viernes, 28 de mayo de 2021

BOXEADOR por Gustavo Tenaglia (*) para Vagos y Derecho

 


                                                   
Era una leyenda en desgracia, un héroe en bancarrota. Había sido boxeador en su juventud, pero dejó después de perder ocho peleas seguidas. A duras penas sobrevivía de su viejo oficio de albañil, cercado por el alcohol y el abandono. Esperaba todavía algún golpe de suerte, alguna carambola del destino que lo devolviera a la dignidad. Pero esas cosas pasan más en las películas que en la vida.

La revista me había mandado a Bragado para chequear su historia, la que él contaba en los boliches de pueblo. Nos citamos en un bar. Llegó en una bicicleta destartalada. La apoyó contra una planta y entró, doblado por el frío y por la vida. Tenía las manos rugosas, la mirada ausente, el desamparo de los perdedores.

Me preguntó si yo la pagaba y pidió una ginebra. Se sentó y empezó a contar su historia. La había contado otras veces, pero nadie le creía. No tenía forma de verificarla. Los que la habían visto no la recordaban o estaban muertos o eran borrachos como él. En los archivos de los diarios no figuraba. El llevaba su historia como una medalla, una condecoración absurda y esquiva.

-Era él. Le aseguro que era él- me dijo, mirando de reojo el grabador.

-No figura en los registros- le contesté. He buscado en los diarios, en las revistas, hablé con los periodistas especializados.

-Era él. Era inconfundible.

-Hay mucha gente parecida. Negrito, flaco, medio desnutrido, en guerra con la vida. El tercer mundo los produce por miles, por millones.

-Será como usted dice, no he leído tanto. Pero yo sé que era él.

-¿Con su nombre?

-Eso no me acuerdo bien, no presté atención, no era conocido entonces. Era tan nadie como yo. Pero era él.

-¡Acábela con ese "era él"! Eso ya lo entendí. Lo que no puedo entender es por qué esa pelea no figura en ninguna parte.

-¡Qué se yo por qué! Habrán querido limpiar su record, su historial. Un campeón del mundo no puede perder por nocaut con un ilustre desconocido, en un club de mala muerte.

-Usted debería tener una nota, un recorte de diario, una foto, un testigo.

-Testigos había, pero pocos. Se han ido muriendo. Quedan Mandinga Gimenez y el gringo Fornaciari. Nadie les cree.

-La gente dice que son dos borrachos amigos suyos, que han armado todo esto para hacer unos pesos con el periodismo.

-Amigos son. A veces toman, no lo voy a negar. Pero eso no quiere decir que mientan.

-¿Y algo objetivo, un diario, una foto?

-¡Que diario ni que foto! No era el Luna Park. El llegó con su promotor en un Citroen amarillito. Tendría que haberlo visto como yo lo vi. No quería pelear, había tan poca gente. Ya se iban, pero lo pudo el orgullo.

-¿El orgullo?

-Claro. Yo le dije que si era tan cagón lo peleaba con una sola mano. Ahí se volvió.

-¿Dónde fue la pelea? Debe haber un papel, un afiche, un libro.

-No se moleste, no hay nada. Fue en el club Once Leones, de acá, de Bragado.

-Me gustaría pasar ¿Queda cerca?

-Acá todo queda cerca. Pero el club ya no existe, hace más de veinte años que se fundió, lo demolieron, vendieron hasta las bochas.

-¿En qué año me dijo?

-No le dije. No estoy seguro, tiene que haber sido en el 64 o 65, por ahí, se me mezclan un poco las fechas.

-Monzón.

-Monzón.

-¿Y cómo fue?

--Tuve suerte, qué le voy a decir. Fue en el cuarto round. La verdad, me estaba cagando a trompadas. En un momento quedé contra las cuerdas y él se vino con todo. Yo cerraba la guardia todo lo que podía, pero me llovían piñas de todos lados. No sé de dónde, con los ojos medio cerrados, saqué un gancho de izquierda que le dio de lleno en el mentón. Se le aflojaron las piernas, créame. Trastabilló reculando, fue un segundo. Ahí lo medí y lo rematé con un uno-dos perfecto. Cayó como si le hubieran pegado un tiro. No se levantó más.

Como el hombre lo contaba era un nocaut espectacular. Acompañaba sus palabras con los gestos. A esta altura se había puesto de pie y, al costado de la mesa, sacaba las manos con elegancia. El gancho que subía lentamente, un breve instante de pausa, y después el uno-dos, limpio, primero la izquierda, después la derecha. Tanta teatralización me hacía desconfiar, me ponía en guardia. El tipo sobreactuaba. Pero era un artista.

-¿Fue sorpresa, no?- le pregunté yo, siguiéndole un poco más la corriente, buscando algún indicio más que definiera la verdad o el engaño.

-Y si, por cómo venía la pelea, si –me contestó- El promotor de él se puso a protestar, entró al ring, tuvo que intervenir la policía. Nos llevaron a todos a la comisaría, que queda a la vuelta de la intendencia, no sé si se ubica.

.-No, no conozco Bragado.

-De la plaza, vio, viniendo por la vereda de la intendencia usted llega a la esquina y ahí dobla, en vez de seguir, dobla, si sigue llega al Colegio Nacional, ¿me entiende?

-No, no lo entiendo, ya le dije que no conozco. Pero no se preocupe, no tiene importancia.

-Bueno, todos a la comisaría. Al promotor lo esposaron. Gritaba como un marrano, pedía un abogado, amenazaba con que era amigo no sé de quien. Después se calmó y hasta me felicitó. “Tenés mucho futuro, pibe”, me dijo. Iban a llamar al juez de Mercedes, pero como el tipo se tranquilizó dejaron todo ahí. Al final parecíamos amigos. Volvimos al club. Subieron al Citroen y salieron para la ruta 5. Nunca volví a verlos.

-No se ofenda, pero me cuesta creer que nadie lo recuerde. Si hasta hubo lío, policías, escándalo, habría testigos, la noticia debería estar en algún lado. Un dato así no puede perderse, no puede simplemente desaparecer como si nunca hubiera pasado.

-Le estoy diciendo la pura verdad, señor, se lo juro por mis hijos.

Lo de los hijos me colmó, era un golpe bajo. Me sentía incómodo. El hombre luchaba contra el olvido sin más armas que su imaginación o su propio recuerdo. Le habían sacado hasta el banquito y seguía tirando trompadas a ver si embocaba una que lo volviera ganador. Y yo me estaba convirtiendo en un juez implacable de su memoria, tachando páginas enteras de su vida, descartando datos no verificables, absurdamente enviado por la revista a condenar o absolver a este pobre tipo que se hubiera conformado con una foto y unos pesos para llegar a fin de mes.

No quise mentirle. Le podría haber dicho que lo llamaríamos, que estaríamos en contacto, que cualquier cosa ya tenía sus datos. Le dije directamente que su historia no interesaba. Que no habría nota, ni plata, ni foto, ni reportaje.

Esperaba escuchar una súplica lastimera. Que me hablara de los hijos, de la miseria, de lo dura que está la calle. Pero no. No se alteró, no insistió, no pareció conmoverse siquiera. Esa tranquilidad me hizo dudar ¿Qué clase de hombre era ese hombre? ¿Un fabulador? ¿O un fantasma demasiado acostumbrado a perder?

En una de esas Carlos Monzón pasó por Bragado una noche lejana del 64 o 65. Y en un club que ya no existe un albañil lo noqueó con una piña afortunada.

El hombre terminó su ginebra, subió a su bicicleta y se fue. Lo vi perderse por la calle de tierra, camino de la laguna. Cargaba con su imaginaria medalla. Una leyenda. Un héroe anónimo. Una postal del fracaso. Quién sabe.


*Gustavo Tenaglia (Chivilicoy 1956), abogado, docente universitario, miembro del Poder Judicial de la Pcia. de Buenos Aires, escritor.

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