lunes, 19 de marzo de 2018

PRÓLOGO AL LIBRO "GRACIA DE PERTENENCIA", QUE SE ENCUENTRA EN LA TRILOGÍA: "UN VINO DE TRES UVAS", DE FRANCISCO LUIS LANUSSE, EDICIONES DEL DOCK, BUENOS AIRES, 2016. Por Claudio Javier Castelli


Los protestantes tienen cuatro principios inflexibles: Sólo Cristo (el único mediador entre Dios y el Hombre), Sólo escrituras (Única norma de conducta de los cristianos), Sólo fe (no por obras), Sólo gracia (somos salvos sólo por gracia de Dios). Hacemos esta aclaración primera, porque la consideramos pertinente, para este libro “Gracia de Pertenencia”, de Francisco Luis Lanusse, amigo querido que me ha regalado la vida, así como un regalo es la gracia de Dios, pobladora de la naturaleza, con lugares, objetos, personajes y paisajes. 

La simbología religiosa y mística rebalsa este libro de poemas, empezando por el nombre que alude a la gracia: “favor sobrenatural y gratuito que Dios concede al hombre para ponerlo en el camino de la salvación” (una de las acepciones del Diccionario de la Real Academia Española (vigésima segunda edición). 

Llegado a los sesenta el poeta dedica “estos versos a una geografía que me son entrañables. Y en ellas a su gente, hacedora del paisaje”, en el libro cumple con todas las expectativas de dibujar, como quería Borges de un libro de poemas, una dimensión total del hombre que lo hizo. 

Leer un libro de poemas es evocar, traer al presente recuerdos, nostalgias, algo así como la anamnesis platónica, cada poema nos vuelve al principio, no sólo del libro, sino de la existencia, nos revela algo genuino y único. 

Los versos son un salir y un quedarse, un transitar aquerenciado: “Yo vivo en gracia de pertenencia”. Reparamos en dos puntos sobre esta línea, ¿cuántos viven así?, muy pocos, acaso elegidos, porque muchos mienta otras patrias, otros terruños, otros paisajes, otra música, que la encendida aquí. 

En un trabajo de Juan Jacobo Bajarlía, prologante de la “Obra poética”, de Jacobo Fijman (La torre abolida, Bs. As, 1983, pág. 21), cuenta que cuando Fijman era profesor de francés en un colegio secundario, al tener que calificar a una alumna, ignorante del francés, lo hizo con un diez, “clasifiqué únicamente su estado de gracia, su estado angelical, mientras los demás examinadores sólo atendían al francés”. Puesto de profesor “paco” Lanusse clasifica al paisaje con un diez, por el estado de gracia de ambos, cuando uno observa más allá de lo debido, que es mirar sin ver. 

En el poema “Pueblos a un costado de las rutas”, esos pueblitos, que dejamos rápidamente atrás, o en ellos nos detenemos cargar gasolina, el poeta posa su mirada de gracia, acaso porque “a gatas figuran en los mapas” (pag.29), y tiene allí una ausencia interrogante: 

“¿Cómo fue 

que no tuve una novia en esos pueblos?” 

Para esa pregunta tengo una respuesta, porque los provincianos, que nos vinimos a vivir a Buenos Aires, hemos tenido una novia en esos pueblos, que nos hiciera torta frita, mientras escuchábamos en la radio un chamamé. Lo tenemos que charlar en un bodegón de Buenos Aires, vaya este retazo como adelanto. 

El paisaje “es aquello que ni los ríos ni nosotros somos: el océano, Dios” (pág.19). Sin embargo el poeta forma parte del paisaje e integra por gracia el reino de Dios en la tierra. Todo es intimidad con los lugares y objetos, la naturaleza conversa con el poeta y con nosotros. 

En el poema “Rincones con buena sombra”, esos lugarcitos dónde no existe “árbol del mal para perdernos” (pág. 32) al contrario de Hegel que veía en el fruto prohibido del árbol de la ciencia, la interrupción del proceso paradisíaco y el comienzo de la libertad del ser humano, Lanusse ve en la ingenuidad de la naturaleza, el recodo para la contemplación al solaz de un árbol agreste. 

Recrea un castellano americano y argentino. 

Si puede ser adecuada la distinción campo/ciudad, en un mundo tan tecnologizado, la poesía de este libro es de las cosas del campo, de los detalles de los caminos, de las sutilezas de pueblos y lugares, de las nostalgias de un pasado perdido, de una niñez recobrada, en cada palabra trabajada como un carpintero talla una madera de algarrobo. 

“con la belleza 

nostálgica y desnuda 

de ver la lluvia cayendo sobre el agua” (pág.41). 

Definición pasmódica, irreconocible por la premura y la verdad de un río en Enero, el Paraná, por ejemplo, sorprendido por un aguacero, mientras la canoa tensa los remos hacia ninguna parte. 

El mal del sauce, que se apodera de quienes han visitado el Delta, y han contemplado el río debajo de un sauce, según la leyenda, quieren estar todo el tiempo así. Y cuando en la ciudad “en la nada de un sábado anodino” al arrancar un lavarropas 

“se convence 

de que es motor fuera de borda 

de un lanchón que ya sale a los riachos” (pág.44) 

El mal de paco Lanusse acontece cuando se regresa de sus versos a la turbia realidad, quién no diría de vivir para siempre en las palabras de “Gracia de pertenencia”. 

En este libro aparece la lluvia –no el arco iris- como la reconciliación de Dios y el hombre, como la redención que limpia el alma. Cuando era niño y por problemas de salud fui a una escuela rural, nunca pude recuperarme de la hermosura de ver llover en el campo, de ver llover en el río Paraná, estas secretas nostalgias nos devuelve el libro de Lanusse, y se los regala a quién se interne en sus páginas. 

“¿Por qué quién 

sino la lluvia resume lo vivido” (pág.67). 

Hubo una época, cuando quise ser poeta, que me quedaba en casa los días de lluvia, no duraron mucho esas diabluras: aguardaba en el hogar la ilusión del rejuvenecimiento universal de las cosas y el mundo. Aguardaba en el rumor de la lluvia que: 

“Hay mujeres 

Moldeadas en adioses” (pág.68). 

Todos los adioses regresaban con la lluvia. Los poemas de Lanuse llueven aguaceros, sus páginas derraman la humedad de la hierba, la soledad de los plátanos protegiendo, en un barrio de Buenos Aires a “Mujeres cuando llueve”. 

Hay también una hondura metafísica en los poemas, es un guiño de paco, a los lectores de filosofía, y a los guasos conocedores de las triquiñuelas de la vida, y reflexionan sobre ellas, llegada la madurez. 

“Lo exquisito 

es de nadie, lo exquisito es de todos 

que ninguno se atribuya el dominio de lo excelso” (pág.60) 

Democráticos versos que rememoran a Borges: “Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad es frecuente. No pasa un día que no estemos un instante en el paraíso” (“Los conjurado”, Alianza Literatura, Madrid, 1985, pag.13). Lo excelso puede ser lo más alto, puede ser Dios, pero llega sin duda a todo el mundo, como Hegel decía de la religión, cualquiera sea la formación cultural o filosófica del individuo, es la forma en que la verdad se manifiesta a todo ser humano. La consecuencia de ello que la verdad, el bien y la belleza, desde el advenimiento de Cristo son regalos para todos los habitantes del mundo. Este libro trabaja con esa gracia. 

Comparto también con paco, el íntimo secreto por los “Bodegones de Buenos Aires”, 

“que beatitud demorar un vino 

al resguardo de una mesa en sus rincones 

una mesa con pátinas de tiempo” (pág.63) 

Un vino o una ginebra en un bodegón de un barrio es la venganza contra los embotellamientos de tránsito de la gran ciudad, una venganza contra las colas en los restaurantes, o para obtener una entrada a algún espectáculo, un sábado más, como cantaba Chico Navaro. 

Es también la poesía, la forma y el modo de utilizar las palabras, de juntar los versos, en ocasiones Lanusse habla de lugares conocidos, pero la forma en que arrima las palabras, nos dejan esos lugares entrañables, como asidos a nuestra propia intimidad, como mensajeros de un destino común del suelo compartido. 

La Quebrada de Escoipe es un lugar amado por el poeta: 

“Porque la vida 

valió tus sauces solos 

el murmullo ascendente de tu río anochecido” (pág.74). 

Tanto Hegel como Heidegger denostaron el cálculo como principio de organización del pensar y del mundo; la poesía de Lanusse no puede de ninguna manera ser sometida a proposiciones calculables, por las artimañas habituales costumbristas de los hombres, requiere de un estar originario con la palabra, de un meditar con los poemas, por momentos éstos parecen fuera del mundo, como es la buena y genuina poesía, a pesar de la representatibilidad de las situaciones aludidas en el libro. 

“¡Abuelo 

en las afueras de los pueblos 

desbravado en quietudes 

habitante de mustias mansedumbres! 

Nombrar la vejez que se aleja del mundo codicioso y necesario, de lo útil, santo y seña del mundo posmoderno, es sembrar una huella, un signo retirado y vívido, que es del propio poeta, escribiente, ingresante en “La salamanca” “para hacer tabla rasa con todo lo sufrido” (pág.78) ante “el mandinga”. 

La muerte del abuelo “es el alma de la tierra quien te asciende a lo eterno” (pag.79). Pienso en el poema de Borges “Muertes de Buenos Aires”, donde alude a las muertes de la Chacarita y la Recoleta, con distintas noblezas en aquel autor, mientras que las muertes de los abuelos de las afueras de los pueblos tienen la uniformidad de lo natural doblemente hundido en la naturaleza: como vida y propia muerte. 

La muerte de los abuelos del poema tiene un cielo plagado de montes, vasto norte, aperos, mientras que la muerte de “Nicanor Paredes” (también de Borges) tiene un cielo “sin caballos, envido, retruco y flor” 

El último poema un regreso a la tierra “Cerros entre nubes”, como dice Hegel en la gran Lógica, “avanzar es retroceder al principio”. En el principio no hay dudas acerca del origen, de los dobles, de los simulacros, porque todo es sueño “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios” (Juan 1:1). 

En el principio, la naturaleza regalada por Dios a los hombres, devuelve a estos a su centro, a su universo, donde el contemplar es la única verdad de la poesía. Toda la obra de Thomas Mann puede ser interpretada como un viaje a la vida del artista, por oposición al hombre de acción. “Gracia de Pertenencia” dirime sus cartas trabajando cada palabra, para hacerla particular y universal, característica de grandes poetas. Si en el Quijote, Miguel de Cervantes resuelve la querella entre el hombre de armas y el hombre de letras, a favor del hombre de armas, Lanusse la resuelve a favor del poeta, del hombre de letras. Toda una declaración de principios. 


Claudio Javier Castelli 


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