócalos
ha de venir a saludarme.

No hay pasión ni desdicha
Ni “invisibles aves muertas”;
te vas del cuchillo de tu pollera

nosotros los que estamos
acodados a las mesas
nos refugiamos
en la desazón
que dejan las cosas
cuando nadie las ve.-

Abril de 2020.-




(“) Nacido en La Paz, Entre Ríos, el 16 de Diciembre de 1957, abogado penalista (UBA), maestrando de filosofía del derecho (UBA), periodista egresado de la Escuela de Periodistas del Círculo de la Prensa, ex docente del Departamento de Derecho Penal y Procesal de la Facultad de Derecho de la UBA, ex docente de Introducción a la Sociedad y el Estado materia obligatoria del CBC. Miembro fundador del INECIP (Instituto de Estudios Comparados en Ciencias Penales y Sociales), miembro de la Comisión Directiva del CIPCE (Centro de Investigación y Prevención de la Criminalidad Económica) y colaborador desde su fundación en 2003 del CEPPAS (Centro de Políticas Públicas para el Socialismo). Ex miembro de la Justicia Nacional en lo Criminal y Correccional de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, ex Asesor Jurídico del CAEP (Centro de asuntos y estudios Penales del Banco Central República Argentina), ex Asesor Jurídico de la Superintendencia de Seguros de la Nación, ex Asesor Jurídico en la Unidad de Información Financiera, ex Asesor de la Biblioteca Doctor Raymundo Miguel Salvat, actualmente es Director de Litigios Penales de la Unidad de Información Financiera. En toda esa actuación laboral desempeñó y desempeña su profesión en el área criminal económica, criminal financiera. Ha publicado numerosos artículos de derecho Penal, Filosofía, Política, Literatura y Poesía, en libros y revistas, así como en los dos blog de los cuales es editor: vagosyvagasperonistas.blogspot.com y vagosyderecho.blogspot.com . Concurrió durante varios años al Taller de Escritura de Hugo Correa Luna, posteriormente del poeta Enrique Blanchard, y finalmente de los poetas Daniel García Helder y Arturo Carrera. -Libros: -"Todo y Nada”, Ediciones de la Cantiga, 1990, Bs. As. -"LLueve en las raíces. Trilogía poética de fin de siglo”, Ediciones del Jinete Insomne, Bs. As, 2018. Actualmente es Coordinador de la Agrupación Vagos y Vagas Peronistas.-

sábado, 18 de abril de 2020

Invocación finisecular de Lady Nightingale* Por Susana PEÑALVA** para Vagos y Derecho

Florence Nightingale (1820-1910)



Oh la dulce genciana de la noche.
Georg Trakl***



Cien cortinas de niebla se descorren

mil cristales de sal se desintegran

en la antesala del desierto níveo

en que sutiles seres se desvelan

por capturar el instante infinito

que sólo filtra su reloj de arena...

del paraíso terrenal esquivo/

de la belleza herida « por los siglos »/

del absoluto que les fue negado/

del tiempo y el lugar desvanecidos.

En la aurora abismal en que la luna

vista de nuevo el traje de heroína

y arda otra vez en pos de su quimera,

alguien ha de encarnar la hechicería…

y la alquimista de aura redentora

que al ocaso encendió su última vela

podrá inscribir en paz en el poema:

« Cuídate del temblor...

Ha muerto Florence ».




mayo de 1993 – 7 de abril de 2020



* Florence Nightingale (Florencia, 1820 - Londres, 1910). Enfermera británica, figura legendaria forjada en la atención y los cuidados que prodigó a los soldados heridos durante la guerra de Crimea (1854-1856); fue pionera de la formación profesional para la enfermería moderna y de la utilización de las estadísticas en el campo de la salud. 

** Susana Peñalva es doctora en Sociología por la Université Paris VIII, investigadora y traductora; autora de numerosos artículos de ciencias sociales, y de diversos poemarios inéditos en español y en francés –entre los cuales Postales de un país remoto: la patria prometida, al que pertenece este poema. 

*** « Canción de Occidente » (diciembre de 1913), Sébastien en rêve.

lunes, 6 de abril de 2020

EL RÉGIMEN CONSERVADOR DE MACRI Y LA CORTE SUPREMA, Por Gabriel Macaggi(") para Vagos y Derecho




3° Foro Instituciones de la Democracia vs Neoliberalismo 

El Nuevo Código Civil y Comercial: EL RÉGIMEN 

CONSERVADOR DE MACRI Y LA CORTE SUPREMA 

(y algo menos sobre los fallos “FONTEVECCHIA”, “CEPIS”, “ABARCA” y “FERNÁNDEZ”). 



(Ponencia presentada en UNSAM-IDAES el 30 de mayo de 2017) 

Por Gabriel Macaggi (*) 



Lo primero que quisiera destacar es que -esta iniciativa de dictar un nuevo Código Civil y Comercial- aparece durante el desarrollo de un proceso histórico (digamos, desde el año 2000, hasta ese momento en que se comenzó a trabajar la propuesta, que era el 2011/12) en el que varios países de América Latina -entre ellos la Argentina- resuelven tomar un rumbo diferente al, reiteradamente fracasado, fundamentalismo neoliberal que se había radicalizado en los años ‘90. Hoy, como sabemos, este rumbo se ha desviado. 

No voy a hacer referencia aquí a los rasgos progresivos que posee este flamante código. Están claros los avances en materia de “matrimonio”, “adopción”, la “unión convivencial” (que antes se llamaba concubinato), “divorcio”, las técnicas de reproducción humana asistida, (inseminación artificial o la fecundación in vitro), la "responsabilidad parental" (se terminó con el viejo régimen de la “patria potestad”), los derechos a la dignidad e intimidad, honor e imagen, entre otros. Sólo sugeriré algunas causas de por qué no se avanzó más en otros temas, algunas de sus consecuencias y lo relacionaré con el desempeño de la Corte Suprema de Justicia a partir de 2016. 

Como se sabe, el NEOLIBERALISMO es un proceso de aniquilamiento progresivo de derechos sociales (me refiero a los derechos laborales, salud, vivienda, agua potable, etc.), individuales (como encarcelamientos arbitrarios y ausencia de garantías), y democráticos, (represión a la movilización social, restricción a la participación, etc.) y ambientales. Ocurrió con dictaduras y reapareció con regímenes democráticos. En este último caso, algunos politólogos, observando que las elecciones periódicas seguían sucediendo con relativa “normalidad”, pero alarmados por la restricción creciente de derechos sociales e individuales, la concentración de la riqueza, el casi nulo respeto por las instituciones demoliberales, la impunidad de los poderosos y la falta de participación de la sociedad, han resuelto denominar a estos sistemas políticos como “democracias delegativas” o de “baja intensidad”. 

En los países subdesarrollados como el nuestro, el neoliberalismo, implica -en el largo o mediano plazo- un proceso necesariamente violento, tanto en acto o como en potencia; así, el sistema económico adquiere un carácter concentrado y “primarizado” (se abandonan los procesos industriales –que son los únicos que multiplican empleo- y se especializa al país en materias primas), se promueven las actividades financieras, los sectores altos tributan muy poco en relación a sus pares de los países desarrollados (desfinanciando el Estado), generando todo esto una distribución regresiva del ingreso, con escaso empleo y de baja calidad, creando –a su vez- una enorme masa de marginados. La sociedad se fragmenta y sus integrantes se “individualizan”, y en paralelo, el Estado –cada vez más antidemocrático y más ausente en temas como salud o educación pública- se hace más activo en la represión; se sobreactúa la política de “seguridad”, la lucha contra las “mafias”, el narcotráfico o el terrorismo, imponiendo a los más desventajados un sistema de violencia simbólica, al crear un escenario virtual de individuos que -se sugiere- deben competir entre sí de manera despiadada. Los ganadores de la nueva “meritocracia” (esto es, el poder de los “exitosos” que han hecho más esfuerzo, liquidando a sus competidores), se salvan y de esta manera quienes viven una situación económica miserable deben aceptarla, ya no como castigo divino como en tiempos antiguos, sino porque eso significa que no han hecho mérito suficiente para progresar en sus vidas. Por supuesto que esto es una síntesis incompleta y estoy dejando de lado la hecatombe ambiental y otros temas materiales y simbólicos no menores. 

Ese proceso de desmonte y desarticulación de derechos individuales, sociales y democráticos se inicia en Argentina y Chile en los años ‘70 en plena dictadura de Pinochet y de Videla. En Estados Unidos, con el gobierno de Reagan, en Inglaterra con el régimen de Thatcher. Por supuesto, también se profundiza -y recicla periódicamente- en la América Latina ya democratizada de los ‘90, en México, Brasil, Ecuador, Perú y otras naciones. 

En este escenario que, como no podía ser de otra manera, fue catastrófico para América Latina, aparece el protagonismo de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (en adelante, CorteIDH), que surge de la Convención Americana sobre Derechos Humanos de 1969, conocida como Pacto de San José de Costa Rica (en adelante, “Pacto”). 

La CorteIDH fue desarrollando una jurisprudencia (es decir, sus fallos) y una doctrina progresiva en materia de derechos sociales, individuales, civiles y democráticos. Tan democrática y tan progresiva es esta jurisprudencia que EE.UU. se cuidó de no ratificar jamás este Pacto y por tanto no debe responder a demandas ante la Corte Interamericana como lo hacen los Estados latinoamericanos 

Es que el “Sistema Interamericano de Derechos Humanos” del Pacto estaba funcionando demasiado bien como para que los gobiernos conservadores toleren ese control o monitoreo, por eso Argentina acaba de salir (de hecho) del Pacto de San José de Costa Rica con el último fallo de la Corte Suprema: el vergonzoso fallo “Fontevecchia” que estableció que las decisiones de la Corte Interamericana no eran obligatorios para el Estado argentino, a pesar de las disposiciones expresas que dicen todo lo contrario en la Convención Americana y del Derecho Internacional que dispone que los Tratados están para cumplirse (como dijo un prestigioso jurista luego de esa sentencia: la nueva mayoría de la Corte cree no ser parte del Estado ni se siente obligada a cumplir con los compromisos internacionales asumidos por la Argentina). 

Claramente, este tipo de compromisos internacionales es fuente de preocupación para el gobierno conservador de PRO-UCR-CC. Por eso, una de las primeras cosas que hizo el juez ultraconservador –y abogado de grandes empresas- Carlos Rosenkrantz, fue proponer un fallo que desconociera lo ordenado por la Corte Interamericana. Inclusive, jueces que antes habían escrito y firmado que los fallos de la CorteIDH eran obligatorios -como Ricardo Lorenzetti y Elena Highton de Nolasco- aceptaron sin chistar la nueva doctrina del fallo “Fontevecchia”, con la única disidencia de Juan Carlos Maqueda, que optó por mantener la coherencia con sus fallos anteriores. 

En realidad, si uno seguía los artículos y la trayectoria de Carlos Rosenkrantz, previos a su designación, se podían observar 3 obsesiones (aparte de los buenos negocios): el derecho laboral, los juicios por crímenes de lesa humanidad y la actividad de la Corte Interamericana (sobre todo, en materia de garantías individuales y derechos sociales). En los tres casos trabajó denodadamente desde el primer día de su ingreso a la Corte. Y durante el primer año pudo formar y negociar distintas mayorías para limitar los derechos laborales, desconocer a la Corte Interamericana y crear un camino para terminar con los Juicios por Crímenes de Lesa Humanidad (es el caso del malogrado fallo “Muiña” que otorgó el beneficio del 2 x 1 para genocidas). Por otro lado, resulta increíble que conociendo el perfil doctrinario retrógrado de Rosenkrantz, algunos juristas autodenominados “progresistas” y “deliberativistas”, hayan apoyado públicamente su postulación. Sobre este último tema me detengo aquí, por razones de espacio y de mi propia salud. 

Pero volvamos al Pacto. 

La Convención Americana sobre DDHH de 1969, es un ejemplo de cómo el sistema legal e institucional, respetuoso de los derechos democráticos, sociales e individuales, no sólo debe pensarse para su desarrollo progresivo bajo la gestión de gobiernos populares, sino, también, para cuando ocurre la desgracia –como el caso argentino en 2015- de que un sector de la sociedad elija (con mayor o menor conciencia de lo que hizo, no importa ahora eso), un proyecto político reaccionario que implique graves retrocesos en materia de derechos sociales, individuales y democráticos. En este caso los derechos perfectamente legislados y redactados se constituyen como “cartas de triunfo”, como decía el filósofo norteamericano Ronald Dworkin o como “diques de contención” ante ofensivas conservadoras, que tienen como objetivo –precisamente- debilitar la vigencia de los derechos sociales, democráticos e individuales y desconocer, por tanto, el orden constitucional y los pactos internacionales vigentes. El Pacto de San José de Costa Rica es uno de esos diques institucionales que opera no sólo contra gobiernos autoritarios sino, aun, cuando una sociedad –o una parte de ella- resuelven iniciar un camino civilizatorio regresivo. Como razona el jurista Luigi Ferrajoli, una declaración de derechos establecidos en un Tratado Internacional de Derechos Humanos es un sistema que está por encima, no sólo del Estado/Nación sino –inclusive- de la misma voluntad popular. 

Se sabe que faltaron, o fallaron, temas en el nuevo Código Civil y Comercial. Entre otros temas, y en lo referido al derecho civil, resulta lamentable que se haya reducido el llamado “camino de sirga” o el espacio público que se debe dejar desde la orilla del río o mar (fue limitado de 35 que existía en el viejo código a 15 metros). Es triste, también, la ambigüedad o escasa referencia de temas tan importantes como el derecho de acceso a la vivienda, el derecho al agua en un país en que la actividad minera irresponsable está haciendo estragos con los ríos y las napas. También faltó el desarrollo del capítulo dedicado a los derechos a la posesión y propiedad de las comunidades indígenas y a su participación y consultas en los emprendimientos mineros y de otros tipos que afectan sus territorios. También hubo algunas incongruencias en la esfera comercial: por ejemplo, muchos principios de la “parte general” están redactados en base a una propuesta de un jurista socialdemócrata como Ricardo Nissen, mientras un segmento importante de los artículos de los contratos comerciales están redactados por abogados de grandes empresas, de perfil conservador y neoliberal. 

Ahora bien, yendo a la cuestión del tratamiento institucional del Código Civil y Comercial, creo que ello es un caso testigo del funcionamiento del deteriorado Sistema Político Argentino. En ese entonces, la oposición se oponía porque había que oponerse a todo y, como dijo un dirigente rural en 2008, había que “desgastar al gobierno en todo lo que se pueda”. Era claro que existía un organizador principal que era un conocido multimedio y que -en sociedad con otro medio tradicional y ultraconservador- le ponía la agenda, el discurso y hasta el vocabulario a la ex-oposición y a los demás medios, de la misma manera que hoy lo hace con el oficialismo. 

La pregunta es si podía haberse organizado un debate más profundo, sin grandes apuros, con mayor racionalidad y serenidad, como si la Argentina fuera un sistema parlamentario escandinavo. Bueno, claramente no lo era. Creo que eso explica los límites de la reforma. Con cada tema que se proponía o se incorporaba o que se sugería, aparecía algún personaje escandalizado, tergiversando todo, con un enorme espacio en el multimedio -y sus repetidoras- dónde se denunciaba el intento del gobierno por instalar un régimen tiránico o totalitario. Nada más llamativo, por ejemplo, que la batahola que ocurría cuando se intentaba poner el derecho de propiedad como “función social”, calificación que existe en muchas legislaciones del mundo. Por eso, algunos funcionarios resolvían retirar propuestas o suprimir algunos temas o artículos conflictivos para evitar que esas cuestiones empantanaran la iniciativa legislativa central del nuevo código. 

Otro de los temas increíblemente ausentes en ese Código, y al que quiero referirme especialmente, son las denominadas “ACCIONES DE CLASE”, acciones colectivas o populares. Este tipo de acciones, de origen anglosajón, constituyen uno de los derechos democráticos más importantes que se están desarrollando en América Latina en los últimos tiempos. Las “acciones de clase” permiten que una persona o grupo de personas se puedan presentar ante la Justicia y ellos mismos reclamar sus derechos por ellos y por toda la sociedad o todos los afectados, por actos ilícitos, abusos u omisiones arbitrarias de una Empresa o del Estado. Están expresamente legisladas en gran parte de los países democráticos del mundo y nosotros tenemos varios proyectos muy interesantes en el Congreso, pero que desde hace años duermen el sueño de los justos. También, existieron propuestas para incluirlo en el Código Civil que, sin embargo, fueron inexplicablemente abandonadas. Reitero que, las “acciones de clase”, son una institución de tradición anglosajona que podría copiarse de EE.UU. y que nadie las interpretaría como una institución de carácter “socialista”, en el caso de que esto fuera un descalificativo. 

Lo paradójico de las “acciones de clase” es que tienen un gran desarrollo en los EE.UU., pero nosotros no solemos copiar de los norteamericanos aquello que hacen bien. Nosotros de ellos solemos imitar lo peor que tienen: el hiper-presidencialismo, el sistema carcelario, la policía brava, la mano dura, la precarización laboral, ciertos segmentos de cultura frívola y superficial, la fantasía meritocrática, etc.. Otro ejemplo, y que tiene estrecha relación con las “acciones de clase”, es el sistema jurídico vinculado a los “derechos de usuarios y consumidores” que en EE.UU. tiene un sistema de desarrollo de muy superior a la Argentina y que se consolidaron al calor de las grandes movilizaciones populares de los años 50/60. Nuestro país tiene graves problemas con respecto a los derechos del consumidor y del usuario, al no tener una buena legislación, ni instituciones administrativas eficaces, ni tribunales judiciales para su tratamiento rápido, gratuito, eficaz y sencillo. Lo que tampoco se suele tener en cuenta es que los tribunales barriales de “menor cuantía” (o “small claims courts”, como los llaman en EE.UU.) serían un buen sistema de mediaciones para evitar peligrosas contiendas entre vecinos, familiares o de “clientes vs. comerciantes”, conflictos que muchas veces terminan en hechos violentos. 

Pues bien, inexplicablemente las acciones colectivas que -por ejemplo- se utilizan también en el ámbito privado, para el caso de empresas que abusan de sus clientes, contaminan el medio ambiente, o contra el Estado en casos de abusos en materia de libertades públicas y de derechos individuales y que nos implican a todos, fueron suprimidas del proyecto de Código y no se conocen razones públicas serias de por qué ello ocurrió. 

Este vacío legislativo posibilitó dos hechos atroces que ahora voy a explicar y que fue la cuestión judicial derivada de la decisión del actual presidente Mauricio Macri, de disponer aumentos exorbitantes e inconsultos sobre las tarifas de los servicios públicos. En efecto, en una primera oportunidad, tuvimos el fallo “CEPIS”, en agosto del año 2016, por el tema de las tarifas de gas, en donde la Corte -antes del ingreso del juez Carlos Rosenkrantz- dijo, en una sentencia (que resolvía el fondo de la cuestión) que las tarifas eran nulas porque faltaba el espacio democrático de la deliberación y la transparencia que implicaba la celebración de Audiencias Públicas y que eran también nulas por desproporcionadas e irrazonables. 

Hete aquí, que 20 días después, cuando llega a la Corte el tema de las tarifas eléctricas, los cortesanos anulan una medida cautelar (es decir, que no se trataba sobre el fondo del asunto) que suspendía los aumentos tarifarios de electricidad que jurídica y estructuralmente era el mismo caso que “CEPIS”. En este fallo “ABARCA”, si ustedes lo recuerdan, la Corte se despacha con una serie de excusas ridículas y formales (“falta de legitimación” o de “representación” de los demandantes) para hacer caer la causa y evitar intervenir en el juicio en que la Cámara Federal de La Plata (insospechable de kirchnerista) había dictado una medida cautelar, que suspendía los aumentos de tarifas, (porque los consideraba irrazonables y porque al mismo tiempo no tenían audiencia pública previa). Y encima, la Corte, les impuso, a modo de castigo, las “costas” del proceso (esto es, los gastos y los honorarios de los abogados) a los demandantes (es decir, a las víctimas de los desmedidos aumentos). 

¿Cuál era la diferencia del fallo “ABARCA” con el caso “CEPIS”? En términos jurídicos, estructurales e institucionales, CASI NINGUNA. En realidad, la única diferencia era que había ingresado el juez Rosenkrantz, que es el gran operador político del gobierno, que se ha propuesto “reformular” (en realidad, demoler) lo mejor de la jurisprudencia progresista que se venía desarrollando en la Argentina. Pues bien, por razones y negociaciones espurias (que al día de hoy desconocemos), con su ingreso, Rosenkrantz logra que los cuatro jueces que habían firmado el fallo “CEPIS” tres semanas antes, dictando la NULIDAD de los aumentos tarifarios de gas en un tema muy similar, resolvieran ahora APROBAR -de hecho- los aumentos de electricidad, al disponer la revocación de una medida cautelar porque, supuestamente, los peticionantes no tenían “legitimidad” (esto es capacidad de representación) para solicitarlo. 

En ese fallo absurdo, la Corte dice que un grupo de usuarios, legisladores, un partido político, un Defensor del Pueblo, una ONG de usuarios y consumidores y un club de barrio; ninguno de ellos tenían suficiente representación o legitimidad para peticionar e interponer acciones colectivas o de clase contra los enormes aumentos tarifarios. Les recomiendo que lean este fallo “ABARCA” como quien lee una comedia. Si, es un texto humorístico (aunque jurisprudencialmente muy triste). Las excusas expuestas sobre lo que le faltaría a cada uno de los peticionantes para ser considerados con suficiente “legitimidad”, para exigir la suspensión de las tarifas, son para el libro Guinnes de los records mundiales: y dentro del capítulo de las sentencias más absurdas y corrompidas de la historia de la Corte Suprema en Argentina. Sólo cuento una cosa: en relación a las dudas que había sobre si el “Club de barrio” podía representar al colectivo de los clubes y presentarse en carácter de afectado, la Corte liderada por el binomio Lorenzetti-Rosenkrantz (en ese momento socios), dijo que había que reenviar las actuaciones al juez de primera instancia para verificar si dicho club representaba a alguna categoría determinada de clubes “de barrio” o “de pueblo”: Bizarro (tanto los cortesanos como los juristas “republicanos” de la “democracia deliberativa” que jamás se atrevieron a criticarlo). 

Y, reitero, a modo de represalia, le impusieron –increíblemente- las costas del juicio a todos los demandantes, lo que significó que durante mucho tiempo nadie más interpuso amparos y/o acciones colectivas contra actos del Estado. 

Este es uno de los fallos más horribles de la Corte Suprema de la “Era Macri”. Y –repito- MUY POCOS SE HAN ATREVIDO A DESTACAR LO RIDÍCULO, AUTORITARIO Y GROTESCO DE ESTA DECISIÓN DICTADA POR UNANIMIDAD POR ESE “ALTO TRIBUNAL”. 

Y lamentablemente se pudieron tomar esta libertad a partir de la iniciativa de Rosenkrantz y del trabajo subterráneo que hicieron algunos operadores judiciales del oficialismo (muy serviciales), que le hicieron decir a los otros cuatro cortesanos TODO LO CONTRARIO DE LO QUE HABÍAN DICHO VEINTE DÍAS ANTES (e inclusive a lo que habían escrito muchos de ellos sobre las acciones colectivas en libros y artículos de otros tiempos). 

Y de paso, se tomaron la “licencia” de insultar a una jueza federal (Martina Forns) que había dictado algunas medidas cautelares en casos similares (una de ellas, la causa “FERNÁNDEZ, Francisco Manuel”) y que dispuso ACUMULAR las causas, de acuerdo a lo que dispone el código procesal y los principios generales de “pro-concentración de procesos” en las acciones de clase. La jueza, entonces, envió la causa “Fernández” a la Corte, que estaba interviniendo en la causa ABARCA en ese momento, y por el pedido expreso del mismo Ente Regulador, del Fiscal y del Ministerio de Energía (es decir, fue solicitado por el mismo Estado). Aparte de lo amenazante e injuriante de ese fallo “Fernández” contra la jueza (y sobre lo cual no voy a referirme mucho más porque me comprenden las generales de la ley), hay que destacar que, si se producía esa acumulación de procesos, la causa “ABARCA” quedaba perfectamente legitimada y la Corte debería haber fallado (y ya no tenía excusas para sacarse la causa de encima con argumentos ridículos como lo hizo). Por supuesto, que las inéditas agresiones y las descalificaciones de la Corte contra la jueza en el fallo “Fernández”, tenían como único objetivo amedrentar al resto del poder judicial: “ni se les ocurra dictar una medida cautelar contra el gobierno de Macri” era el mensaje (y con algunas excepciones, tuvo bastante éxito, diré). 

Concluyamos: sobre las ACCIONES DE CLASE, la Argentina tiene alguna jurisprudencia sobre esas acciones colectivas y algunos protocolos cortesanos bastantes desprolijos, pero una buena ley hubiera impedido este dislate liderado por el Juez Rosenkrantz y apoyado por sus pares de manera cuasi dantesca (debe reconocerse que en la causa “Fernández”, Highton de Nolasco prefirió no firmar). Digo todo esto no para lamentarnos, sino para reflexionar hacia adelante. Hoy tenemos un gobierno extremadamente reaccionario y autoritario, creo que esto no tiene antecedentes, ni con Carlos Menem ocurrían las cosas que hoy están pasando y no se olviden que el ajuste, en algunos aspectos, todavía no comenzó. 

Entonces, este tipo de cosas son las que pueden llevarnos a pensar que, en un futuro, un gobierno popular debe tener mejores estrategias y metodologías para llevar adelante las transformaciones necesarias, como una forma de instalar instituciones y leyes más sólidas para prevenir que, cuando una sociedad desvaría, no pueda darse marchas atrás en las grandes conquistas de la humanidad. Y, obvio, esas grandes cartas de triunfo, como son los principios establecidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, el Pacto y los demás Tratados Internacionales, deben funcionar en paralelo a un activismo permanente y a formas organización y movilización popular que las sostengan, claro. 

Porque estos principios, las leyes, Constituciones, Tratados e instituciones, se han creado para que su vigencia efectiva sea respetada de manera obligatoria por el Estado, por todos los gobiernos, los factores de poder, la sociedad y los individuos, y ese respeto debiera ocurrir, aun, cuando esa sociedad resuelva -“democráticamente”- volverse autoritaria, salvaje y esquizofrénica. 

Muchas Gracias. 



(*) Abogado de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, docente en "Teoría del Estado" y Profesor de Posgrado en "Derechos Sociales" en la UBA y de Derecho Constitucional en la Universidad Maimónides. Asimismo, formó parte de la Comisión en Asesoramiento y Control Técnico del Proyecto de Código Civil y Comercial (2012) y del Código Penal (2013) del Ministerio de Justicia de la Nación. 





_________________________ 



Versión corregida de un texto publicado originalmente en Revista Contraeditorial, Buenos Aires, julio de 2019.- 

(CON)TEXTOS EN DEBATE. 

Coordinador: Alí Mustafá. 

Comité de Redacción: Daniel Benavidez, Darío Brenman, Tamara Mustafá. 

Fotografía: Daniel Gómez.

miércoles, 1 de abril de 2020

TEOLOGÍA Y PANDEMIA: HACIA UN CAMBIO DE MODELOS CULTURALES, Por Omar César Albado (") para Vagos y Derecho.



La pandemia del coronavirus ha tocado la fibra más profunda del orden social contemporáneo. De pronto nos dimos cuenta de que se puede vivir de otra manera, aunque hayamos tomado nota obligados por las circunstancias. Percibimos que no sólo la economía puede globalizarse, sino también un virus. Y advertimos, de hecho, que existe otro modo de vivir, otro modo de entender la existencia. De golpe el aire se volvió más limpio, el agua más transparente. Como dijo el Papa Francisco el 27 de marzo en el momento extraordinario de oración en tiempos de pandemia: “Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados, pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente”.

Después de la pandemia del coronavirus ya nada será igual en nuestro mundo. Ya no lo es. Se nos invita, con apremio, a una conversión humana, social y ecológica sin precedentes. Se nos invita a gestar un cambio de paradigma socio-cultural en el que todas y todos estamos llamados a ser protagonistas. Después de la pandemia, los economistas no podrán seguir sosteniendo con seriedad que el único camino viable es el capitalismo financiero; los políticos no podrán repetir las viejas prácticas de corrupción y estafa moral a la sociedad; los teólogos deberán revisar sus métodos y no encorsetarse en tecnicismos; la pastoral no podrá seguir sobreviviendo de la inercia de otros tiempos y de otros siglos. Se me objetará: ni la economía, ni la política, ni la teología, ni la pastoral son responsables de la pandemia. Me dirán: no es necesario revisar nada porque esto nos cayó como una desgracia, nos sorprendió sin que ninguna de estas causas actuara. Es posible. Pero la pandemia ha mostrado que existe otro modo de hacer economía, de hacer política, de hacer teología, de hacer pastoral. El presidente de Francia, Emmanuel Macron, corrobora esta realidad al afirmar: “Lo que ha revelado esta pandemia es que la salud pública, nuestro estado de bienestar, no son costos o cargas, sino bienes preciosos, y que este tipo de bienes y servicios tiene que estar fuera de las leyes de mercado”. Además, de un momento a otro, la pandemia ha modificado nuestras prácticas pastorales y ha transformado nuestros ritos sagrados, no porque perdieron valor, sino porque deben adecuarse a las necesidades concretas de las personas. Se multiplicaron las misas por Facebook o Instagram, las catequesis por WhatsApp y las charlas espirituales por YouTube. La necesidad de llevar consuelo a las personas obligó a definir, en la práctica y sobre la marcha, el concepto de participación en la liturgia. Quiere decir que Dios se puede hacer presente de múltiples modos que antes, si bien no eran negados, eran relativizados y puestos en duda.

Si pensamos que cuando pase la pandemia volveremos a la normalidad de nuestras prácticas, sería una desilusión porque significaría que no aprendimos nada de lo vivido. Estamos ante un desafío histórico que requiere un salto audaz de nuestra libertad. Ante la Plaza San Pedro vacía y, paradójicamente, ante miles de ojos y oídos que lo seguían en el mundo entero desde una pantalla, Francisco decía el 27 de marzo dialogando con Dios: “Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección. No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es”. Sin duda, la pandemia no es un castigo divino. No es la manifestación de la ira de un Dios descontento con la humanidad. Pero sí es el momento en el que los pueblos y las personas tenemos que decidir qué camino tomar. Estamos a tiempo. Ya no se trata sólo de nuestra querida Amazonia, sino de nuestro amado mundo, el único que tenemos para habitar.

¿Qué aporte puede hacer la teología y los teólogos? ¿Cómo puede la teología ayudar a separar lo que es necesario de lo que no lo es? ¿Cómo puede la teología ayudar a vivir este momento de muerte y dolor? ¿Cómo puede aportar un sentido al presente y una novedad hacia el futuro? En esperanza, y retomando una reflexión que enraíza en los primeros atisbos de cristianismo, pienso que la teología puede desenmascarar las representaciones idolátricas de Dios y profundizar en la humanización de lo humano. Dos temas íntimamente unidos.

El Dios de Jesucristo no se deja encasillar en esquemas ni cristalizar en instituciones. Es la vieja tentación de pensar que Dios se agota en una cultura. El Papa Francisco lo ha dicho a su manera: “El cristianismo no tiene un único modo cultural, sino que… llevará consigo también el rostro de tantas culturas y de tantos pueblos en que ha sido acogido y arraigado” (EG 116). Porque el cristianismo no es una serie de conceptos o de definiciones sobre Dios o un conjunto de normas a seguir, sino la adhesión por la fe a la persona de Jesucristo, quien nos ha revelado al Padre. La fe en Jesucristo es la que inspira un comportamiento o la que reconoce la conveniencia de crear una institución. Ambas tendrán sentido mientras traslucen a Jesucristo, Hijo del Dios vivo, y dejarán de tenerlo si se creen los primeros actores y olvidan a su Maestro. Si esta premisa está presente en nuestras vidas, tendremos a mano un criterio de discernimiento claro y permanente para revisarnos. Será el primer antídoto contra la tentación de generar una representación idolátrica-ideológica de Dios.

Las narraciones evangélicas muestran a Jesús recorriendo incansablemente las ciudades y las comarcas de su región. Nadie se iba de su lado sin una palabra de consuelo o un gesto amoroso que le cambiara la vida. Porque ese es el efecto que producen las palabras y los gestos de Jesús: transforman la vida. No son huecos o de compromiso. Los que se encuentran con él encuentran otro rostro de Dios y otra manera de ser humano. Las palabras y los gestos de Jesús curan a las personas de sus enfermedades; invitan a compartir sus bienes con los pobres; rompen las fronteras políticas, culturales y religiosas; ponen en evidencia la hipocresía de la casta sacerdotal y cualquier hipocresía tras la cual se quiere ocultar el ser humano; impelen a reconocer a los marginados de la sociedad como hijos de Dios. Situaciones y actitudes provocadas por el encuentro con Jesús, el Dios hecho hombre.

Jesús se relaciona con todo aquel que se cruza en su camino. Con los escépticos, con los que lo aman, con aquellos que lo odian hasta matarlo. A nadie rechaza, con todos dialoga, a todos les pone el cuerpo. Las curaciones que realizó implicaron un desgaste de energía inusual, una entrega en cuerpo y en espíritu que no admite reservas ni especulaciones. Los sufrimientos de su pasión y de su muerte en cruz suponen la desazón de un cuerpo que nunca perdió su confianza en Dios. El cuerpo de Jesús no es un accidente que podamos poner en segundo plano. Allí está Dios. Dios obra en él y por él, porque es el templo del Espíritu (cf. 1 Cor 3,16; 6,19). Dios es espíritu y pone el cuerpo en su Hijo Jesús para mostrarnos la intensa interpenetración de lo divino y lo humano. Sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación, atravesado por el amor de Dios que todo lo puede y todo lo une.

Jesús no estuvo nunca quieto. Llevó su cuerpo y su espíritu a todos los rincones de su patria y del extranjero. Fue un peregrino que mostró a Dios en una humanidad concreta. Peregrinar para Jesús es un acto de amor. No camina entre la gente reclutando prosélitos. No busca adherentes para provocar una revolución y derrocar al Imperio Romano. Ni siquiera se presenta a sí mismo como un reformador religioso. El centro de su misión consiste en recordarles a todas las personas, sin distinción de ninguna clase, que son hijos de Dios. Que pueden rezarle a Dios llamándolo abbá y que él los escuchará. Que para eso no tienen que pedirle permiso a nadie. Que el poder está en la fe de ellos, en la que se anida en su corazón y deben despertar. Una fe que es de cada uno de ellos como sujeto y que se vuelve poder transformador cuando se expresa en el sujeto comunitario que es el pueblo. Jesús no necesita ser revolucionario o reformador religioso porque él atraviesa esas realidades, las sobrepuja y las transforma. Por eso Jesús es un peregrino. Porque para contarles a las mujeres y a los hombres esta buena noticia hay que encontrarse con ellos, mirarlos a la cara, escucharlos, reconocerse en sus pobrezas y en sus limitaciones. Nada de eso se alcanza sentado en un trono o en un escritorio. Hay que ir a proclamarlo en primera persona.

Los primeros y grandes beneficiarios de esta buena noticia son los pobres, aquellos que viven marginados por todas las expresiones del poder. Jesús les devolvió la fe. De ningún modo les vendió una resignación barata. Eso lo hace la religión cuando alcanza su peor expresión y con sus exigencias normativas excluye a las personas, impidiéndoles expresar su fe personal y comunitariamente. Jesús les mostró que Dios está al alcance de la mano (cf. Rom 10,8-10) y que sobre Dios ninguna institución tiene el monopolio. En todo caso, las instituciones religiosas deben facilitar el acceso a Dios para celebrar el don de la fe como pueblo. [El Papa Francisco dijo: “A menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas” (EG) 47].

Jesús, el Dios encarnado, es un hombre pobre y trabajador. No anhela las riquezas y critica el afán de pensar sólo en el lucro económico. No porque la riqueza sea mala en sí misma, sino porque ella inventa argumentos “razonables” para que no amemos a Dios y al prójimo con un corazón indiviso. En eso consiste su malicia y su engaño, su trampa más sutil. Jesús nunca critica que el hombre gane el pan con el sudor de su frente, pero sí enseña que no puede servir a dos señores al mismo tiempo (o se sirve a Dios o se sirve al Dinero, Lc 6,13), que el sol sale para justos y pecadores (cf. Mt 5,45) y que todo lo que existe en la creación nos pertenece y ningún bien está privatizado (cf. 1 Cor 3,21-23).

Jesús confía en las personas. Sabe que son frágiles, endebles, egoístas, traicioneras… Pero cuando está entre ellos ve a una multitud que vaga por la tierra como ovejas sin pastor y se compadece (cf. Lc 9,36). Su mirada no se deja ganar por el pesimismo y apuesta por hacer el bien, porque cada uno de los que conforman esa multitud que tiene delante fue creado a imagen de Dios. Y Dios vio que era bueno (cf. Gn 1,26-27). Y lo que Dios vio que era bueno, ¿por qué Jesús lo va a mirar con otros ojos? Y entonces reúne a la gente, le enseña, la cura. Confía en las personas, pero no ingenuamente. Las llama a ser responsables, a decidir por sí mismos. No obliga a nadie a creer y nadie será curado contra su voluntad o recurriendo a una estrategia mágica. El único argumento que atrae a las personas es que Jesús es creíble. Y Jesús toma esa fe y la convierte en un acto de libertad en el que quedamos cara a cara con nuestro creador. El teólogo belga Christoph Theobald dice que la credibilidad de Cristo consiste en que “tiene un respeto absoluto del receptor, como Pablo. Nunca dice a sus interlocutores: «Soy yo quien te ha salvado», sino «Tu fe te ha salvado» (Mc 5,34, entre otros). En el fondo, este Jesús se deja sorprender por lo que su Evangelio produce en el otro… Él escucha el Evangelio de Dios por boca de la hemorroísa o por los gestos más simples de la gente que lo rodea”.

Y si Jesús confía en las personas, ¿por qué no hacer nosotros lo mismo? ¿Por qué no recuperamos colectivamente el estilo de Jesús y nos devolvemos la fe que nos une a Dios los unos a los otros? Esta es una tarea que involucra a las instituciones y a cada uno de nosotros. No vale oponer, sino complementar. Hace años que sabemos que la historia entró en una nueva etapa con un paradigma cultural inédito. No hace falta que nos lo cuenten los libros. Lo experimentamos en carne propia. Y entonces, ¿por qué nos empecinamos en repetir esquemas viejos en un paradigma nuevo, en donde no encaja y los repele? ¿Qué seguridades defendemos al proceder así? ¿A qué le tememos cuando sostenemos premisas espirituales que no sólo alejan a las personas, sino que las confirma en su indiferencia?

El filósofo francés Maurice Bellet ha planteado con lucidez la necesidad de recuperar nuestra fe en lo humano. No de un modo ingenuo, sino reconociendo que el ser humano es imagen de Dios y que, sin lugar a duda, Dios habita en él. Por tanto, no será necesario “agregar” a Dios para creer en el hombre porque Dios está en él. Dirá Bellet: “Dios está allí; no tiene necesidad de aparecer”. No pensamos rápido en el peligro de caer en el panteísmo. Démonos la oportunidad de considerar a Dios y al hombre como íntimos compañeros de camino. No ignoramos que en el hombre está la causa de la violencia y de la opresión. Pero, ¿qué ganamos insistiendo sólo en eso? ¿No es mejor intentar superar la violencia con el amor? ¿No está dicho que “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Rom 5,5)? ¿No radica allí nuestro poder más profundo? ¿Por qué no potenciar esa realidad en nuestras existencias concretas? ¿Qué pasaría si, en lugar de odiar a los que nos odian haciéndonos cómplices de su violencia, los amáramos como si se tratara de nosotros mismos para que nos ayudemos mutuamente a liberarnos de la violencia que los esclaviza? (cf. Mt 5,38-48).

Jesús nos devuelve al Dios vivo y verdadero. Ese Dios que las religiones y las ideologías falsearon hasta convertirlo en una caricatura idolátrica y vacía. Ese Dios nos da otra oportunidad para que las religiones y las ideologías recuperen su papel de mediación y de sanación. Jesús nos conduce a encontrarnos con lo humano más humano. Con ese prójimo que es mi hermano y con el cual debo caminar. Jesús ha dejado plantada en el centro de la historia esta certeza: me basta que sea humano para que sea mi hermano.

En tiempos de pandemia ya nada es igual y nos obliga a pensar de otra manera. Como dijo el Papa Francisco, no es el momento del juicio final de Dios, sino el tiempo de nuestro juicio, el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que no.

Cierro con unas palabras de Bellet: “La fe [en lo humano] es relación, y esa relación sólo es real cuando es actual, no a través de una imagen, sino a través de una presencia: la presencia del otro humano, mi prójimo. Creer en él es percibir en el otro la existencia de lo que me permite abandonar la violencia que hay en mí. Es verlo y escucharlo como portador de esa humanidad que me desborda y que, sin embargo, se manifiesta en esta relación concreta, aquí y ahora, donde me hago prójimo del otro, mi prójimo”.

Y esto sólo puede vivirlo quien de verdad cree en Dios y en la humanidad.




(")Profesor Facultad de Teología (U.C.A.)

Director de la Especialización en Doctrina Social de la Iglesia

sábado, 28 de marzo de 2020

PANDEMIA Y ESPIRITUALIDAD, Por Frei Betto



La vida está llena de imprevistos. En el ámbito personal, el fracaso, la pérdida de amistades, la enfermedad, la muerte. En el global, acontecimientos que ningún analista o futurólogo prevé, como la caída del Muro de Berlín y de las Torres Gemelas de Nueva York. Nadie sospechó tampoco que en pleno siglo XXI, con todos los recursos de la ciencia, la humanidad se vería amenazada por una pandemia.

¿Quién podía imaginar que vendría de China, en forma de una enfermedad contagiosa, la causa de la más profunda crisis del capitalismo desde 2008? Según el Morgan Stanley Composite Index, en pocas semanas en el mercado financiero las acciones de las bolsas de valores del mundo perdieron 15, 5 billones de dólares. ¡Más de ocho veces el PIB de Brasil en 2019!

¿Alguno de esos especuladores y megainvestigadores afectados en su bolsillo (la parte más sensible del cuerpo humano) se habrá empobrecido? Y, sin embargo, antes de la pandemia casi todos se negaban a dar su contribución para la adopción de medidas de combate al hambre y el calentamiento global.

Eso me recuerda el sitio de Jerusalén por los romanos en el año 70. Llegó un momento en que el rico ofrecía una vasija llena de oro a cambio de un pedazo de pan…

El coronavirus nos obliga a asumir una espiritualidad y una actitud nuevas ante la realidad. No hace distinciones de clase, como sí hace la gastroenteritis, que mata a millares de niños desnutridos, ni de orientación sexual, como el sida, que afectaba mayoritariamente a los homosexuales. Ahora todos somos vulnerables, aunque varíen las franjas etarias y las situaciones de riesgo.

Todos nos vemos forzados al recogimiento obligatorio. A volvernos hacia el interior de la casa y de nosotros mismos. A desasirnos. Ese abandono de las actividades de rutina y las agendas programadas nos puede sublevar o humanizar. Sublevados quedarán quienes están apegados a ciertos hábitos que, por ahora, están prohibidos, como ir al cine, al teatro, al club. En el caso de los ancianos, no podrán tener contacto con los nietos y deberán mantenerse el mayor tiempo posible en sus casas.

Los viajes aéreos se han reducido; las fronteras nacionales se han cerrado; las giras turísticas están canceladas. No nos queda otra alternativa que quedarnos quietos donde estamos. Huit-clos, entre cuatro paredes. Puede ser que descubramos, como Sartre, por qué los otros son el infierno. Y puede ser que rescatemos la convivencia familiar, el diálogo con la familia, el cuidado de la casa (todo debe ser higienizado).

Es hora de aprender a trabajar y estudiar sin salir del espacio doméstico. Ahora tenemos más tiempo para ver películas en la televisión, navegar en internet, leer buenos libros, investigar, meditar y orar.

El virus iguala a todos. Pero no nivela los caracteres. El matrimonio burgués que nunca se tomó el trabajo de entrar en la cocina o limpiar la casa ahora se ve forzado a arremangarse la camisa o correr el riesgo de que uno de sus empleados les lleve el virus al hogar. El recalcitrante no sigue las instrucciones de las autoridades sanitarias, y el egoísta compra en la farmacia todo el stock de gel de alcohol y máscaras.

Conozco una joven que se ofreció para hacerles las compras a los vecinos vulnerables de su edificio sin cobrar nada por ello. Otra distribuyó su número de teléfono para que los ancianos aislados tengan con quién conversar. Un matrimonio de abogados va en su auto todas las mañanas a buscar a su cocinera en la periferia y a llevarla de vuelta por la tarde, para evitar que use el transporte colectivo. Tres familias vecinas de un hospital decidieron preparar almuerzos para los enfermeros y médicos que doblan su horario de trabajo. En Italia, los vecinos se asoman a la ventana al caer la tarde y cantan en coro. Las iglesias, mezquitas, sinagogas, les abren sus puertas a quienes viven en la calle y necesitan cuidados higiénicos. En fin, son innumerables los ejemplos de generosidad y solidaridad en este período en que estamos todos potencialmente amenazados.

Esos gestos tienen su fuente en la espiritualidad, aunque no sea de carácter religioso. La espiritualidad es la capacidad de abrirse amorosamente al otro, a la naturaleza y a Dios. Y su mejor enseñanza en la generosidad, el secreto de la felicidad. Rico no es quien tiene todo, decía Buda, sino quien tiene necesidad de poco.

Frei Betto es autor, entre otros libros, de Fome de Deus – espiritualidade no mundo atual (Paralela/Companhia das Letras).



Traducción de Esther Perez

Copyright 2020 – Frei Betto - 

QUIÉN ES FREI BETTO

El escritor brasileño Frei Betto es un fraile dominico. conocido internacionalmente como teólogo de la liberación. Autor de 60 libros de diversos géneros literarios -novela, ensayo, policíaco, memorias, infantiles y juveniles, y de tema religioso en dos acasiones- en 1985 y en el 2005 fue premiado con el Jabuti, el premio literario más importante del país. En 1986 fue elegido Intelectual del Año por la Unión Brasileña de Escritores. 

Asesor de movimientos sociales, de las Comunidades Eclesiales de Base y el Movimiento de Trabajadores Rurales sin Tierra, participa activamente en la vida política del Brasil en los últimos 50 años.

jueves, 19 de marzo de 2020

ALGO BUENO TIENE LA PESTE, Por Pedro Cazes Camarero(") para Vagos y Derecho.




Algo bueno tiene la peste, y es que es democrática. Más que democrática, visita
preferentemente a los viajeros que frecuentan China, Milán y París, o sea que se ensaña más bien con los adinerados que con la gente de a pie. Será por eso que los neoliberales no vacilan en aplicar el rigor del Estado para yugular la epidemia. 

Como observa Miguel Benasayag, los mismos que consideran las jubilaciones dignas y el control ecológico como dispendios insensatos, en esta ocasión no trepidan ante el gasto.

Como nuestra cultura carece de la disciplina confuciana que prevalece victoriosa en
oriente, últimamente el Estado se está deslizando hacia un franco Estado de Excepción, manotazo desesperado en las calles de Madrid y los caminos franceses, que desde aquí al sur contemplamos con estupor.

La especulación virtual maneja veinte veces la cantidad de dinero equivalente al producto bruto mundial, así que era cuestión de tiempo para que cualquier disparador hiciera saltar por el aire el festival fantasmático de las finanzas. 

La crisis del comercio chino- americano
y el dumping saudí en el mercado del petróleo están ligados a riquezas reales, y no se ven influidos realmente por las travesuras del virus. 

Pero las transacciones especulativas en tiempo real se realizan con humo, y poseen una escala enorme, similar a las sombras
proyectadas en el atardecer. Ya se sabe que luego del atardecer viene la noche.

Así que cuando brillen las estrellas y la marea de la peste se retire, mientras lamemos nuestras heridas y contamos nuestras bajas, desde el Estado, pasado el pánico, nos interpelarán acerca de la eficacia demostrada por el régimen de excepción y la conveniencia de mantenerlo para domeñar la lucha política de clases.

Allí nos tocará recordarles que los coronavirus se forjan entre el pus y la mugre de los criaderos de cerdos y de aves de corral, y en los laboratorios bioquímicos secretos de las potencias. 

Pero que no hay estado de excepción que pueda disciplinar al General Intellect que pulula y borbotea en el común.

(") Pedro Cazes Camarero, argentino, farmacéutico, 1945. Magister Scientiae en Metodología de la Investigación Científica y Epistemología. Ex director de "Estrella Roja" (órgano del Ejército Revolucionario del Pueblo- ERP-), "El Combatiente" (órgano del Partido Revolucionario de los Trabajadores - PRT-) y "Crisis". Autor de numerosos artículos y libros, entre ellos "Las Estrategias de la Aurora", de próxima aparición (Ed. Prometeo, Buenos Aires, 2019). Premio "Ramón Carrillo" (2010). Miembro del Encuentro de Profesionales contra la Tortura. Columnista de "Cuadernos de Crisis/Purochamuyo".


lunes, 9 de marzo de 2020

ERNESTO CARDENAL (1925-2020), POETA, MÍSTICO, REVOLUCIONARIO, POR FREI BETTO


En 1987, Afonso Borges organizó como primera actividad del Proyecto Sempre Um Papo (Siempre una conversación), de Belo Horizonte, el lanzamiento de mi novela O dia de Ângelo, en el restaurante La Taberna de esa ciudad. Le conté a Afonso que el año siguiente Ernesto Cardenal iría a Minas. Afonso lo invitó a pronunciar una conferencia en el Cabaré Mineiro, un restaurante que de cabaré solo tenía el nombre y que había comenzado a ser sede de Sempre Um Papo. Cardenal, exmonje trapense, le contestó: “¿Pero en un cabaré?...”

Conocí a Cardenal en 1978, en su trinchera de guerrillero sandinista: en el fondo de una de las seis librerías que rodeaban la Universidad Nacional de Costa Rica. Ya lo admiraba por su obra. Su En Cuba, un relato de su viaje a la isla en 1970, había pasado de celda en celda en mis tiempos de cárcel en Sao Paulo, entre 1969 y 1973.

Cardenal, hijo de una de las familias más ricas de Nicaragua, prefirió no seguir el camino de su hermano Fernando, quien ingresó en la orden de los jesuitas. En 1957, el joven poeta se convirtió en monje trapense en los Estados Unidos. Durante dos años tuvo como maestro de novicios al místico y escritor Thomas Merton. Al abandonar la vida monástica, estudió teología en Medellín y en 1965 fue ordenado sacerdote en Managua. Identificado con la Teología de la Liberación, se fue a vivir a la isla paradisíaca de Solentiname, en el lago al sur de Nicaragua, donde compartía la vida comunitaria de pescadores y campesinos.

Ernesto no tenía nada de la figura estereotipada de un revolucionario. Era de pequeña estatura y hombros anchos, y tenía una manera tímida de acercarse a las personas y unos ojos vivos detrás de los anteojos blancos encima de la sonrisa suave; se diría que se trataba de un monje ingenuo y despreocupado a no ser por la boina azul, semejante a la del Che, de la que salían mechones plateados que caían sobre sus orejas y su nuca. Su chaqueta verde, sobre la sotana blanca, se parecía a la de los oficiales cubanos.

Su función en el Frente Sandinista era viajar por el mundo a fin de denunciar los crímenes de Somoza y obtener apoyo político para la causa. Le pregunté cómo conciliaba la contemplación con la actividad revolucionaria. “No se oponen. Se puede trabajar por la revolución siendo contemplativo. En el sentido tradicional, existe una dicotomía entre acción y contemplación. Pero yo vivo la contemplación en la acción”. Y añadió: “El único mensaje del Evangelio es la revolución, a la que llama Reino de Dios. Es la exigencia de superar todas las señales de pecado, injusticia y opresión, hasta que solo el amor sea posible”.

Inquirí sobre el carácter de su obra poética. “En un poema que le dediqué a Don Pedro Casaldáliga digo que escribo por la misma razón que los profetas bíblicos, que hacían de la poesía una forma de denuncia de las injusticias y de anuncio de un nuevo tiempo”.

En febrero de 1979 volvimos a encontrarnos en Puebla, México, durante la Conferencia Episcopal Latinoamericana. Cardenal convenció allí a los obispos de todo el continente de que firmaran una carta contra la dictadura somocista.

El 19 de julio de 1980 participé como invitado oficial en la conmemoración del primer aniversario de la Revolución sandinista. Allí volví a encontrarme con Cardenal, que había sido nombrado ministro de Cultura. Cinco años después participó en la Habana en el lanzamiento de Fidel y la religión, junto a Fidel, Gabriel García Márquez y Chico Buarque.

Durante la década de 1980 asesoré al movimiento sandinista, que reunía a cristianos y comunistas ateos, en las cuestiones relativas a la educación popular y la relación entre marxismo y cristianismo. Fue entonces que Cardenal me propuso que organizáramos un movimiento de jóvenes llamado MIRE (Mística y Revolución). La idea nunca prosperó, excepto en Brasil, donde el movimiento tuvo su fase más significativa a inicios de la década de 2000, y aún hoy mantiene núcleos en algunas regiones del país, principalmente en el Nordeste. La propuesta consiste en vincular la espiritualidad mística, cultivada mediante la meditación, con el compromiso de transformar la sociedad.

En su visitas a Nicaragua en 1983, el papa Juan Pablo II se negó a tenderle la mano a Cardenal, ministro de Cultura, que formaba parte de lacomitiva cortejo oficial de bienvenida. En público, lo reprendió y humilló, y en 1985 lo suspendió de sus funciones sacerdotales. El papa Francisco lo rehabilitó en 2019.

En 1994 Cardenal rompió con el Frente Sandinista por considerar que el gobierno de Daniel Ortega ya no era coherente con los principios revolucionarios ni estaba en sintonía con las ansias populares.

La última vez que nos vimos fue en La Paz, en 2008, cuando se reunieron intelectuales y artistas latinoamericanos para manifestar su apoyo al gobierno de Evo Morales.

Cardenal era un poeta consagrado internacionalmente, merecedor de varios premios literarios importantes. Uno de sus versos más famosos es el siguiente epigrama dedicado a Claudia: “Al perderte yo a ti, tu y yo hemos perdido: / yo, porque tú eras lo que yo más amaba, / y tú porque yo era el que te amaba más./ Pero de nosotros dos, tú pierdes más que yo: / porque yo podré amar a otras como te amaba a ti, / pero a ti no te amarán como te amaba yo”.

Su poema Cántico cósmico, publicado en 1990 tiene nada menos que 600 páginas. Describe primorosamente la evolución del Universo y toda la magnitud estética de la Creación, lo que llevó al escritor Sergio Ramírez a calificar la obra de Cardenal de “poesía científica”.

La obra se inicia con estos versos: “En el principio no había nada / ni espacio / ni tiempo. / El Universo entero concentrado / en el espacio del núcleo de un átomo, / y antes aún menos, mucho menor que un protón, / y aún menos todavía, un infinitamente denso punto matemático. / Y fue el Big Bang. / La Gran Explosión.”

Y así termina su poema más extenso: “¿Y qué vemos cuando miramos el cielo nocturno? / En la noche vemos simplemente la expansión del universo. / Galaxias y galaxias y más allá galaxias y más allá cuásares. / Y más atrás en el espacio no veríamos ni galaxias ni cuásares, / un muro oscuro, antes del instante en que el universo / se volvió transparente. Y más antes, / ¿qué veríamos finalmente? / Cuando no había nada. / En el principio…”


Frei Betto es autor, entre otros libros, de A obra do artista – uma visão holística do Universo (José Olympio).

www.freibetto.org/> twitter:@freibetto.


Traducción de Esther Perez

Copyright 2020 – Frei Betto - 


QUIÉN ES FREI BETTO

El escritor brasileño Frei Betto es un fraile dominico. conocido internacionalmente como teólogo de la liberación. Autor de 60 libros de diversos géneros literarios -novela, ensayo, policíaco, memorias, infantiles y juveniles, y de tema religioso en dos acasiones- en 1985 y en el 2005 fue premiado con el Jabuti, el premio literario más importante del país. En 1986 fue elegido Intelectual del Año por la Unión Brasileña de Escritores. 

Asesor de movimientos sociales, de las Comunidades Eclesiales de Base y el Movimiento de Trabajadores Rurales sin Tierra, participa activamente en la vida política del Brasil en los últimos 50 años.