martes, 29 de enero de 2019

RELACIÓN ENTRE FE Y POLÍTICA, Por Frei Betto

La fe y la política tienen, en última instancia, el mismo objetivo de crear una sociedad en la que todos vivan con iguales derechos y oportunidades y sin antagonismos de clase. Si bien es cierto que las dos se proponen perfeccionar nuestra convivencia social, también pueden servir para dominar, como la fe de los fariseos o la política de los opresores.
La fe es un acto mediante el cual el ser humane se coloca ante el misterio de Dios. La política es la herramienta para la construcción de la sociedad de justicia y libertad. Se guía por algo que no es propio de la fe, como las estrategias de realización del bien común.

La vivencia de la fe es necesariamente política. En el cielo no habrá fe. Se vive la fe en una comunidad políticamente ubicada. Cuando la comunidad religiosa afirma que solo se ocupa de la religión, no sabe lo que dice o miente para encubrir con la fe sus intereses políticos reales. Toda comunidad religiosa aparentemente apolítica no hace sino favorecer la política dominante, aunque sea injusta.

En razón de su fe, Jesús murió asesinado como preso político. Como Jesús, el cristiano debe vivir su fe en el compromiso liberador con los más pobres. Sea cual fuere el modo en que el cristiano vive su compromiso evangélico, este siempre tendrá consecuencias políticas. Puede sacralizar la desigualdad social o favorecer su erradicación.

El Concilio Vaticano II reconoció la autonomía de la política. La puede hacer bien quien no tiene fe. Y no siempre quienes tienen fe hacen política bien hecha. Un ateo puede hacer una política justa, favorable a la mayoría de la población, de la misma manera que hay muchos cristianos corruptos que buscan en la política provechos personales.

Resulta una antinomia hablar de política “cristiana”. La política nunca debe ser confesionalizada. En principio, representa las ansias de creyentes y no creyentes. Debe haber una política justa, democrática, volcada a la mayoría. Y una política así inevitablemente incorporará los valores de la fe, como la liberación de los pobres y la construcción de la sociedad sin desigualdades.

La fe no tiene recetas para resolver administrativamente problemas como la deuda pública, la reforma de la seguridad social o la mejoría del sistema de salud. Eso es tarea de la política. La fe muestra el sentido de la política: dar vida a todos. El modo de hacerlo depende de la política. Si es injusta, muchos se verán privados de las condiciones mínimas para la dignidad y el alcance de la felicidad.

Fe y política son instancias diferentes que se completan en la práctica de la vida. La fe exige participación en una comunidad religiosa para ser cultivada. La política exige participación en las demandas populares y conocimiento de los problemas sociales para ser consecuente.

La política se debe pautar por valores que, en general, coinciden con los valores de las propuestas religiosas, como los derechos de los excluidos, la vida para todos, la compartición de los bienes, el poder como servicio y otros. Sin esos valores, la política se convierte en politiquería, y la corrupción produce la inversión que prioriza lo personal o lo corporativo en detrimento de lo social y lo colectivo.

Eso no significa que la política deba hacerse en nombre de la fe. Debe hacerse en nombre del amor, de la verdad y de la justicia. Lo que importa es el bien común, y no los intereses de determinado segmento religioso. Jesús no vino al mundo a fundar una religión. Vino para que “todos tengan vida y vida en abundancia” (Juan 10,10).



Frei Betto es autor, entre otros libros, de Parábolas de Jesus. Ética e valores universais (Vozes).







www.freibetto.org/> twitter:@freibetto.



Traducción de Esther Perez

jueves, 17 de enero de 2019

LA IZQUIERDA SE EQUIVOCÓ CUANDO SE SUMÓ AL PENSAMIENTO POST MODERNO, ¿REGRESA EL SUJETO HISTÓRICO CON LOS CHALECOS AMARILLOS?, Por Susan Roberts

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Si alguien me preguntara el significado de la política, diría que se refiere a la disputa por el poder; es decir, la política es agonista, incluso antagonista. Y si esto es así, la política lo que debe cuestionar es el equilibrio de poder entre los diferentes intereses de clase. Como Marx reconoció, el propósito subyacente de las instituciones sociales, políticas, económicas e incluso legales de la sociedad capitalista es preservar el monopolio del poder que goza la clase propietaria del capital. Y, en consecuencia, cualquier intento de desafiar ese monopolio, en cualquier esfera, será contrarrestado, como lo están experimentando actualmente los chalecos amarillos en las calles de París.

Señalo esto porque la naturaleza de la política parece haber cambiado radicalmente en las últimas dos décadas. Me atrevo a decir que la política se ha vuelto más bien apolítica. Hoy se preocupa más por aliviar los excesos del capitalismo que desafiar al sistema en sí. Las protestas contra el capitalismo global que marcaron el fin del siglo se han convertido en una tregua no incómoda, a medida que han surgido nuevos actores “transnacionales” para llenar y “despolitizar” el espacio radical anteriormente ocupado por la clase obrera. Estos nuevos actores comprenden una serie de ‘Movimientos de Justicia Social Global’ (‘GSJM’) y ‘Organizaciones No Gubernamentales’ (‘ONG’) que imponen su agenda a una sociedad civil incipiente en todo el mundo.

Si bien el rango de sus intereses particularistas es vasto, en general están relacionados con el rechazo a una política independiente de la clase trabajadora. Estos movimientos tienden a ser manejados por personal de clase media occidental [1] y que muy a menudo son financiados, directa o indirectamente, por intereses corporativos occidentales [2], evitan las demandas de la política de clase, proponiendo, en cambio, un agenda “individualista” porque esta acción ejercería una autoridad moral superior. A los ojos de estos nuevos actores globales, la política “colectiva”, con sus demandas de representación, constitución e incluso democracia, son artefactos desacreditados de un sistema, que debe ser reemplazado por una forma más moral de gobierno global.

La rápida multiplicación de estos actores globales, conocedores de los medios de comunicación, que actúan de manera muy parecida a los cabilderos, al negociar concesiones en las cumbres capitalistas, no es simplemente una manifestación cruda de un capitalismo global expandido. No es extraño, entonces, que el Banco Mundial involucre a las ONG en sus programas para promover el “desarrollo en el tercer mundo”. También tienen una justificación filosófica para apuntalar el surgimiento de estos movimientos pospolíticos y la consiguiente sustitución del sujeto colectivo centrado en la política de clase por un socio “apolítico” más complaciente.

Mientras los neoconservadores se han empeñado en hacer retroceder al Estado (acogiendo la influyente obra del filósofo neoliberal John Rawls, que anunció la primacía del individuo autónomo [3]) lo que parece más sorprendente es que los nuevos socios del capitalismo global son, en gran medida, una creación de la izquierda.

Fue el abrazo de la izquierda del pensamiento posmoderno con su despreciación de las narraciones históricas lo que ha llevado al abandono de la clase obrera como sujeto histórico o, en términos marxistas, cuando la clase trabajadora se emancipa debe a la vez liberar al conjunto de la sociedad de la opresión de las clases dominantes.

Un corolario de esta supuesta evolución moral en la ‘política’ trans-global, es la depreciación de los objetivos políticos conquistados por el trabajo organizado y sus imperativos asociados de solidaridad y comunidad: términos que están notablemente ausentes de los nuevos movimientos ‘corporativos’ y su léxico moral.

De hecho, la difamación de la clase trabajadora, convertido en un meme cultural desde los años 80, ha demostrado ser una ayuda inestimable para el nacimiento de esta nueva élite apolítica. La otra anatema posmoderna es que la clase trabajadora es irresponsable. Deslegitimar las demandas de la clase trabajadora calificándola como codiciosa y egoísta, ha sido relativamente fácil para los medios capitalistas. Lo que ahora se promociona, por estos medios, es un pluralismo de intereses sociales y culturales, ninguno de los cuales tiene el poder político, ni la voluntad de desafiar el status quo.

El geógrafo urbano, Mike Davis, discute la revolución de las ONG bajo el título “Imperialismo suave”, y considera que es responsable de ”hegemonizar el espacio tradicionalmente ocupado por la izquierda” y “desradicalizar los movimientos sociales urbanos“. El activista de la vivienda, PK Das sostiene que el objetivo de tales movimientos es “subvertir, desinformar y desidealizar a las personas para mantenerlas alejadas de la lucha de clases. Al mismo tiempo que alienta la gente a pedir “favores por motivos compasivos y humanos, en lugar de hacer que los oprimidos sean conscientes de sus derechos“. [4] David Chandler describe a estos actores políticos como “antipolíticos y elitistas” [5]. Para Chandler “sus acciones replican a sus antepasados misioneros: aplacar a los nativos y despejar el terreno para la expansión de la explotación”.

Sin embargo, una breve mirada a las políticas progresistas de los años 70 demuestra que el consumismo compensatorio lanzado por los gobiernos neoconservadores, en los desregulados años 80, que ha llevado a niveles de deuda privada sin precedentes, fue la antítesis a los proyectos socialistas surgidos una década antes, cuando los trabajadores habían tratado de fundar una sociedad alternativa más allá de un capitalismo destructivo y derrochador.

Un análisis más preciso de esos años de disputa no es que los programas de izquierda se agotaron, sino que sus políticas nunca se implementaron. Ciertamente, en el Reino Unido, los trabajadores en huelga fueron engañados por sus propios representantes, tanto dentro como fuera del gobierno, pero también por el propio sistema político, que utilizó medios antidemocráticos para bloquear la implementación de un cambio, necesario, irrevocable y fundamental del sistema económico. Lo que unió todas las fuerzas de la reacción contra los trabajadores fue la demanda de una democracia más directa y la participación en el proceso político y económico, porque este era un desafío inaceptable, tanto para el control capitalista como para el clientelismo burgués.

Lo que ahora parece ser la ética gobernante que determina la política “izquierdista” es un cambio cultural que ha pasado de luchar por el cambio del capitalismo a aceptarlo sin cambios reales. Por lo tanto, parece oportuno reflexionar sobre la era anterior, no hace mucho tiempo, cuando una política de contestación dominaba el espacio público y estar “a la izquierda” era una postura socialista, indiscutiblemente vinculada con las demandas de la clase trabajadora y la construcción de una nueva sociedad.

En el Reino Unido, en la década de 1970, las huelgas, las sentadas y las ocupaciones de fábricas eran eventos comunes. Hombres grises enojados, acurrucados alrededor de los braseros, eran las noticias de la noche y todos parecían estar atrapados en un debate sobre el futuro económico y político del país. Cuando Ted Heath, el primer ministro del gobierno Tory en el poder, convocó una elección en 1975, (después de declarar 5 estados de emergencia), preguntó a la gente “¿Quién gobierna Gran Bretaña?”, el electorado respondió con decisión que no era él y le devolvió el gobierno al partido laborista.

Fue, de hecho, un momento de cambio. Y hubo un sentido real que un cambio fundamental era posible. Esto parece increíble ahora en una era que los reality shows son lo más destacado de la televisión del sábado por la noche. Que la silla usualmente ocupada hoy por los tipos Hollywood hubieran albergado al carismático dirigente comunista, Jimmy Reid, para promover los intereses de la gente común parece ahora bastante extraordinario. Pero así fue.

Lo que no es tan sorprendente, es que los medios de comunicación de ese tiempo hayan apodado “el invierno del descontento” una época en que el país estaba al borde del colapso económico. [6] Ansiosos por impulsar a Margaret Thatcher en la escena política como la gran gurú neoliberal, la prensa conservadora denigró a los trabajadores en huelga y presentó sus demandas como codiciosas y egoístas.

Sin embargo, lo que los trabajadores estaban pidiendo principalmente no era dinero, era poder y más participación en el proceso productivo. [7] Dado que muchas industrias manufactureras se están cerrando, debido a una combinación de mala gestión y falta de inversión, a pesar de los considerables subsidios del gobierno, los trabajadores podrían avizorar un camino a través de la producción de bienes socialmente útiles, tales como máquinas de diálisis y sistemas de calefacción eficientes para jubilados

En sus demandas de mayor participación, los trabajadores, a través de los Consejos de Trabajadores, presentaron estrategias industriales que reconocieron la importancia de la diversificación, los bienes sociales, la energía verde, las limitaciones ambientales, la cooperación y la responsabilidad de los trabajadores. En ‘Socialism and the Environment’, publicado en 1972 [8], varios años antes de la aparición de ‘Green Politics’, se reconoció la conexión entre la expropiación del medio ambiente y la del trabajador, así como la necesidad de poner fin al consumismo destructivo y derrochador que contaminaba el planeta y amenazaba con hacerlo inhabitable.

Para los jóvenes de hoy, la pasividad de los “apolíticos” en lugar de la contestación rebelde es la norma. Después de divisiones de clase, que promovió el poder en la década de 1970, el sistema las ha institucionalizado y empaquetado con trayectorias profesionales para “clases medias solidarias” o han pasado a ser exigencias del mercado, fuera del alcance del gobierno, ya que gran parte lo que la sociedad civil fue en ese momento, ha sido destruida o privatizado.

Margaret Thatcher es recordada por su papel en la desregulación del sector financiero y la venta de activos estatales y viviendas sociales, en un intento por crear una clase media expandida, pero su principal objetivo siempre fue la destrucción de la mano de obra organizada que reconoció como el principal desafío al monopolio capitalista.

Como víctimas del culto al individualismo que comenzó a estrangular a la sociedad en la década de los ochenta (y del “cuidado del consumidor”) hoy es muy difícil para cualquier persona que crece en el capitalismo postindustrial apreciar que hace muy poco tiempo los trabajadores llamaban a la solidaridad, a la justicia, la cooperación y a una nueva visión de la capacidad productiva en torno a un debate por la democracia en la industria, razón por la cual hubo una organizada oposición por parte de los intereses corporativos, los medios de comunicación, la administración pública y de los servicios de seguridad.

Los temores que la mano de obra organizada fuera capaz de efectuar un cambio histórico eran reales. Y la única manera de terminar con ese desafío y asegurar su monopolio era destruir el poder colectivo de la clase trabajadora utilizando todos los medios posibles.

Estructuralmente, eso significaba domeñar a los sindicatos y erradicar aquellos elementos de la sociedad civil que inculcaban nociones de comunidad y solidaridad. Culturalmente, significaba efectuar un cambio radical en la percepción que la sociedad tenía de la clase trabajadora. Se impuso un visión tan negativa y dominante que pocos, independientemente de sus circunstancias económicas, desearon ser identificados con las ideas y valores de la clase trabajadora.

Caricaturizados por medios implacables y reaccionarios, ser integrante de la clase trabajadora pronto se convirtió en sinónimo de ser parte de una “casta de privilegiados” o un “scrounger”. También se les imputó tener puntos de vista racistas y sexistas y, con la etiqueta “subclase salvaje” los jóvenes trabajadores fueron eliminados de toda influencia en la política.

Con el retiro del estado y la promoción del mantra neoconservador de “responsabilidad individual”, se hizo fácil presentar la pobreza y el desempleo como fallas personales. De este modo, se aseguró que las etiquetas ‘irresponsable’ y “no aspiracional” se impusieran, logrando en la práctica hacer desaparecer a los trabajadores de la escena política.

En “La clase social en el siglo 21” de Mike Savage, publicado en 2015, se da a conocer los resultados de la mayor encuesta de clase jamás realizado en el Reino Unido. Un dato importante es que con 161.000 participantes, no respondió ni un solo limpiador o trabajador en los servicios elementales’. [9] De esta manera Savage reconoce que hay “patrones reveladores” en los resultados de la encuesta, particularmente porque hubo una “excesiva representación de hombres de negocios y profesionales de las finanzas”, y que las respuestas recibidas de los CEOs son más de 20 veces del número esperado.

Desafortunadamente, él no explica cuál es “la proporción de encuestados que no creen pertenecer a una clase en una jerarquía de clases que desciende“. Solo una cuarta parte del “precariado” reconocen su estado de clase baja. Mientras esto ocurre con el precariado, la mitad de la élite está orgullosa que pertenecen a su “clase”.

Savage sugiere que esta es una ”inversión fascinante de la tesis de Marx. A saber; la conciencia de clase crece entre los proletarios, porque no tienen nada que perder, sino sus cadenas. ”Al contrario, dice Savage; ”de hecho, los que están al final son los que menos piensan que pertenecen a la clase trabajadora”. [10]

Aparte del hecho obvio que lo que la gente piensa y lo que dice es a menudo muy diferente, hay que decir que nadie quiere ser parte del equipo perdedor; por tanto no hay ninguna milagrosa inversión de la tesis de Marx con esta encuesta.

Una mejor explicación del porqué el proletariado no rompe sus cadenas es qué hay pocas posibilidades de perderlas en un momento en que su encarcelamiento se ha normalizado, es decir, despolitizado. En este momento, todo lo que se logra es recordarle su lamentable estado de olvido. La observación de Lenin sobre la “esclavitud cultural” de la clase trabajadora parece más cierta que nunca. [11]

El trabajo de Savage también es instructivo pues pone en evidencia la vulnerabilidad social de las clases medias y cómo la propia palabra clase ha adquirido un significado cultural: un significante de valor moral e intelectual. Sin embargo, la división de la encuesta en 7 divisiones de clase separadas oculta un panorama más amplio de ganadores y perdedores, dejando a la vista la actual incapacidad dramática de una respuesta social organizada.

Un análisis menos confuso de esa tendencia es quizás provisto por la simple distinción social hecha por Thorstein Veblen en “Los intereses adquiridos y el hombre común”. En el estudio de Veblen, el grupo de “Interés adquirido” de la clase capitalista tiene ”un margen relativamente estrecho de ganancia neta”. Pero a cambio de ese beneficio moderado, afirma Veblen, se “manipulan los sentimientos y las aspiraciones” para aumentar las ganancias.

En todo caso, en un momento en que el capital social y cultural ha alcanzado nuevos niveles de valor de cambio (tras la colonización del capitalismo en la esfera cultural) el análisis de Veblen es esclarecedor. Porque, en la era del capitalismo transnacional y la expansión de los movimientos sociales y culturales apolíticos que la acompaña, hay muchos más márgenes de ganancia.

El abandono de la clase obrera como sujeto histórico generalmente se remonta al surgimiento del pensamiento posmarxiano / posmodernista en Francia en los años 70, con su negación de las narrativas históricas de carácter general. El trabajo que ha proporcionado autoridad moral y política para ese abandono del marxismo es “Hegemonía y estrategia socialista: hacia una política democrática radical”, de Chantal Mouffe y Ernesto Laclau, publicado en 1985.

En ese texto post-marxista, Mouffe y Laclau argumentan que la clase trabajadora ya no es el sujeto histórico, esencialmente porque no existe un sujeto histórico y, por lo tanto, no se le atribuye ningún privilegio ontológico como una fuerza histórica efectiva contra el capitalismo. En cambio, sugieren que una gama de grupos de interés social (por ejemplo, feminismo, antirracismo, ambientalismo, etc.) pueden, a través de un liderazgo “moral e intelectual”, (en oposición a un mero liderazgo “político”) combinarse para lograr tal reto.

Los trabajadores siguen siendo importantes en esa amalgama de grupos de interés, pero solo a través de su experiencia concreta y vivida, y no debido a la historicidad de su posición. Es en esta nueva ‘unidad de un conjunto de sectores’ que una ‘relación estructuralmente nueva, diferente de las relaciones de clase, debe ser forjada. Y tal conjunto, afirman, se logrará con una “democracia radical”. [12]

Esto es lo que Mouffe y Laclau llaman la “transición decisiva” del plano político al moral / intelectual y es donde tiene lugar un nuevo concepto de hegemonía “más allá de las alianzas de clase”. La razón por la que se piensa que es necesario alejarse de lo político es porque ellos perciben la necesidad que un conjunto de ideas y valores deben ser compartidos por diversos de sectores: “que ciertas posiciones de los sujetos atraviesan una serie de sectores de clase.”

Para Mouffe y Laclau sólo abandonando una política de clase inadecuada y que tenga una “coincidencia coyuntural de intereses”, se podrá establecer un nuevo movimiento singular. Parte del razonamiento es la suposición de que la clase trabajadora no puede pensar por el resto de la sociedad: que no puede ir más allá de la “defensa estrecha de sus intereses corporativos”. [13] Sin embargo, la historia no lo confirma.

Como se vio anteriormente, en los años 70 en el Reino Unido: una época en que el poder de la clase trabajadora estaba creciendo, fue una época muy ilustrada. Se aprobaron resoluciones antirracistas y antisexistas y también hubo una legislación progresiva que protegía los derechos de los homosexuales, legalizaba el aborto y facilitaba el divorcio. Los trabajadores se declararon en huelga para exigir más dinero para los jubilados. De hecho, es difícil pensar en un área de la vida social que no se consideraba parte del plan socialista de transformación.

Reflexionando sobre el hecho de que estudiantes e inmigrantes, así como los trabajadores participaron en las huelgas masivas que se desataron en Francia en 1968, Mouffe sugiere que “una vez que se rechaza la concepción de la clase trabajadora como una clase universal, es posible reconocer la pluralidad de los antagonismos que tienen lugar en el campo de lo que se agrupa arbitrariamente bajo la etiqueta de “luchas de los trabajadores“. [14] Sin embargo, ¿qué es exactamente “arbitrario” sobre esta etiqueta? y, ¿qué beneficio se deriva abandonarla en favor de una pluralidad de etiquetas diferentes que no tienen importancia política en el contexto de una lucha obrera? En realidad, la disolución de la solidez de la clase obrera en una multitud de antagonismos parece encaminada a destruir la solidaridad; También parece un suicidio político.

En la famosa huelga de Grunwick en 1976, iniciada por mujeres asiáticas no sindicalizadas que trabajaban por una miseria en condiciones extremadamente pobres, los trabajadores enviaron un poderoso mensaje de solidaridad acusando al gobierno laborista en el poder. Los problemas de etnicidad y género desaparecieron mientras se realizaba la mayor movilización de solidaridad obrera jamás vista en el Reino Unido y más de 20,000 trabajadores se presentaron en la línea de piquete para apoyar a los huelguistas. La huelga incluso fue internacional: participaron los trabajadores de los Puertos en Bélgica, Francia y los Países Bajos, boicoteando los productos de Grunwick.

Fue precisamente la solidaridad generalizada del movimiento lo que aterrorizó al gobierno, ya que lo que entonces se hizo evidente fue que la solidaridad de los trabajadores podía transformar la sociedad, por lo que el gobierno recurrió a la vigilancia policial para romper la huelga (la misma táctica que haría el gobierno de Thatcher un par de años más tarde contra los mineros.)

Por otra parte Mouffe afirma que el pluralismo solo puede ser radical si no existe un “principio de fundamento positivo y unitario”. Pero es difícil actuar como una fuerza unificadora en las luchas anticapitalistas si la lucha común olvida la explotación. ¿A quienes podían haber llamado las huelguistas recién llegadas del este de África, si no a sus compañeros trabajadores explotados? ¿Y qué tan efectivas habrían sido sus acciones en ausencia de esa solidaridad?

En su intento por justificar este dramático cambio de la política de clase y de los intereses históricos de la clase trabajadora, Mouffe y Laclau se basan en la noción de Gramsci de la “voluntad colectiva”. El consideraba que un movimiento nacional y popular debería ser capaz de expresar los intereses compartidos de las masas, y también debería reconocer la importancia de un liderazgo moral e intelectual.

Sin embargo, con respecto a estos dos aspectos de su estrategia política, el pensamiento de Gramsci se basa en la historicidad de la clase trabajadora. Porque si bien reconoce la necesidad de alianzas (no ve a la clase trabajadora resistiendo en solitario) sí la reconoce como la fuerza dirigente. El punto central de una voluntad colectiva es que se requiere una voluntad única, enfocada, y no una variedad dispar de tácticas y objetivos.

De hecho, Gramsci opinó que lo que había bloqueado la formación de tal voluntad en el pasado era una serie de grupos sociales específicos. ”Toda la historia, desde 1815 en adelante, muestra los esfuerzos de las clases tradicionales para prevenir la formación de una voluntad colectiva de este tipo y para mantener el poder ‘económico-corporativo’ en un sistema internacional de equilibrio pasivo“. [15]

El hecho de que Gramsci Identificara la necesidad de un liderazgo moral e intelectual en la formación de tal voluntad no significa que pierda su base política / económica. Por el contrario, es evidente que Gramsci proponía un movimiento liderado por un partido basado en la política. [16] También afirmaba que las políticas morales e intelectuales no son nada sin un cambio estructural: “La reforma intelectual y moral debe vincularse con un programa de reforma económica; de hecho, el programa de reforma económica es precisamente la forma concreta en que la reforma moral se presenta”. [17]

Al elevar un liderazgo moral espureo por encima de la política de clase, se ha creado una plataforma para una pluralidad abierta de causas apolíticas. El efecto ha sido despolitizar radicalmente la democracia al eliminar las cuestiones definitorias de la contestación de la clase trabajadora. Si bien Mouffe sugiere que una identidad muy fragmentada y separada de estos “antagonismos” específicos produce una ”profunda concepción pluralista de la democracia“, la realidad ha sido todo lo contrario.

Como señala Ellen Meiksins Wood en “La democracia como ideología del imperio”, es precisamente la desaparición de las relaciones de clase definidas políticamente lo que hace que esta versión de democracia “des-socializada” sea tan atractiva para el capitalismo global. Porque, al poner las preocupaciones sociales y políticas anteriores de la política de clase más allá del alcance de la responsabilidad democrática, la política se subordina fácilmente al mercado. [18]

Claus Offe también reconoce que el ”proyecto neoconservador de aislar lo político de lo no político” se basa en una redefinición restrictiva de lo que puede y debe considerarse político, lo que permite a los gobiernos eliminar las demandas sociales problemáticas de sus agendas. Al mismo tiempo, observa que el surgimiento de nuevos movimientos sociales, que operan en esferas de acción no políticas, sirve para justificar esa despolitización.

La protesta de los chalecos amarillos es una respuesta a una versión de democracia cada vez más “desocializada” y al poder de las élites, que solo ha aumentado bajo Macron. Lo que comenzó como una protesta contra el aumento del impuesto sobre el combustible es ahora mucho más. Alentados por la solidaridad generalizada, los trabajadores exigen el fin del elitismo y la corrupción del gobierno y notifican que la clase trabajadora NO quiere migajas.

¿El derrocamiento de Macron, el fin de la corrupción política, una nueva república, el surgimiento de un nuevo partido político de la clase obrera? Es imposible pronosticar cómo terminará la protesta. El movimiento no habría durado tanto si no hubiera sido por la solidaridad generalizada que los trabajadores han demostrado. La solidaridad se basa en el amor a la justicia, que es la sangre vital de la política de la clase trabajadora y, por lo tanto, hasta que se termine la injusticia, la disputa debe continuar. Porque, como reconoció el padre de la filosofía política, ”siempre son los más débiles quienes buscan la igualdad y la justicia, mientras que los más fuertes no les prestan atención“. [19)




Notas
[1] Claus Offe, Nuevos movimientos sociales: desafiando los límites de la política institucional, investigación social 52: 4 (1985: invierno) 832 



[2] James Heartfield, La Unión Europea y el fin de la política (Zero Books: Winchester 2013) 117 



[3] John Rawls, Una teoría de la justicia (Oxford University Press: Oxford, 1972) 



[4] PK Das, ‘ Manifiesto de un activista de la vivienda’ citado en Planet of Slums de Mike Davis, (Verso: Londres, 2006) 



[5] David Chandler, Deconstruyendo la soberanía en la construcción de una sociedad civil global en Politics Without Sovereignty, (UCL Press: Londres 2007) 150 



[6] John Medhurst, esa opción ya no existe – Gran Bretaña 1974-76, (Zero Books: Winchester, 2014) 



[7] Intervención estatal en la industria: una investigación de los trabajadores (Russell Press Ltd .: Nottingham, 1980) 



[8] Ken Coates, Socialismo y medio ambiente , (Portavoz: Nottingham, 1972) 



[9] Mike Savage, clase social en la 21 st Century , (Pelican: Random House, 2012) 11 



[10] Ibid., 367. 



[11] VI Lenin Collected Works , vol. 27, (Moscú, 1965) 464 



[12] Chantal Mouffe y Ernesto Laclau, Hegemonía y estrategia socialista – Hacia una política democrática radical (Verso: Londres, 1985) 64 



[13] Ibid., 66. 



[14] Mouffe, ibid., 167. 



[15] Antonio Gramsci, Selections from the Prison Notebooks , editado y traducido por Quintin Hoare y Geoffrey Nowell Smith, (Lawrence y Wishart: Londres, 2003) 132 



[16] Gramsci, Ibid., 129. 



[17] Ibid., 133. 



[18] Ellen Meiksins Wood, La democracia como ideología del imperio en The New Imperialists (Publicaciones de Oneworld: Oxford, 2006) 9 



[19] Aristóteles, Política, traducción, Joe Sachs (Focus Publishing: Newburyport, 2012) 1318b 





Susan Roberts, historiadora británica.


lunes, 14 de enero de 2019

LA REVOLUCIÓN CUBANA CUMPLE 60 AÑOS, Por Frei Betto

Primero de enero de 2019, los 60 años de la Revolución cubana. ¿Quién lo diría? Para la soberbia de los servicios de inteligencia de los Estados Unidos, la osadía de los barbudos de la Sierra Maestra al sustraer a Cuba de la esfera de dominio del Tío Sam era “un mal ejemplo” que debía ser borrado cuanto antes de las páginas de la historia. La CIA movilizó y entrenó a miles de mercenarios, y Kennedy los mandó a invadir a Cuba (1961). Fueron vergonzosamente derrotados por un pueblo en armas. Y, además, la hostilidad de la Casa Blanca llevó a Cuba a alinearse con la Unión Soviética. El tiro les salió por la culata. Agredir a Cuba significó entonces calentar la Guerra Fría, como demostró la Crisis de Octubre (1962).

El Tío Sam no puso sus barbas en remojo. Transformó a los cubanos exiliados en Miami en terroristas que derribaron aviones, hicieron explotar bombas, promovieron sabotajes. E invirtió una fortuna para alcanzar el más espectacular objetivo terrorista: eliminar a Fidel. Fueron más de 600 atentados. Todos fracasados. Fidel falleció en su cama, rodeado por su familia, el 25 de noviembre de 2016, poco antes de que la Revolución cumpliera 58 años. Había sobrevivido a 10 ocupantes de la Casa Blanca que autorizaron acciones terroristas contra Cuba: Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon, Ford, Carter, Reagan, Bush padre, Clinton y Bush hijo.

Fracasada la invasión de Girón, se impuso el bloqueo a Cuba (1961), medida criticada por tres papas que visitaron La Habana: Juan Pablo II (1998), Benedicto XVI (2012) y Francisco (2015). Pero la Casa Blanca no escucha voces sensatas. Prefiere aislarse, acompañada por Israel, cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas vota cada año sobre el tema del bloqueo. En 2018, por vigésimo séptima vez, 189 países se manifestaron contra el bloqueo a Cuba.

Tras la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética (1989), los profetas de la desgracia anunciaron el fin del socialismo cubano. No podía fallar la teoría del dominó... Se equivocaron. Cuba resistió, soportó el Período Especial (1990-1995) y se adaptó a los nuevos tiempos de la globalización.

Muchos se preguntan por qué los Estados Unidos no invadieron a Cuba con tropas convencionales (después de la derrota de los mercenarios), como hicieron en Somalia (1993), Granada (1983), Afganistán (2001), Iraq (2003), Libia (2011), Siria (2017), Níger (2017) y Yemen (2018). La respuesta es sencilla: una potencia bélica es capaz de ocupar un país y derribar su gobierno. Pero no de derrotar a un pueblo. Los estadounidenses aprendieron esa lección dolorosamente en Vietnam, de donde fueron expulsados por un pueblo campesino (1955-1975). Atacar a Cuba habría significado enfrentar una guerra popular. Después de la humillación sufrida en el Sudeste Asiático, la Casa Blanca prefirió no correr el riesgo.

¿Por qué Cuba les molesta a tantos que asocian indebidamente el capitalismo con la democracia? Porque Cuba convence a las personas intelectualmente honestas que no se dejan llevar por la propaganda anticomunista basada en prejuicios y no en hechos como que a pesar de la campaña mundial contra la Revolución, en la isla nadie muere de hambre, anda descalzo, es analfabeto después de los 6 años de edad, necesita tener dinero para ingresar en la escuela o cuidar de su salud, trátese de una gripe o de una compleja cirugía del corazón o del cerebro. En la lista del Índice de Desarrollo Humano (IDH) de la ONU, que incluye 189 países, Cuba ocupa un mejor lugar (el 68) que la mayoría de los países de la América Latina, incluido Brasil (lugar 79).

Mientras que el capitalismo enfatiza la competitividad como un valor, la Revolución le inculca al pueblo cubano la solidaridad. Gracias a ello, en las décadas de 1960 y 1970 Cuba envió tropas para ayudar a naciones africanas a liberarse del colonialismo europeo y conquistar su independencia. Raúl Castro fue el único jefe de Estado extranjero a quien se le concedió el derecho a pronunciar un discurso en los funerales de Mandela, porque el gobierno de Sudáfrica reconoce la importancia de la solidaridad cubana para el fin del apartheid.

Gracias a la solidaridad, maestros y médicos cubanos han trabajado en las áreas más pobres y remotas de más de 100 países. Y gracias a los principios éticos de la Revolución, en Cuba no se ven familias debajo de los puentes, niños de la calle, mendigos tirados a la orilla de la vía, mafias de drogas y zonas dedicadas a su tr+afico y consumo. Los delatores de Odebrecht denunciaron a todos los agentes públicos corrompidos en los países de la América Latina en los que estuvo presente la empresa. Pero no en Cuba, donde construyó el puerto de Mariel. ¿Algún informante se mostró dispuesto a defender a Cuba? Obvio que no. Ningún cubano se dejó corromper.

¿El pueblo cubano ya conquistó el paraíso? Lejos de eso. Cuba es una nación pobre, pero decente. A pesar del bloqueo y de todos los problemas que conlleva, su pueblo es feliz. ¿Por qué, entonces, muchos se van de Cuba? La verdad es que muchos se van de cualquier país que enfrenta dificultades. Se van de España, de Grecia, de Turquía, de Brasil, de Venezuela y de Argentina. Pero, ¿quiénes se van? De Cuba, los contaminados por la propaganda del consumismo capitalista creen que Eldorado queda al norte del Río Grande. Los mismos que se regocijan por la emigración de unos pocos cubanos jamás se preguntan por qué nunca ha habido en Cuba una manifestación popular contraria al gobierno, como acaba de ocurrir en Francia (los chalecos amarillos) y también recientemente en Túnez (2011), Egipto (2011), Turquía (2016), y antes en los Estados Unidos (Seattle, 1999).

¿Hay en Cuba soldados o policías en cada esquina? Juan Pablo II declaró que le había llamado la atención no ver vehículos militares en las calles de La Habana durante su visita, como viera en tantos otros países. La mayor arma de la resistencia cubana es la conciencia de la población.

¡La Revolución cubana cumple 60 años! Es muy poco para un país que es isla tres veces: por la geografía, por el bloqueo y por ser el único en la historia de Occidente que ha optado por el socialismo. Y cuando los cubanos celebran, no miran solo al pasado de tantas gloriosas conquistas en medio de muchos desafíos y dificultades. Inspirados en Martí, el Che, Fidel y Raúl, los cubanos saben que la Revolución es todavía un proyecto de futuro. No solo para Cuba, sino para toda la humanidad, cuando las diferencias (de idioma, cultura, sexo, religión, color de la piel, etc.) ya no sean motivo de divergencias, y la desigualdad social figure en los archivos de los investigadores como una abominable referencia histórica, como sucede hoy con la esclavitud.

¡Larga vida a la Revolución cubana!


Frei Betto es autor, entre otros libros, de Paraíso perdido. Viajes por los países socialistas (Editorial Nuevo Milenio, La Habana, 2016).



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Traducción de Esther Perez







viernes, 21 de diciembre de 2018

LA TONTERÍA DEL ANTIGLOBALISMO, Por Leonardo Boff



OBERTURA DEL EDITOR: 


"Lo que tienen en común las ultraderechas actuales es haberse librado de los complejos e inhibiciones democráticas procedentes del clima político posterior a la segunda guerra mundial del siglo XX. El decidido y sobreactuado retorno a una identidad nacional que se presenta con un relato épico sin fisuras tiene a lo “extranjero” como la amenaza, el exterior, que puede atentar contra la unidad plena y consistente que las ultraderechas presentan como identidad nacional",  así empieza la nota publicada el 20 de diciembre en Página12 realizada por Jorge Alemán  (https://www.pagina12.com.ar/163276-ultraderechas), que es justo relacionar con esta nota de Leonardo Boff, pues ambas ponen en el acento en la vuelta de cierto "nacionalismo" racista -Alemán- y ciego y tonto -Boff-. Es interesante también lo que agrega Alemán: "La ultraderecha se opone al establishment político, pero nunca al entramado corporativo que sostiene al Capitalismo neoliberal. Su antagonismo real es con lo extranjero". La pregunta que nos hacemos es ¿Qué nacionalismo es este que no pone en cuestión el poder financiero internacional? Nacionalismo de "pacotilla" decimos nosotros, que devotos del nacionalismo popular y liberador en un país colonial sabemos anteponerlo al nacionalismo de los países opresores usinas del capitalismo neoliberal. Pero sabemos no solo por los años vividos, sino porque el peronismo nos lo contó, y un narrador destacado fue Juan José Hernández Arregui, en "Nacionalismo y Liberación", Peña Lillo, Ediciones Continente,2004, sobre todo en el brillante artículo introductorio: ¿Qué es el nacionalismo? (Alrededor de los temas centrales del libro), pág. 11/51. Allí dice: "Toda teoría nacionalista que prescinda de la potencia numérica y la conciencia histórica de las masas es una abstracción inservible mutilada de la lucha nacional del pueblo" (...) "Un nacionalismo ligado a las clases privilegiadas -aunque adopte, a veces, cierta actitud crítica frente a ellas- y un nacionalismo que se expresa en la voluntad emancipadora de las grandes masas populares" -pág.13-. Pero como dice Hegel -recordado también por Hernández Arregui (pág. 15)- "Lo único que enseña la historia es que la gente jamás aprendió nada". Ahora sí, basta de alharacas y vamos al artículo de Leonardo Boff:



La tontería del antiglobalismo

Se está produciendo en todo el mundo una ola anti-globalista. Tal vez pocas cosas sean más regresivas y disparatadas en el mundo actual que ésta. Había un cierto anti-globalismo, fruto del proteccionismo de varios países, pero que no amenazaba el proceso general e irreversible de la globalización. Esa ola fue asumida como plataforma política por Donald Trump que, según el premio Nobel en economía Paul Krugman, sería uno de los presidentes más tontos de la historia norteamericana. Lo mismo sirve para nuestro recién electo presidente brasileño, el ex capitán Bolsonaro y sus Ministros de Educación y de Relaciones Exteriores, negacionistas de este fenómeno, que sólo personas desinformadas y con prejuicios no perciben.

¿Por qué se trata de un disparate de los más insensatos? Porque va directamente contra la lógica del proceso histórico incontenible. Hemos alcanzado un nuevo estadio en la historia de la Tierra y de la Humanidad. Si no, veamos: hace miles de años, los seres humanos, surgidos en África (todos somos africanos), empezaron a dispersarse por el vasto mundo, comenzando por Eurasia y terminando en Oceanía. Al final del paleolítico superior, hace cuarenta mil años, ya ocupaban todo el planeta con cerca de un millón de personas.

Desde el siglo XVI comenzó la vuelta de la diáspora. En 1519-1522 Fernando de Magallanes realizó la primera vuelta al planeta, comprobando que es redondo. Cada lugar puede ser alcanzado desde cualquier lugar. El proyecto colonialista europeo occidentalizó el mundo. Grandes redes, especialmente comerciales, conectaron a todos con todos. Este proceso se prolongó desde siglo XVII al XIX cuando el imperialismo europeo, a hierro y fuego, sometió el mundo entero a sus intereses. Nosotros, los del Extremo-Occidente nacimos ya globalizados. Este movimiento se reforzó en el siglo XX, después de la segunda guerra mundial. Y en los tiempos actuales, cuando las redes sociales nos hicieron a todos vecinos, a la velocidad de la luz, y la economía comandó el proceso, especialmente a través de la “gran transformación” (K. Polanyi), que significó el paso de una economía de mercado a una sociedad de mercado. Todo, todo, hasta lo más sagrado de la verdad y de la religión, se convirtió en mercancía. Karl Marx en La Miseria de la Filosofía (1847) llamó a esto “la corrupción general” y la “venalidad universal”.

La globalización que los franceses prefieren llamar, con mayor razón, planetización, es un hecho histórico innegable. Todos nos estamos encontrando en un mismo lugar: en el planeta Tierra. Estamos en la fase tiranosáurica de la globalización, que viene siendo hecha bajo el signo de la economía mundialmente integrada, voraz como el mayor de los dinos, el tiranosaurio, al ser profundamente inhumana, por la pobreza que causa y por la acumulación absurda que permite.

Ya hemos entrado en la fase humano-social de la globalización por algunos factores que se han vuelto universales, como la ONU, la OMC, la FAO y otros, los derechos humanos, el espíritu democrático, la percepción de un destino común Tierra-Humanidad y el ser el homo sapiens sapiens y demens, una única especie.

Notamos ya los albores de la fase ecozoico-espiritual de la globalización. La ecología integral y la vida en su diversidad, y no la economía, tendrán la centralidad, la reverencia ante todo lo creado y un nuevo acuerdo con la Tierra, vista como Madre y como un super Organismo vivo que debemos cuidar y amar, valores profundamente espirituales. Crece la noción de que somos aquella porción de la Tierra viva que con un alto grado de complejidad comenzó a sentir, a pensar, a amar y a venerar. Tierra y Humanidad formamos una única entidad, como bien testificaron los astronautas desde sus naves espaciales.

Ha llegado el momento, como profetizaba el paleontólogo y científico Pierre Teilhard de Chardin ya en 1933, en que “la edad de las naciones ha pasado. Si no queremos morir es la hora de sacudir viejos prejuicios y construir la Tierra”. Ella es nuestra única Casa Común, la única que tenemos, como enfatizó el Papa Francisco en su encíclica Sobre el cuidado de la Casa Común. (2015). No tenemos otra.

Estamos oyendo prejuicios extraños a los futuros gobernantes y ministros en el sentido de que la globalización es una trama de los comunistas, para dominar el mundo. Son los que, según Chardin, no se ocupan de construir la Casa Común, sino que se vuelven rehenes de su pequeño y mezquino mundo, del tamaño de sus cabezas, escasas de luz.

Si no consiguen ver la nueva estrella que ha irrumpido, el problema no es de la estrella sino de sus ojos ciegos.

lunes, 17 de diciembre de 2018

NUEVA CONSTITUCIÓN DE CUBA, Por Frei Betto



Cuba se prepara para aprobar una nueva Constitución que traerá importantes novedades al país, como cambios importantes en la estructura del Estado, entre ellos, una mayor autonomía de los municipios, nuevas formas de economía mixta y el reconocimiento de la unión homoafectiva. La Constitución actual fue aprobada en 1976 y revela una fuerte influencia de las Cartas Magnas de los países socialistas de Europa Oriental, en especial de la Unión Soviética. Ahora, una amplia movilización nacional promueve una nueva reforma constitucional. En el momento en que escribo, noviembre de 2018, el anteproyecto está siendo sometido a la consulta popular, y posteriormente será refrendado por la población mediante el voto libre, directo y secreto.

Tras la Caída del Muro de Berlín en 1989, la Constitución cubana sufrió una importante reforma en 1992, cuando, por ejemplo, se eliminó el carácter ateo del Estado y se introdujo su carácter laico. Se hizo otra pequeña reforma en 2002 para blindar el carácter socialista de la Revolución.

Las tesis aprobadas en el VI Congreso del Partido Comunista de Cuba, celebrado en el año 2011, dieron lugar a cambios en el modelo económico, lo que provocó la necesidad de realizar una nueva reforma de la Constitución.

En mayo de 2013, el Buró Político creó un grupo de trabajo presidido por Raúl Castro para debatir el perfeccionamiento institucional del país, El grupo preparó durante un año las bases del actual proceso de reforma, aprobadas en junio de 2014. Se analizaron los impactos de orden jurídico de las reformas ocurridas en Vietnam y China. Se tuvieron en cuenta también las reformas constitucionales de Venezuela, Bolivia y Ecuador.

El Buró Político analizó el resultado de esos estudios en febrero de este año, y un mes después lo hizo el Comité Central del Partido. A continuación, el Consejo de Estado, órgano de representación permanente de la Asamblea Nacional del Poder Popular (equivalente a nuestro Congreso Nacional) convocó a una sesión extraordinaria para dar inicio al proceso de reforma, lo que tuvo lugar el día 2 de junio. El parlamento creó una comisión encargada de preparar el nuevo anteproyecto constitucional. Un mes después, se sometió un primer borrador a la Asamblea Nacional, que fue objeto de diversas críticas y propuestas. La población siguió los debates por la televisión y otros medios de comunicación. El parlamento decidió entonces someter el texto a una consulta popular, a fin de enriquecerlo mediante la participación directa del pueblo, incluidos los ciudadanos cubanos residentes en el extranjero.

Lo que se debate ahora en todo el país no es una reforma del texto constitucional vigente, sino la aprobación de un nuevo texto encaminado a introducir cambios profundos en la estructura del Estado y a ampliar el abanico de derechos de la ciudadanía, sin perjuicio del carácter socialista de la Revolución.

El texto de la propuesta contiene 224 artículos (87 más que la vigente); se modifican 113 artículos de la actual Constitución; se mantienen 11; y se eliminan 13.

No se convocó a una Asamblea Constituyente atendiendo a la cláusula que le otorga a la Asamblea Nacional la función constituyente.



Innovaciones

La nueva propuesta constitucional reafirma el carácter socialista de los sistemas político, económico y social de Cuba. Se mantiene el papel del Partido Comunista como rector de la sociedad y el Estado, al tiempo que se destaca su carácter democrático y la importancia de su vínculo con el pueblo. Se subraya que el Partido no está por encima de la Constitución y que, como ente político, está obligado a respetarla y defenderla. Y que no debe sustituir en su actuación a los órganos estatales y administrativos, cuyas atribuciones definen la Constitución y las leyes del país.

El texto resalta el reconocimiento de Cuba como un Estado Socialista de Derecho, a fin de reforzar el imperio de la ley y la supremacía de la Constitución.

Ese concepto de Estado de Derecho choca con la tradición socialista, que lo consideraba liberal y capitalista, y en la que solo cabía una visión clasista del Estado y del Derecho. El país que dio el primer paso en esta nueva dirección fue Vietnam con la reforma constitucional de 2013, a la que se incorporó el concepto de “Estado de Derecho Socialista”.

En el terreno económico se mantiene, como principio, la propiedad socialista de todo el pueblo sobre los medios fundamentales de producción, así como la dirección planificada de la economía, pero sin ignorar el papel del mercado. No se trata de una economía socialista de mercado, sino de someter el mercado a un sistema de planificación flexible.

Se reconoce la propiedad privada, que la Constitución no crea, porque nunca dejó de existir en Cuba. Se admite el trabajo por cuenta propia (cuentapropismo) y los emprendimientos individuales, con derecho a la contratación de mano de obra. No obstante, se prohíbe la concentración de propiedades en manos de personas o empresas no estatales, con el objetivo de preservar “los límites compatibles con los valores socialistas de equidad y justicia social”. Se valoriza la propiedad cooperativa.

Resulta novedoro el modo en que se estructura la propiedad mixta, hasta ahora vinculada exclusivamente a la inversión extranjera relacionada siempre con la propiedad estatal. Se entiende ahora por mixta la integración de dos o más formas de propiedad, incluidas la privada y la cooperativa, no solo la estatal. No obstante, se considera a la empresa estatal la principal protagonista de la economía y se reconoce la autonomía de su funcionamiento.

En cuanto a la ciudadanía, se reconoce el principio de ciudadanía efectiva. Un cubano puede adquirir otra ciudadanía sin perjuicio de la original.

El nuevo texto refuerza la defensa de los derechos humanos reconocidos en tratados internacionales de los que Cuba es signataria. Resalta la importancia de la protección del medio ambiente y del combate a los efectos del cambio climático.



Cuestiones de género y derechos civiles

El anteproyecto de Constitución adopta una concepción de derechos humanos que reconoce su indivisibilidad, irrenunciabilidad e interdependencia, en correspondencia con el principio de progresividad y sin discriminaciones. Se amplía el derecho de igualdad y se prohíbe toda discriminación por “razones de sexo, género, orientación sexual, identidad de género, origen étnico, color de la piel, creencia religiosa, discapacidad física o mental, origen nacional o cualquier otra lesiva a la condición humana”. Se brindan garantías a las libertades de pensamiento, conciencia, expresión y convicción religiosa.

Se abandona la actual concepción del matrimonio como la relación entre un hombre y una mujer, y se introduce el concepto de relación “entre dos personas”. La sociedad cubana está dividida en lo que toca a esta propuesta, Hay quienes prefieren mantener el actual concepto de matrimonio como la relación entre un hombre y una mujer; quienes apoyan la nueva redacción o el nuevo concepto de relación “entre dos personas”; quienes aceptan el reconocimiento civil de las uniones de facto, pero no el matrimonio; y quienes están de acuerdo, pero en lo tocante a los hijos, limitan el derecho a la adopción. Por último, algunos abogan por el concepto de matrimonio como la unión “de dos o más personas”. 

En lo relativo a los derechos laborales aparece un amplio abanico, ya que el Estado dejó de ser el único empleador y hoy existen varias formas no estatales de empleo.

Se mantienen la educación y la salud como una responsabilidad del Estado y con carácter universal y gratuito. Pero se abre la brecha, con carácter excepcional, para que determinados servicios de salud no imprescindibles y parte de la enseñanza de posgrado puedan ser remunerados.

El Estado admite que por ahora no hay modo de garantizar algunos derechos económicos y sociales, y que incluirlos sería convertir la Constitución en una obra de ficción. Sin embargo, quedan regulados con una proyección de progresividad, lo que genera cierta inconformidad entre la población. Se trata de derechos como la vivienda digna, la alimentación y el agua.

Se introduce la tutela judicial en caso de violación de derechos constitucionales por parte de organismos y funcionarios del Estado, incluso mediante la indemnización a los afectados.


Nueva estructura del Estado


En la estructura del Estado se introducen cambios de importancia. Se crean los cargos de presidente y primer ministro de la República. Hoy por hoy, el jefe del Estado cubano es el presidente del Consejo de Estado, elegido por la Asamblea Nacional, y asume también la función de jefe de gobierno. Según el anteproyecto constitucional, el presidente tendría que ser un diputado electo por la Asamblea Nacional, con una edad mínima de 35 años y máxima de 60 para su primer mandato. El mandato sería de 5 años y existiría la posibilidad de una única reelección.

El presidente no cumplirá solo funciones ceremoniales y de representación. Propondrá a la Asamblea Nacional el candidato a primer ministro, y este deberá rendirle cuentas de su gestión en su calidad de presidente del Consejo de Ministros.

La comisión preparatoria ha considerado fundamental establecer límites de tiempo para cargos importantes del Estado, en la línea de lo que indicaran los últimos congresos del Partido, aún más porque, con el paso del tiempo, ya no se justifica la legitimidad histórica de los que combatieron en la Sierra Maestra.

La Asamblea Nacional del Poder Popular mantiene su carácter de órgano supremo, único con poder constituyente y legislativo, encargado de elegir los cargos más importantes del Estado, al que rendirán cuentas los órganos y organismos del Estado. El presidente, el vicepresidente y el secretario del Parlamento desempeñarán las mismas funciones en el Consejo de Estado. Y es el Parlamento, y no el poder judicial, el que vela por la aplicación de la Constitución, lo que es motivo de polémica en los debates en torno al proyecto constitucional, aun considerando que este le concede una mayor independencia funcional al sistema judicial.

En las provincias (equivalentes a los estados de la federación brasileña) se suprimen las asambleas del Poder Popular y se constituye un gobierno formado por un gobernador y un Consejo Provincial presidido por el gobernador e integrado por los presidentes de las asambleas municipales, así como por todos los que ejercen funciones de dirección administrativa en los municipios. Se discute si el gobernador debe ser electo o designado.

Se crea el Consejo Electoral Nacional, encargado de organizar, dirigir y supervisar las elecciones y otros procesos de consulta popular.

El anteproyecto se debate actualmente en centros de trabajo, escuelas, unidades militares y barrios. “Podemos afirmar que estamos ante un ejercicio único de democracia real y efectiva, y de un proceso constituyente igualmente paradigmático, con el pueblo como verdadero protagonista”, declaró Homero Acosta, secretario del Consejo de Estado.

Concluida la consulta popular el 15 de noviembre, la comisión de redacción evaluará todas las propuestas. A continuación, presentará un nuevo proyecto a la Asamblea Nacional, del cual saldrá la nueva Constitución de la República de Cuba. Entonces se someterá a plebiscito mediante la votación directa y secreta de todos los electores cubanos, de modo que adquiera plena legitimidad democrática.


Frei Betto es autor, entre otros libros, de A mosca azul – reflexão sobre o poder (Rocco).

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Traducción de Esther Perez

Copyright 2018 – Frei Betto - 

QUIÉN ES FREI BETTO

El escritor brasileño Frei Betto es un fraile dominico. conocido internacionalmente como teólogo de la liberación. Autor de 60 libros de diversos géneros literarios -novela, ensayo, policíaco, memorias, infantiles y juveniles, y de tema religioso en dos acasiones- en 1985 y en el 2005 fue premiado con el Jabuti, el premio literario más importante del país. En 1986 fue elegido Intelectual del Año por la Unión Brasileña de Escritores. 

Asesor de movimientos sociales, de las Comunidades Eclesiales de Base y el Movimiento de Trabajadores Rurales sin Tierra, participa activamente en la vida política del Brasil en los últimos 50 años.